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«CON UNA PEQUEÑA AYUDITA DE MIS AMIGOS» («JUST A LITTLE HELP FROM MY FRIENDS»).
«CON UNA PEQUEÑA AYUDITA DE MIS AMIGOS»
(«JUST A LITTLE HELP FROM MY FRIENDS»)
GUILLERMO SOUBELET
A una oscura taberna – oscura por lo sórdida – llamada La Jirafa En Llamas acudía noche tras noche Luisito Picapietra, desocupado desde hacía un año y medio. A partir del día en que quedó en la calle, Picapietra se había visto perseguido por la miseria, los sentimientos de frustración y fracaso. Malos momentos eran las interminables mañanas para él; pero cuando anochecía se dirigía a La Jirafa en Llamas y su espíritu resplandecía de nuevo – como en sus épocas en Tribunales – y braveaba ante quien quisiera oírlo acerca de cómo volvería a conseguir un puesto semejante (o mejor), cómo todo volvería a ser como antes y cómo en ese momento la vida volvería a sonreírle, los hombres a envidiarle y las damas a apasionarse con él. Pero aparte de esos alardes inocentes, Picapietra era el más pacífico y sentimental de los hombres y cada noche se emborrachaba añorando a su mujer, quien lo había abandonado por otro precisamente cuando la vida se le puso triste y difícil. Picapietra era un hombre bueno y naturalmente confiado, y no había comprendido que una pareja se terminó en el momento en que la mujer deja de depilarse las piernas a la noche, antes de acostarse con el marido, y empieza a depilárselas por las mañanas, antes de ir a trabajar. Su ex era una de esas mujeres que se visten con colores lo suficientemente llamativos como para enfurecer a un toro. A pesar de la opinión que ella misma tenía de su persona, no era una mujer bella. Digamos una mujer «simple pero agradable»... usando la frase de la Guía Michelin de Francia para describir un hotelito de tercera categoría. Digámoslo así: Picapietra era uno de esos tipos que si fuera un personaje de una serie, invariablemente perdería a la chica en manos del protagonista; o desempeñaría el papel de compañero chistoso y comprensivo del tramposo protagonista.
A ese mismo establecimiento concurrían todas las noches después de sus respectivos trabajos los mejores amigos de Picapietra y a quienes éste acudía para buscar consuelo. Este grupo de amigos estaba formado por Fernando Siccardi (dueño del tugurio), Hans Müller, hombre enorme originario de Alemania, y a esta altura ya viejo (pues tenía veintinueve años y veintinueve años son muchos para un boxeador profesional que ha perdido casi todas sus peleas por knock out). Hans era notablemente parecido a Siccardi (aunque los pelados siempre parecen parientes). La mirada de Müller estaba todo el tiempo en movimiento. Hacia arriba y hacia abajo; hacia la izquierda y hacia la derecha. Parecía seguir el desplazamiento de una mosca. Los amigos suponían que la causa eran los golpes que había recibido (pero la verdadera razón era su novia pelirroja de diecinueve años). Pablo Díaz, farmacéutico versado en alcoholes y por ese entonces asistente de Siccardi cuando se hacía necesario mezclar calmantes en la bebida de los que se emborrachaban y ponían violentos; Sergio Quiroga, propietario de una empresa funeraria – sin juego de palabras, lo juro – de mala muerte y por último, Horacio Caglianni, propietario y conductor de un taxi que se pasaba el tiempo apostando a quien se prestara a que conocía la ubicación de cualquier calle que se le mencionara. Todos ellos no sólo eran buenos hombres, aceptablemente honestos y casi siempre dispuestos a arriesgarse alegremente en aventuras difíciles y alocadas, sino también llenos de fe en el sistema de la libre empresa (que aunque ya les había dado su oportunidad de triunfar y ser alguien en la vida no tenía porqué negarles otra) y se pasaban las noches en La Jirafa En Llamas ideando la manera de salir de pobres de una buena vez. Y nuestra historia comienza, precisamente, la noche de La Gran Idea. Vean lo que pasó:
La verdad es que, para ser honestos, todos ellos estaban un poco hartos de los lamentos de Picapietra; y una noche, mientras éste estaba en el baño, tuvieron una idea que consideraron brillante. Llegaron a la conclusión de que sería el propio Picapietra quien les sacaría de pobres de una vez y para siempre: decidieron contratar muchos seguros de vida a nombre de Picapietra (y con ellos como beneficiarios) y luego matarlo. Cuando Picapietra regresó del baño sus amigos habían pedido otra vuelta de cervezas y brindaban y chocaban los porrones alegremente mientras lo miraban con codicia y le decían «¡Brindemos por Luisito!».
Picapietra, encantado, brindó con ellos.
De manera que a la mañana siguiente, mientras Picapietra dormía, todos ellos dieron partes de enfermos a sus respectivos trabajos y se dedicaron a contratar los seguros de vida en distintas compañías (todos ellos con doble y triple indemnización en caso de muerte por accidente). Y así fue como aquella noche, cuando Picapietra ingresó a la oscuridad de La Jirafa En Llamas, se había convertido a los ojos de sus amigos - sin saberlo - en la posibilidad de salvación para ellos y sus familias (y los amigos, si realmente lo eran, debían aceptar que antes que nada estaba el porvenir de las esposas e hijos).
En el libro «El asesinato considerado como una de las Bellas Artes», el inglés Thomas de Quincey exalta la belleza de los crímenes bien realizados. Y los amigos (ahora socios) estuvieron de acuerdo en que aquél crimen debería ser realizado limpiamente, con la elegancia y eficacia de una obra de arte.
Siccardi, en la mejor tradición del cantinero (tranquilo y siempre dispuesto a escuchar sin opinar las confidencias de sus clientes) era considerado una autoridad en materia de alcohol. Y, basándose en el hecho de que Picapietra no estaba acostumbrado a la bebida, ya que había comenzado a beber el día en que su ex lo abandonó, hizo el diagnóstico sobre el que se estableció la política a seguir con miras a que la peculiar empresa llegara a buen puerto: dar a Picapietra de beber cuanto quisiera y a la hora que quisiera, vía por la cual el fin llegaría pronto. La idea fue recibida con gestos de admiración y entusiasmo por el resto de los caballeros (además tenía la ventaja de que bastaba sacar el tema de la época en que Picapietra ganaba buena plata o mencionar a la mujer que lo había traicionado para irse con otro para que inmediatamente Picapietra pidiera otra copa). Y en efecto, todas las noches ni bien Picapietra ingresaba a la taberna, sus amigos le preguntaban si extrañaba mucho sus días felices con la mujer que amaba (o las épocas en que ganaba buen dinero en Tribunales) e inmediatamente, tras exhalar un melancólico cri de cœur (un gemido) Picapietra rompía en llanto y comenzaba a beber como un marinero borracho.
El plan marchaba tan bien que Siccardi sugirió que le correspondería una parte superior al resto por ser el autor del plan. Así que Picapietra, empujado por sus amigos (que incluso apagaban los ventiladores y pedían papas fritas para incrementarle la sed) bebió y bebió cuanto quiso. Incluso más de lo previsto, lo cual hacía que sus amigos se frotaran las manos con regocijo pensando que cobrarían el dinero antes de lo esperado. Pero, en contra de lo que esperaban sus insospechados herederos, en lugar de enfermarse rápidamente Picapietra engordó, le mejoró el color, recuperó el apetito, dejó de lamentarse por sus problemas, se puso francamente alegre y divertido, rejuveneció y tuvo cada día más sed (y hasta las mujeres le hacían caídas de ojos).
Fracasadas las predicciones de Siccardi (quien recibió una violenta trompada en la mandíbula por parte de Müller) dos de los expertos del grupo (el dueño de la funeraria y el chofer del taxi) decidieron hacerse cargo del asunto. Ambos amigos coincidieron en que lo que se imponía era un plan más enérgico y fulminante. Nada de esperar como estúpidos a que el tipo se fuera enfermando ni ninguna otra mariconada como esa.
Así que esa misma noche esperaron a que Picapietra se emborrachara hasta perder el sentido. Cuando esto sucedió, lo transportaron en el baúl del taxi hasta un descampado alejado de la ciudad. Una vez ahí, ateridos por el terrible frío de julio, le quitaron toda la ropa, lo arrojaron desnudo sobre la escarcha, le arrojaron varios baldes de agua fría sobre el entumecido cuerpo y se fueron muy felices a sus respectivos domicilios a cenar bien calentitos con sus familias y a planear una vida más acomodada. La noche siguiente, precisamente mientras humillaban al pobre Siccardi relatando cómo habían terminado de una vez y para siempre con el problema, llegó Picapietra relatando entre risas que la noche anterior se había emborrachado de tal manera que no tenía idea de cómo había regresado a su casa; y que había amanecido un poquito resfriado, por lo que le caería bien un trago.
Esto obligó a entrar en acción a uno de los especialistas del grupo: Pablo Díaz, el farmacéutico y químico. La rudeza había tenido su oportunidad, ahora la ciencia se haría cargo del asunto. Al principio, Díaz probó suerte agregando a la cerveza de Picapietra extrañas dosis de productos químicos aconsejados para aflojar la herrumbre de los motores con años a la intemperie o como combustible para encender calderas. Pero al ser obvio para todos que Picapietra se mostraba cada día más entusiasta y regocijado con la vida y ya nada le importaban ni la abogacía ni la perra de su ex esposa (y que ahora las mujeres le hacían caídas de ojos); Díaz decidió dejar de lado las sutilezas y cortar por lo sano. Recordó el peligro que encerraban los alimentos enlatados fuera de la fecha de vencimiento y sonrió. Les dijo a sus socios confabuladores que el problema estaba resuelto y abandonó La Jirafa En Llamas. Una vez en su casa abrió una lata de sardinas y la sacó al sol. Luego de una semana y cuando el aspecto y olor de las mismas hacían obvio que éstas estaban descompuestas aún a la vista del más ignorante, se puso un barbijo y, aguantando la respiración, hizo con ellas una docena de sandwichitos. Para mayor seguridad, fíjense bien, cortó la lata de las sardinas – que había tirado al baldío de al lado y que ahora estaba oxidada - en trocitos pequeños y aderezó los sandwichitos con la picadura de metal... sandwichitos que Picapietra inocentemente comió con agradecimiento hacia su amigo por tan lindo gesto... junto con repetidos vasos de cerveza y de whisky. Sin embargo, al otro día Picapietra entraba en la cantina y saludaba a sus amigos con la misma alegría de los últimos tiempos.
Furioso como una hiena paranoica por las infidelidades del hieno, cuando Hans Müller vio aparecer a Picapietra en la taberna cerró los puños y decidió tomar al toro por las astas y hacer lo único que sabía hacer. Estaba harto de que los demás lo consideraran un infradotado y nunca consultaran su opinión. Müller era un boxeador gigantesco de 120 kilos con la fuerza de un toro; Picapietra, un alfeñique de 50 kilogramos. Un solo golpe bastaría para romperle el cuello. Decidido, sin decir palabra se levantó de la mesa y se fue a la esquina a esperar que Picapietra abandonara la cantina. Cuando éste apareció, Müller surgió de las sombras y le propinó una devastadora trompada en plena cara que hubiera bastado para arrancarle la cabeza a un percherón. Acto seguido, abandonando el cuerpo tirado contra un paredón, volvió sobre sus pasos a La Jirafa En Llamas y se sentó a la mesa con los demás, sin decir nada a nadie de lo que acababa de hacer. A la mañana siguiente un Picapietra radiante de alegría ingresó en La Jirafa En Llamas. La noche anterior había sufrido un extraño accidente. Había sido atropellado por algo (no recordaba qué) que le había arrancado de cuajo una muela infectada cuyo dolor lo estaba volviendo loco. Y, Santo Remedio, el dolor que tanto lo mortificaba había desaparecido.
A todo esto habían transcurrido ya tres largos meses. Y entre el costo mensual de las pólizas y el descontrolado consumo en la taberna de la víctima (que ahora se aparecía a toda hora a beber sin límites) el proyecto ya no se presentaba como una brillante expectativa económica. Sin embargo, para los presuntos herederos ya no se trataba solamente de negocios: aquello era ya una cuestión de honor. Sentían que sus dignidades estaban en juego. Encima estaban peleados entre ellos (además del hecho de que a esa altura odiaban a Picapietra mas de lo que habían odiado jamás a nadie). Así que el chofer del taxi y el dueño de la funeraria (que eran los que más resentimiento sentían por Picapietra), empecinados, tomaron nuevamente las riendas del asunto. Así que una noche cargaron a un Picapietra más ebrio y dormido que nunca hasta la esquina de Vuelta de Obligado y Quesada, una esquina tradicionalmente solitaria y oscura. Una vez tendido en medio de la calle, Caglianni, sin contemplaciones, le pasó por encima con el auto y ambos amigos, entre risas, abandonaron a su compañero a su suerte. ¿Pueden suponer con qué resultado? Tomen nota: un patrullero de la policía encontró el cuerpo de Picapietra y velozmente lo trasladaron hasta el Hospital Pirovano. A los veinte días Picapietra se presentó en la taberna sin un rasguño, más sano y más jovial que nunca; aunque bastante contrariado, pues, según dijo, en el hospital las enfermeras (que le hacían caídas de ojos) habían estado a punto de matarlo no dándole a beber sino agua y leche. De manera que se acomodó en la barra dispuesto a ponerse al día.
Pero las cosas ya estaban fuera de control para los confabuladores. Estaban todos peleados, discutían todo el tiempo y por el menor motivo se echaban culpas. Ya no se saludaban y al llegar a La Jirafa En Llamas se sentaban en mesas separadas dándose la espalda. Además, Siccardi, el dueño de la taberna, estaba furioso porque debía hacer verdaderos esfuerzos para lograr que sus socios en el delito le pagaran la parte correspondiente al insospechado consumo que Picapietra llevaba a cabo en la taberna (además de que estaba seguro que los otros cuatro (para no pagar) consumían y luego decían que lo había hecho Picapietra).
Y cuando finalmente una noche Picapietra ingresó en la taberna acompañado por un policía amigo, al que le contó que en los últimos tiempos le estaban pasando cosas raras, todo se vino abajo entre los confabuladores. El pánico colectivo de que alguno hablara dio por tierra lo poco que quedaba de aquella vieja camaradería de la que tanto habían disfrutado. E hicieron algo muy pero muy feo, vean sino: comenzaron a lanzarse acusaciones unos a otros frente a los desconcertados Picapietra y el policía. Todos aseguraban que la idea había sido del otro. Se culparon, dando detalles espantosos, de todos y cada uno de los diferentes pasos del plan. Que el envenenamiento, que la muerte por congelamiento, que el haberlo pisado con el taxi, que haber intentado romperle el cuello de un golpe. En fin, no perdamos tiempo con los detalles poco elegantes y de mal gusto que allí sucedieron y que tanto avergonzarían al inglés Thomas de Quincey. Solo diremos aquí que a la mañana siguiente todos ellos despertaron en los duros catres de las celdas del departamento de policía (con las ropas hechas harapos, los ojos en compota y faltándoles algunos dientes debido a que se agarraron a trompadas en el camión celular). Aún siguen presos. Y seguirán así por el resto de sus días. Lo cual no deja de ser una ironía, porque, de salir libres, serían ricos.
Pues al otro día del vergonzoso incidente en el que salió a la luz el taimado plan pergueñado por los amigos de Picapietra, éste, impresionado por los peligros a los que estuvo expuesto como consecuencia de las malas compañías con que se rodeó, se decidió a una vida más sana. Su primera decisión fue abandonar definitivamente el alcohol y las carnes rojas.
Ese mismo día murió atragantado por una espina de pescado.
Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 20-01-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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