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Encuentro 4º

Acoyte y Rivadavia, tres de la tarde, treinta y cuatro grados y el despiadado sol calcinando literalmente el alquitrán que une los pedazos de asfalto, un cliente me esperaba y la corbata me ahogaba, tanto que decidí quitarla. El semáforo dio luz verde, y desde la vereda que da a Mariano Moreno, una jovencita de no mas de veinte años paraba un taxi. No pude evitar el estupor, me quedé parado, mirando como el tachero seguía de largo aprovechando la luz verde. Crucé la calle corriendo, logré que me advirtiera, se quitó los lentes para el sol, me miró fijamente y nos quedamos parados, uno frente al otro, en silencio, en un insoportable silencio.

-Debo confesar, que no hago esto con frecuencia, pero tal vez, jamás vuelva a verte, y no quiero dejar pasar la oportunidad de conocer, por lo menos el nombre de la dueña de mis desvelos futuros.-

Sonrió, y supe que sería mi perdición, aún así, me quedé frente a ella como un soldado persa.

-No me importa realmente si estás apurada, tomemos algo- Dije con voz firme y gesto de súplica.

-¿por qué no?- Respondió ella con mirada profunda y displicente.-

Caminamos casi hasta Primera Junta, buscando un bar de mutuo agrado, coincidimos en uno solo porque nos llamó la atención la cara del mozo, lo que juzgué de maravilloso. Risa de por medio, ambos apuntamos a la misma mesa, la de la ventana. Para nuestra desgracia no nos atendió el mismo mozo que produjo nuestra coincidencia, pero daba igual, estábamos tan enlazados que la gente parecía no existir.
Pedimos una cerveza, encendí un cigarrillo, y reanudamos la charla que veníamos manteniendo en la calle. Era una charla trivial, casi sin sentido. Yo le hacía preguntas solo para ver como movía los labios al contestar, ella lo sabía y hacía mas prolongado su discurso, todo era perfecto, ella me había conquistado.
Sus comentarios eran simples, pero cargados de pasión. Su mirada llegaba directamente a mis ojos, sin obstáculos. Su mano se apoyó en la mesa y se encontró con la mía.

-¿Cenamos?-, pregunté, tentando a mi suerte.

-Solo si dejas que invite yo- Respondió firme en su cláusula.
-Pero vamos a mi casa, que queda aquí, a unas cuantas calles.-

La aceptación fue tácita, mi rostro no podía mentir, no salía de mi asombro. Caminamos por Rivadavia, cruzamos la vía de la estación Caballito, y a dos calles, una escalera de mármol y una puerta de hierro antigua nos esperaban en silencio.
Cocinamos fideos con salsa rosa, que le enseñé a preparar, sacamos un vino de la pequeña bodega que había sobre la alacena, y cenamos a la luz de un tubo fluorescente.
Durante la cena, nos besamos. Durante el beso, nos elegimos.
No quería irme, pero era tardísimo y había olvidado al cliente.
El beso de despedida duró hasta el otro día, quiero decir, dormí con ella.
La noche me guiñó un ojo y me llamó temprano, mientras ella continuaba durmiendo.
La desperté con mate, una rosa que le robé a una vecina dentro de un vaso de vidrio, y un beso de buenos días.
Sonrió, y su sonrisa justificó al mundo, acarició mi pelo, y me regaló la mirada soñolienta mas bonita del mundo.
Con voz aún dormida y sollozando me dijo:

-Soy una braza condenada a ser ceniza, soy la ternura potenciada a la que llaman pasión, soy la legítima voluntad de los dioses, soy tan efímera como el presente, y tan dolorosa como el olvido, soy la sangre que fluye como endemoniada rapsodia, soy el obsesivo preludio de tus huracanes mas violentos, soy el delirio de una noche de verano, soy una pequeña brisa en el desierto de tu vida, soy la grandeza del momento bien vivido, soy la tormenta que destruye con violencia a las estructuras mas sólidas, soy la Pasión, la carne transpirada, el olor a sexo, el beso inolvidable.

Mirando mi rostro surcado por lágrimas de despedida, ella también lloró, y llorando dijo:

-Pero jamás me vestiré de amor, solo a unas pocas les cabe ese atavío, solo unas pocas se atreven a llevarlo, entre esas pocas deberás elegir, solo aparecí en tu vida para que sepas con quien no te debes quedar.
A dios. Andate antes de que me confunda, y crea que puedo, y te lastime de nuevo, andate.-
Tomó mi mano derecha y puso un puñal afilado, cerró mi mano y lo dejó a mi custodia.

-Esta es mi llave, solo con sangre podrás ofrecer tu pasión, juro que no te voy a abandonar jamás. Aunque los juramentos de la pasión no sean muy confiables, debes saber que siempre que recuerdes ésta noche, sabrás que hacer.-

Y me fui, con mis lágrimas a cuestas, y el puñal en el bolsillo del saco.
Nunca mas volví a verla, intenté volver a su casa, pero me perdí en cada intento.
Ella era La Pasión, y ahora somos el uno del otro, estamos unidos como la sal y el mar.
Acoyte y Rivadavia, cinco grados bajo cero, bufandas y fantasmas refugiándose de la lluvia en las galerías, el cliente ha fallado, y todo me hablaba nuevamente de ella.

Texto agregado el 19-01-2008, y leído por 16 visitantes. (0 votos)


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