La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / jorge_jolmash / Tratado de la Verdadera Historia del Infierno, Obra Hermosa y Agradable de Armas y Amores, Impresa de Nuevo y Corregida con la Relación de Los Hechos Espantables que le Ocurrieron a Maese Lagartija que No Aparece en las Ediciones Anteriores, Compuesta po

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:331676]

Tratado de la Verdadera Historia del Infierno, Obra Hermosa y Agradable de Armas y Amores, Impresa de Nuevo y Corregida con la Relación de Los Hechos Espantables que le Ocurrieron a Maese Lagartija que No Aparece en las Ediciones Anteriores, Compuesta por el Archidiácono de las Gafas

I
El infierno – contrariamente a lo que casi todos creen – no es un lugar aislado del mundo, cerrado de puertas y ventanas, donde una guardia de infames diablejos se encarga de cuidar que los internos no se escapen. El verdadero infierno tiene las puertas abiertas todo el tiempo y la gente entra y sale cuando quiere. El truco consiste en que la mayoría de las almas que están ahí en realidad no quieren salir, y por lo tanto se quedan hasta que su eternidad viviente se transforma en una eternidad reseca y estéril.
Algunos por que esperan recibir una ganancia (que, adivinen qué, jamás llegará), otros más por que no tienen noticias de una forma distinta de pasar los días, y aún otros por que con el tiempo han llegado incluso – faltaba más – a profesarle cariño. Casi nadie sale del infierno. Si acaso alcanzan a sacar la cabeza por la ventana (con expresión de cocker spaniel en un volkswagen) y medio vislumbran horrorizados lo que hay más allá.
Y es entonces cuando empiezan a recriminarse y desean arrancarse los ojos y piensan: “Si seré bruto, mira que tener a la Belleza sentadita aquí en las piernas y a la mera hora encontrarla amarga e injuriarla. Y ahora ya jamás me perdonará ni querrá saber más de mí, ¿por qué serán las damas tan quisquillosas con los ingenuos? ¿Por qué me habré dejado llevar por ese esnobismo de admirador de papel tapiz con bigotito y boina? ¿Qué no puedo volver al momentito en que todo se dañó, y reparar mis actos? Debí haberlo pensado dos veces”.
Pero entonces es demasiado tarde y el pellejo de los internos se secó y les da una apariencia de pequeño súcubo desdentado y maloliente. Y ya nadie quiere salir del infierno cuando eso pasa, por que ese aspecto vergonzante es demasiado para andar exhibiéndolo por ahí y hasta los menos vanidosos se sienten ridículos.
Y hay otros que han llegado a perder todo rastro de orgullo y ya no pueden vivir sin que alguien los torture. Tal vez sean una bola de pervertidos que necesitan que los golpeen para obtener una erección, en cuyo caso tampoco hay nada que hacer. El paciente preferirá quedarse en el infierno aún a sabiendas de que es el lugar más miserable en el universo.

II
Otra cosa que la mayor parte de la gente no sabe es que el infierno no es un concepto absoluto, sino uno relativo. Trataré de explicarme mejor.
Supón que hay una cierta alma torturada en el infierno que, para efectos del presente texto, llamaremos Equis. Equis, como su nombre lo indica es un sujeto promedio sin ninguna característica especialmente notoria, al cual uno podría estar viendo durante horas y horas sin poder distinguirlo de su propia sombra. Un perfecto mediocre, si se me permite el oximorón.
Equis sufre mucho por esa situación y es en parte por eso que se encuentra en el infierno, pero no puede hacer nada al respecto, por lo que trata de sobrellevar su existencia de la mejor manera posible.
Un buen día, el demonio lujurioso del licor seduce a Equis a buscar consuelo en el fondo de una botella, en compañía de dos de sus más olvidables camaradas, los señores Ye y Zeta. Aunque al principio la borrachera entumece la profunda sensación de futilidad de Equis, poco a poco, según va transcurriendo la noche, un intenso remordimiento se va apoderando de él. De pronto comprende que la intoxicación no lo individualizará, sino por el contrario lo hará parecer más ordinario. Sumido en tales pensamientos, Equis se queda dormido sobre la roja barra del bar, perdido en el más oscuro de los infiernos oníricos.
Al día siguiente, cuando despierta en su cama (aunque la verdad no recuerda como llegó ahí), Equis se siente fatal. Casi puede imaginarse su cara de baboso promedio, completamente idéntica a las fotos del resto de los idiotas que salen en el periódico. Imposible de distinguir de la masa informe de monigotes llamados Juan Pérez que pululan en cualquier ciudad. Casi deseando que un rayo lo fulmine, Equis se arrastra fuera de la cama y se dirige al espejo a saborear su desgracia.
Pero ¡Oh, sorpresa!, cuando llega hasta el baño y se mira en el cristal empañado, lo que descubre lo deja en un estado de indescriptible felicidad. Su rostro ya no es igual al de la oscura legión de burócratas como el día anterior. Ahora su frente y sus mejillas, su boca y sus cejas, los huecos de su nariz y sus rizadas pestañas, su cara en fin, es de un brillante color rojo como la barra del bar donde se quedara dormido.
A partir de hoy, Equis será reconocido por todo el mundo gracias a su peculiar color, y con el tiempo hasta su nombre se borrará de sus facciones y adquirirá el más apropiado apodo de Rojo y, por momentos, llegará hasta a ser feliz.
De esta forma irá construyendo una barrera que acabará por debilitar al infierno, transformándolo de un concepto absoluto e infalible, en uno real y latente pero limitado, y lo que es más importante, susceptible de ser vencido.

III
El mar como una bestia de diez mil lenguas, cuyo salitroso aliento todo lo corrompe, me trae a la memoria el recuerdo de Phlebas el fenicio (pobre marinero ahogado, mirando al infinito desde su infierno de salmuera).
Lamen las olas los pies de los bañistas como si quisieran comprobar su sabor antes de engullirlos, y en el cielo las fragatas – enormes y negras como moscardones antediluvianos – ensayan los giros de su danza, esperando el momento propicio para abalanzarse sobre nuestras frentes insoladas.
¿Cuál es el secreto de la arena?
¿Cuál es el secreto
de la arena que vuela ante la más leve provocación de la brisa y se infiltra en los más recónditos huecos?
De la arena que se incrusta en los lagrimales y en los bikinis, y lo mismo engendra dunas que polvaderas.
¿Cuál es su secreto?
Eso sólo Satanás lo sabe y tal vez Phlebas (y Tiresias).

IV

“¿Cuál es el secreto de la arena?” se preguntaba Lagartija.
Lagartija es un pobre diablo que vive en Infierno (Unreal City) y que gusta de ir todos los domingos y días festivos a la playa del Océano de Fuego. Él cree que la
violencia de su oleaje y las intensas concentraciones de sal en la brisa han terminado por curtirle la piel, protegiéndola del daño causado por el paso del tiempo.
Lagartija vive en una alcantarilla con aire acondicionado por la que paga más de la mitad de su salario y su única pertenencia es una chamarra de cuero gastada por el (mal)uso. Cuando no come las inmundicias que le sirven en el comedor de empleados de su trabajo, Lagartija se la pasa cazando moscas y hormigas que más tarde bañará en chocolate para atenuar su sabor agrio. De hecho, para él los días de fiesta son cuando se decide a vencer la pena y buscar en el tacho de la basura los restos de algo que alguna vez haya tenido carne. Lo cierto es que su empleo eventual lavando baños con la lengua no le permite darse más lujos que ese y, cada fin de semana, una damajuana de alcohol de madera para olvidar y un paseo por la playa.
Un buen día, Lagartija abordó el diabólico autobús que, semana con semana, lo conducía a su tan ansiada excursión. Ese día no se sentía muy bien; el corazón se le ahogaba en un alboroto de palpitaciones a causa del medio kilo de hojas de lechuga envueltas en papel periódico que se acababa de fumar, y un discreto dolor de cabeza comenzaba a picotearle la sien (media damajuana de alcohol metílico se balanceaba en algún lugar entre su pecho y su espalda, provocándole algunos calambres casi agradables). No es de extrañar, pues, que entonces se ocupara de la pregunta que eternamente le atormentaba: “¿Cuál es el secreto de la arena?”.
Distraído por el curso de sus pensamientos, Lagartija dio un brinco al notar la presencia de una mujer atractiva, como de cuarenta y tantos años de edad, con brazos de músculos marcados y un soberbio par de tetas operadas.
De pronto, una potente chispa se generó entre ellos, haciéndole comprender a Lagartija toda la futilidad de la vida que antes llevara. Poco a poco (es decir, con aparente lentitud, pero en apenas una fracción de segundo), Lagartija comenzó a ser consciente de cual debería ser su próximo paso.
Tomó a la ardiente arpía de la mano y se lanzó corriendo afuera del camión, y corriendo llegó a la playa, todo el tiempo con la bruja entre los brazos. Sus labios se trenzaron siete veces (cada una en honor a un pecado capital distinto) y conteniendo la respiración se lanzaron al mar en llamas.
En una de las casas vecinas, un estereo aullaba el sonsonete cansado de una vieja canción yanqui:
“Where do bad folks go when They die?
They don’t go to heaven where the angels fly
They go down to lake of fire and fry
Won’t see’em again till fourth of july”


Texto agregado el 15-01-2008, y leído por 57 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2008-01-21 15:42:19 ¿Equis + Meat Puppets + Lagartija = Chamuco? No entendí bien el pedo... y como en algunas peliculas lyncheras, me gustaron ciertas imágenes... Aristidemo
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]