Te miré directo sin vueltas, como miro a los niños pequeños para conocerlos. Y me sentí bien, reconfortada...
Me transporté a una inmensidad profunda... Me zambullí en tu paz.
Era una mirada clara, abierta de quien había caminado mucho. Cálida, sin rencores.
Una mirada veraz, pero cansada.
Me miraste por el espejo retrovisor y bajé los ojos. Por un segundo mágico nos tocamos.
Tus ojos y los míos se fundieron en un mismo color miel, en una misma luz y una nostalgia.
***
|