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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «CHAU, AMOR, NOS VEMOS ESTA NOCHE»

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«CHAU, AMOR, NOS VEMOS ESTA NOCHE»
GUILLERMO SOUBELET
(¡LA LEYENDA CONTINÚA!)


Disfrutas observando el rostro de tu esposa transfigurado por el pánico al verte regresar del trabajo más temprano que de costumbre. Su mirada aterrada se desplaza de ti al reloj de pared. Vuelve a ti y nuevamente al reloj, como la mirada del público de un partido de tenis. Llevada por la desesperación, vuelve a mirar la hora __ esta vez en su reloj pulsera __ y te dice con voz entrecortada que no te esperaba tan temprano, que es la primera vez que sales del trabajo al medio día. Y sonríes para tus adentros: ¡claro que no te esperaba! Dentro de media hora llegará su amante.
Intenta mostrase natural __ y la verdad es que jamás ganaría el Oscar a la mejor actriz __ a la vez que su mente se exaspera por hallar la manera de llamar urgentemente a su semental. De avisarle que no venga. Que regresaste inesperadamente. Finges sorprenderte y le preguntas si esperaba visitas, que la casa está tan limpia y ordenada… y ella tan elegantemente vestida (¡cómo disfrutas de su cara despavorida!). La verdad es que te gusta la ropa alegre y colorida… pero lo que se puso tu esposa __ seguramente con la intención de parecer más joven __ es un arco iris anfetamínico.
Observas divertido como sus ojos de desplazan permanentemente de ti al teléfono de la mesita. Entonces, solamente para regocijarte, tomas el teléfono y, mientras los ojos de ella se agigantan y sus manos retuercen un pañuelo, haces un llamado estúpido a tu hermana y le preguntas qué hicieron el fin de semana.
Pero tu esposa se equivoca en ambas cosas. No es la primera vez que sales temprano del trabajo. Lo hiciste por vez primera hace quince días. Quisiste darle una sorpresa. Pero la sorpresa te la dio ella a ti, cuando por poco te chocas con ese muchacho que se dirigió a tu casa y ella recibió en sus brazos. Entonces te tomaste vacaciones (sin decírselo a ella) y todas las mañanas saliste en tu horario habitual (con tu traje y tu attaché)… para observar tu casa desde el bar de la esquina.
El amante la visitaba todos lo días. Llegaba a las doce y se marchaba a eso de las dieciséis. A veces un poco más tarde (seguramente dependiendo de las exigencias sexuales de la perra de tu esposa). ¿Qué más te usaría además de tu mujer y tu cama? ¿Se pondría tu robe? ¿La taza de café que tu esposa te servía cuando llegabas sería la misma en la que minutos antes le servía café a él, probablemente en tu cama? ¿Se ducharía en tu baño? Porque, en ese caso, el jabón con que tu te lavabas la cara era el mismo con el que él se lavaba los genitales.
Y era una suerte que ninguno de los mozos del bar pudiera imaginar siquiera lo que estabas elucubrando mientras en apariencia desayunabas tu café con leche con media lunas. De haberlo sospechado hubieras aparecido en la primera plana de esos diarios sensacionalistas que anuncian noticias del tipo:

«¡¡ELVIS, VISTIENDO PORTALIGAS,
DESCIENDE DE UN PLATO VOLADOR
EN LA CASA DE MICHAEL JACKSON!!»

Ahora tu hermana te está contando que el nene se cayó de la bicicleta y tu, que no le prestas atención (pero que te alegras y además ruegas que la bestia ponzoñosa se haya roto absolutamente todos los huesos del cuerpo) observas divertido como tu esposa, intentando disimular, mira aterrada hacia la calle por la ventana del living. Claro que se equivoca si cree que es la primera vez que andas por el barrio un día de semana. Y también se equivoca en otra cosa: no te quedarás en la casa hasta cruzarte con su amante. Dirás que te olvidaste algún documento en el auto (acostumbras ir a trabajar en tren y dejar el coche en el garaje) y que solo regresaste a buscarlo. Que debes volver de inmediato a la oficina. Así que miras la hora en el reloj de pared y dices que ya es hora de marcharte (tampoco es cuestión de que te termines encontrando con aquél imbécil). Así que le dices chau, amor, nos vemos ésta noche; y te vas, permitiendo el encuentro de la parejita feliz (¡si hasta te los imaginas en tu cama, riendo, felices, como dos criaturas, por lo cerca que estuvieron de ser descubiertos por ti!). ¡Qué niños son siempre los amantes! A ella le vuelve el color a la cara. Y la miras, sabiendo que es la última vez que la verás con vida. Que en media hora exacta estará muerta.
Te diriges al garaje. Una vez ahí abres tu attaché, extraes la bomba y la colocas con sumo cuidado sobre el estante de las herramientas. Controlas el reloj: estallará en media hora. Ya le enseñarás a aquellos dos que la infidelidad, como todas las cosas placenteras, tiene su precio. Vives en una casa de dos plantas y tu dormitorio se encuentra ubicado exactamente arriba del garaje. La persona que te vendió la bomba te aseguró que era de una potencia suficiente para volar un edificio de diez plantas. Lo sientes por tus vecinos. Miras hacia arriba en dirección al dormitorio y la activas. Inmediatamente el reloj digital comienza su letal carrera regresiva. Podrías haberte ahorrado el trabajo de regresar a tu casa y haber dejado la bomba activada a la mañana, cuando salías. Pero por nada del mundo te hubieses perdido la expresión de tu esposa al verte regresar inesperadamente un ratito antes de le llegada de su amante. Ese fue el toque maestro, la guinda de la torta.
Durante las últimas dos semanas sacaste subrepticiamente de tu casa (para que no se destrozaran con el estallido) las cosas de valor que querías conservar. Ahora sonríes, sabiendo que te beneficiarás, pues el seguro se hará cargo de todo, y la casa está sobrevaluada en una fortuna.
Vuelves a mirar el reloj y decides irte de una vez. Ya falta poco para que llegue el Romeo. Entonces alguien te golpea en la nuca con un hierro con una ferocidad brutal. Las piernas se te doblan y caes desvanecido. Cuando recobras el conocimiento inmediatamente reconoces el garaje de tu casa y sientes que el corazón se te comprime al descubrir que te hallas amordazado y atado de pies y manos a una silla. ¡¡Nunca en la vida entraron ladrones en tu casa y justo se les ocurre venir en este momento!! Desesperado, intentas advertir a los malvivientes que junto a ustedes hay una bomba a punto de estallar. Pero la mordaza impide que comprendan lo que intentas decirles y confunden tu enloquecida desesperación dando por sentado que se trata de tu furia por haber sido asaltado. Exasperado, intentas gritar, y señalas con los ojos a la bomba, que se halla a solo medio metro a tu derecha; pero aquellos dos forajidos se hallan demasiado ocupados en sacar tu auto del garaje y huir calle abajo.

A los cinco minutos oyes que el amante de tu esposa toca el timbre y tu mujer lo hace pasar y cierra la puerta.

Texto agregado el 17-01-2008, y leído por 49 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2008-01-19 03:31:29 usted jamas me defrauda MarMaga
2008-01-18 03:49:14 Sos único!!!; ¿cómo se te ocurren esos finales grandiosos, llenos de ingenio??? Creo que eso es bastante difícil de conseguir, por lo general. Excelente como todos! 5* MujerDiosa
2008-01-17 05:32:53 Uhh ... siempre haciendo uso de ese final sorpresivo, pero certero. Es un agrado ver que todavía crea y me da el privilegio de leerlo. Un cuento excelente, como todos los suyos. Saludos y 5* Frau_Kruspe
 
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