He oído que la periferia de una ciudad no dista de otra. He oído que un kilo de algodón no pesa lo mismo que un kilo de cerezas o carne, que la mitad de UNO es la rodilla y cosas así por el estilo. Y creo, sin duda, que aquello es gracioso, salvo cuando alguien se las toma a pecho y pretende tener la razón. Si cada quien juzga de acuerdo a cómo su ignorancia o educación se lo permiten, ¿por qué tomarse la molestia de agujerear los túneles inacabables en los que vivimos inmersos? Desde que trabajo en el Antrax, un café-pub en las afueras de New York, he tenido que soportar el ocio de cientos de intelectualillos que se gastan la vida en estas elucubraciones. A mí no me importa lo que Sartre, Camus, Heidegger y otros hayan dicho sobre la conciencia. Me importa el dinero que debo conseguir para pagar la pensión de mis hijos, la renta del cuarto de alquiler y uno que otro polvo en Queen Street. Por otra parte, uno no es indiferente a las experiencias de su oficio. Con eso de que la guitarra y el canto son mi fuerte, la poesía ha quedado relegada a la nada. Ahora mis problemas son reales; no me gasto las horas dando respuestas vagas sobre un hecho en particular. Por lo que rescato lo que Papá siempre me dijo: “¿De qué puñeta te sirven las palabras si no te brindan la calma?” Por eso hoy pienso en hace un año, cuando aspiraba a ser escritor, y concluyo que la gastritis de entonces no era ninguna infección bacteriana o secuela psicológica, era una condición. Y mirar a estos elocuentes personajes de anteojos, con sus ropas raídas y cabellos hirsutos, me lo ha comprobado.
¿Acaso existe algo más infame que amargarse la vida con preguntas estúpidas?
Ronald Escalante R.
(Ecuador) |