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Inmóvil, casi invisible, mirada torva y extraviada, ojos de ave solitaria, cabellos de una enmarañada simpleza, pasos firmes de esos que dejan huella, rostro surcado de tiempo, manos con olor a tabaco, y un corazón perdido entre tanta escarcha. La niebla de los olvidos le ha ocultado el alma, su semblante era tan frío como la noche, su postura tan soberbia como los leones heridos.
Los pasados hechos raíces escarban en sus entrañas como su propio puñal en la mesa del bar en el que se emborrachaba cada noche. Lo único que se le escuchó decir fue “una ginebra”, hace años, ahora ya ni eso, solo acusa su pedido con el dedo índice de su mano izquierda, y el mozo sirve toda la noche.
Me contaron que antes era escritor, y músico pero que un dolor muy grande lo exilió de las letras y de las cuerdas.
Intrigado por tan oscuro personaje, comencé a seguirlo un día, me resultaba difícil, puesto que su paso era cansado y lento. Llegando a su casa, extrajo un papel de su bolsillo, y escribió una nota en él. A la distancia que me encontraba, no podía leer nada, pero esperé. Cuando hubo terminado su nota, la pegó en el portero eléctrico y entró con su paso monótono y cansino. Esperé tras un árbol mas de media hora, hasta asegurarme de que no volvería, junté coraje y me acerqué a la reja, la curiosidad me empujaba a la nota tanto como el temor al ridículo me detenía, la forma de caminar se me había pegado.
Primero, pasé mirando de reojo, y como si no tuviera nada que ver, traté de ver la nota pero estaba muy alta, después pasé como quien busca una calle, y así logré escudriñar la nota.
Decía lo siguiente: JOVENCITO, ME ESTUVO SIGUIENDO TODA LA TARDE, SÉ QUE NO SOPORTARÁ LA CURIOSIDAD DE VER MI NOTA, TOQUE TIMBRE QUE HABLAREMOS.
Así que no tenía ya más que ocultar, toqué el timbre, y cuando aún no había terminado de sonar, salió a mi encuentro el enigmático personaje, abrió lentamente la reja y me invitó a pasar con un gesto amable.
Mis piernas temblaban a pesar de mi esfuerzo por evitarlo, mis manos sudaban, pero mi paso era firme y penetré en la morada solitaria del triste caballero.
Me ofreció una silla y un vaso de vino tinto, su casa era como las mansiones de las películas, pero su aspecto era de un hombre pobre, como si no supiera que hacer con su fortuna, miré todo con cierto asombro. Debía decir algo, pero cualquier cosa sonaría de estúpida a comprometida, entonces tomé un largo trago de vino tratando inútilmente de evitar su mirada entre tierna e implacable.
Al cabo de los segundos más largos de mi vida, rompí el hielo y me decidí a dar explicaciones por mi persecución.
Pero una mirada suya me detuvo, y comenzó a hablar con voz de abuelo, dijo que no importaba por que lo había seguido, me dijo que lo importante era que después de mucho tiempo se sintió protagonista, importante y recordó por un rato el sabor del lugar principal.
Mas o menos, comentó:
“Hubo una época que tuve tus años, y también seguí a un viejo, que me dijo lo que te voy a decir ahora.
No te dejes llevar por nada ni por nadie, el dinero se va igual que las mujeres, la fama es un momento, los triunfos y los fracasos son accidentales, solo hay algo puramente nuestro y es nuestro arte, nuestra pasión y nuestro destino, sé todos tus motivos y al verte hago memoria, dentro de dos vasos de vino, estarás relajado del todo”.
Sacó de su bolsillo un atado de cigarrillos y me ofreció uno, casualmente eran de la marca que yo fumaba.
“Te diría que lo dejes pero sería inútil, así que fumemos y charlemos”.
El vino se me colaba en los huesos y el hombre siguió hablando.
“Te mostraré algo que escribí de joven, luego de que me hayas oído. He sido famoso y reconocido, he sido amado y amante, he vivido de acuerdo con mis más íntimas voluntades, he escrito muchas ficciones que algunos tildaron de verdades, y muchas verdades que muchos tildaron de locura, he caminado al borde de las tormentas y he sido parte de mis cuentos, he alcanzado modestas simas y soberbios llanos, me he sentado en esta misma mesa con dioses y con demonios, con mujeres y con hembras, con sacerdotes y con ciegos, con sabios y con necios, y con Ella. No preguntes quien es Ella, ya la conocerás.
Un día ella apareció como un vaso de vino, como un violín, como un rayo de sol entre tanta mediocridad, un día ella iluminó mi destino y me prestó una ilusión, un día ella encaminó mi vida por atajos inexplorados, un día ella llenó de ternura a mis días y de sexo mis noches, un día ella me dijo que me amaba, un día ella compartió su vida conmigo, un día ella apagó mi luz y se fue.
Y aquí estamos, sin saber donde dejamos nuestra perilla, tanteando en la oscuridad de nuestro dolor, hoy encontré mi luz, tu mirada, tu fuerza y tu incertidumbre son mi luz.”
Se levantó, y tocándome la cabeza me pidió que le esperara, que tenía algo para mostrarme.
“Un libro que no necesitas leer, pero en el que debes creer con todas tus fuerzas, lo comencé a escribir a tu edad, y no sabía como publicarlo, y nunca lo hice, pero sabía que iba a llegar este momento y que mi luz de la vejez, debería ser recompensada con la luz de mi juventud, el libro.”
Tomé el libro en mis manos y comencé a leer su primer página, y como si las sorpresas hubieran sido pocas, se trataba de algo que yo mismo había escrito hacía un mes o dos. Miré sus ojos fijamente, y ellos se empañaron.
“¿Quién sos, viejo demonio y de donde sacaste mis versos?.”
“Soy tu vejez, soy vos dentro de unos años, soy ese al que todos ignoran hasta que su juventud lo reconoce, soy el solitario en el que te convertirás si te dejas llevar por el corazón, soy tu pesadilla más profunda, soy tu dolor futuro hecho carne. Algún día también esperaras a tu juventud sentado en un bar, la extrañaras y la añoraras, y justo el día en que hayas perdido hasta la última esperanza, llegará y te hará libre. Solo cuando tu juventud te encuentre podrás comenzar de nuevo.

Texto agregado el 19-01-2008, y leído por 12 visitantes. (0 votos)


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