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Esas cosas que nunca se dicen (a Estephario)

ESAS COSAS QUE NUNCA SE DICEN

Adolfo nunca había querido volver a Villa Urquiza. Nunca.
Cada vez que Berta insistía con regresar al caserío que los había visto nacer y en el que estuvieron por última vez el día en que se fugaron del hospital de campaña improvisado, llevándose sólo lo puesto (la vez de la peste grande), él buscaba pretextos con argumentos tan sólidos y tan persuasivos, que a ella no le quedaba más remedio que aceptarlos con una resignada mansedumbre que siempre postergaba sus ganas.
Esa peste, la peste grande, se había desatado imprevistamente sobre el lugar cuando los dos eran unos adolescentes tímidamente asomados desde la infancia. Fue una peste repentina, brutal, furiosa, que había diezmado al pueblo y, sobre todo, a los gurises… Ellos, curiosamente para un lugar tan chico, nunca antes se habían cruzado por la calle ni se habían visto pero, por esas cosas del destino o de la vida, los dos estaban entre los infectados y se conocieron allí, en el apurado hospital, y allí mismo también, en el hospital, fue donde tuvieron las primeras charlas, en las que compartieron los miedos, las angustias, y sus primeros secretos de varón y de mujer…
Adolfo Mayr se enamoró perdidamente y para siempre desde el mismo momento en que vio a Berta Senger, tapada con una sábana blanca sobre la cama de hierro. Berta era una cosita de nada, puro ojos celestes en la carita flaca, un montoncito de huesos que apenas si empujaban la tela hacia arriba en algunas partes, una gurisita pálida, ojerosa, afiebrada, temblando, devastada y frágil como una hoja seca trajinada por una tormenta.
Y ella también se enamoró al verlo tan valeroso, tan decidido a enfrentar y a vencer esa enfermedad que los devastaba y que los iba consumiendo poco a poco, convenciéndola y empujándola a que lo siguiera, con una determinación inquebrantable en mantenerla viva.
Se fugaron un 10 de setiembre, y fueron a dar cerca de un pueblito tan chico como el que habían dejado atrás, y allí, con su esperanza, su amor y su vida recién inaugurada de hombre y de hembra, terminaron en un puesto de estancia bien metido en el monte, alejados de todo y donde nadie preguntaba nada.
Nunca tuvieron hijos. Ese fue el único dolor de Berta en todos los años de juventud junto a Adolfo. Por lo demás, la vida que llevaron fue como la de cualquier pareja que vive en el campo, sobre todo en aquellos años: “La mujer debe ser para la casa…”, le decía él “…para todo lo demás estoy yo”. Nunca salían a ninguna parte, no tenían amigos, nadie los visitaba allí, en el puesto. Sólo vivían para ellos dos, solos.
Él, como hombre de la casa, se desvivía por ella hasta en los mínimos detalles. Todo era para su mujer, para que ella fuera feliz. Y siempre, siempre, cada uno de todos los días, sabía demostrarle su amor encontrando una flor para regalarle con un “te quiero” y un beso. Esas cosas… Así pasaron los años, varios años.
Un día, un 10 de setiembre, “nuestro aniversario” dijo ella, Adolfo ya no pudo encontrar excusas ni argumentos y salieron por primera vez desde que estaban juntos con rumbo a Villa Urquiza en la vieja camioneta que habían conseguido comprar un par de meses antes con el ahorro de años.
El pueblo estaba muy cambiado, ya era una villa turística, con varios balnearios, un anfiteatro, muchos campings y bungalows, pero el puerto conservaba todavía la estatua en homenaje al estibador y las maderas del muelle eran las mismas. Las barrancas también seguían imponentes, majestuosas a la vera del río. Recorrieron lentamente las angostas callecitas, mirando todo con ojos de asombro y fascinación… Ella, en algún momento, quiso ir al cementerio, “A ver la tumba de mis padres, si es que están aquí”, insistió, y aunque Adolfo se negó en un principio alegando que ya era un poco tarde y que la camioneta tenía poca batería para arriesgarse a viajar de noche, finalmente acepta de mala gana.
Cuando llegaron al viejo cementerio, el pesado portón de hierro forjado se abrió lentamente, con un crujido áspero que era casi como un lamento. Ella temblaba emocionada. Él estaba serio. Entraron, juntos recorrieron las primeras sepulturas del lugar y Adolfo finalmente se sentó sobre un montoncito de tierra, casi nada, una tumba antigua, abandonada, apoyando las espaldas en una vieja cruz de hierro. No se movió más de allí hasta que finalmente ella, sin haber encontrado nada, quiso irse; entonces se levantó, la tomó del brazo y la llevó a la camioneta, a su casa, a lo de siempre.
Adolfo Mayr sonreía y durante todo el camino silbó una canción de moda que siempre pasaban en la radio. Berta Senger, viendo a su compañero feliz, sonreía también.

En el corazón de hojalata que tiene la vieja cruz de hierro donde estuvo apoyado él, se lee todavía: “Berta Senger. Murió el 10 de setiembre de 1939, a la edad de 13 años, cuando la peste grande. Q.E.P.D.”.



Texto de vaerjuma agregado el 14-01-2008.
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