Quisiera, Rous, que alguna vez las máscaras se agotaran. Mira a este soldado jugar con su tambor, mira a toda esta gente caminar por todos lados, sudorosas, taciturnas, envueltas en la memoria de quién sabe qué aventuras en sus países nativos. Rous, se nos está acabando el tiempo. Los cristales de estos elegantes bazares no son para toda la vida. Este estúpido árbol tampoco lo es. Ni siquiera la sonrisa amplia, eviterna y apacible de este hombrecillo de plástico al que los visitantes del Shopping Center se han acostumbrado. Porque la felicidad es así, efímera, transitoria, mutable, como los gustos de la gente. Porque la felicidad es un bien oculto en el sótano de alguna gran industrial china. No sé si estaré en lo correcto, Rous, y no me lo preguntes. Cada año los adornos se renuevan y con ellos mi ánimo. ¡Mira en qué me he convertido! Al cabo de unos meses no existirá diferencia alguna entre este monigote y yo… entre nosotros. Porque al fotografiarnos nuestra alegría se convertirá en otro producto comercial y en materia reciclable, en un motivo más para que nuestros amigos nos visiten en el HI5.
Ay, Rous, no seas necia… Deja de poner esa cara y reconoce que soy mejor que tú para fingir. Y como todo en esta existencia es un juego, voy a cruzar los dedos detrás de mí para evitar recriminaciones y cargos de conciencia.
-¡Sonrían chicos…!
(Flash).
Ronald Escalante R.
(Ecuador)
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