«LA ESCLAVA MUDA»
GUILLERMO SOUBELET
(Sí, el que finalmente decidió quedarse. ¿Y?)
Entonces entró al pub aquella muchacha. Se detuvo unos segundos en la puerta, cegada por la abrupta oscuridad del local, lo que permitió a Gelso observarla con detenimiento: alta, pero no demasiado. Pelo muy largo medio rubión. Carita de nena. Piernas kilométricas. Tenía unos pechos que harían difícil abrazarla, y cuando pasó junto a Gelso éste pudo comprobar la perfección de aquellos glúteos no indicados para pacientes cardíacos.
Ahora la muchacha estaba de espaldas a él, en la barra, y por la expresión del barman Gelso se dio cuenta de que algo ocurría y no desaprovechó la oportunidad. La chica, de cerca, era notablemente más bella de lo que él había supuesto. Y grande fue su sorpresa al descubrir que lo que sucedía era que la muchacha no sabía hacerse entender. La joven era muda.
Aparentemente estaba perdida y Gelso se ofreció __ ante la mirada del que ya lo ha visto todo del barman __ a llevarla a la casa.
El problema era que la mujer no era capaz de emitir el menor sonido. No llevaba cartera ni documentos y la única identificación era una pulsera barata con el nombre Fabiana inscripto en el metal. Gelso abrió la guantera del auto, sacó un block de hojas y una lapicera y se las puso en el regazo de la chica, para que ella anotara su dirección. La joven lo miró con ojos extrañados. Impaciente, Gelso, tomó la lapicera y anotó: «¿Cuál es la dirección?» La mujer miró lo escrito y luego a Gelso, encogiéndose de hombros. Gelso le señaló la lapicera y el papel, pero la muchachita negaba con la cabeza. ¿Qué pasaba? ¿No sabía escribir? ¿Era extranjera y desconocía el idioma? ¿Sería idiota? No. Su mirada no era la mirada de un idiota. Gelso estuvo a punto de hacerla bajar del auto; pero entonces una ficha en su cerebro cayó en la ranura correcta y, atando cabos, lo comprendió todo: aquella muchacha hacía cuanto se le ordenaba. Él le había ofrecido que pusiera un CD cualquiera y la chica se había quedado mirando el reproductor sin reaccionar. Sin embargo, cuando Gelso le había dicho: «Tomá, poné éste CD» la chica no había vacilado un segundo y había obedecido. Recordó entonces que al rato él le había dicho «Abrí la ventanilla» y también «Ahora sacá ese Cd y poné este otro» o «Guardá el block y la lapicera en la guantera» y la chica había obedecido cada una de sus órdenes sin vacilar. Entonces Gelso cedió a la tentación. Sería posible que…
De todas maneras, si la muchacha reaccionaba mal, siempre podría reírse y asegurarle que todo había sido una broma. Hasta podía hacerse el ofendido y obligarla a bajar del auto y que se las arreglara sola.
Estacionó en una calle desierta y oscura. La chica mantenía la vista fija hacia adelante. Primero se aseguró de que no se acercara nadie, entonces se volvió hacia ella y, mirándola a los ojos, le ordenó: «Sacate la campera» (y la joven se la sacó). «Ahora desatate el pelo» (y el cabello calló sobre los hermosos hombros de la muchacha). Gelso transpiraba. Llegaría hasta el fondo. Total… ¿a quién podía contárselo? «Sacate el vestidito» (y sin un gesto la chica se sacó el vestido). El cuerpo de aquella muchacha era algo enloquecedor. «Sacate el corpiño», «Sacate la tanguita». «Tomá: agarrame acá» «Ahora agachate y chupame», «¡Así! ¡Así!», «Ahora pasémonos al asiento de atrás»; «Acostate de espaldas y abrí las piernas», «¡Así! ¡Así! ¡Así!»
Una hora más tarde y siguiendo el procedimiento de ordenarle lo que quería obtener de ella, le ordenó: «Guiame hasta tu casa» Y la chica le indicó el camino señalándole donde doblar y donde seguir derecho. Gelso tocó el timbre y, ante su sorpresa, el padre de la chica no se mostró agradecido para con él, como hubiera sido de imaginar. Al contrario: parecía molesto. Sin decirle gracias le cerró la puerta en la cara y Gelso pudo escuchar como del otro lado cerraban con lave.
Pero ya nada fue igual. Gelso quedó absolutamente obsesionado con la chica. A toda hora se le aparecía en la mente la imagen de la joven dejándose poseer por él en el asiento del auto. La absoluta sumisión de la muchacha lo enardecía de deseo. A partir de aquella noche la vida de Gelso cambió. Hiciera lo que hiciese su mente estaba muy lejos de ahí. Dejó de dormir. Dejó de concentrarse en el trabajo. Dejó de salir con sus amigos. Una tarde no resistió más. Abandonó su oficina y se dirigió a la casa de la muchacha. Atendió el padre. Por sobre el hombre de aquél sujeto pudo ver a la mujer de sus sueños que lo miró sin disimular su alegría. De pronto se asustó ante la idea de que la muchacha hubiera sabido hacerle entender a su padre lo que él había hecho con ella. El hombre podía dispararle ahí mismo. Vine solito a la cueva del lobo, pensaba Gelso, cuando escuchó la voz de aquél hombre que le decía «Suerte que volvió. Tengo que hablar con usted de negocios» Ya está, el chantaje __ pensó Gelso sintiéndose un imbécil __. Seguro que la piba es menor de edad. ¿La chica estaría involucrada en aquello? ¿Habría caído en una trampa? ¿Sería Gelso solo uno más de una interminable lista de incautos? No, imposible. Aquella niña sería incapaz de ser parte de algo así. «¿A usted le gusta mi hija, no?» __ afirmó, más que preguntó, el viejo __ «Sí, por supuesto; por eso vine» «Claro… usted comprenderá que se trata de una chica delicada __ le decía el hombre __ Es una muchacha completamente indefensa. Dígame: ¿usted la quiere?» «Sí, claro» __ contestó Gelso, sorprendido del tipo de conversación que estaban llevando __ «¿La quiere en serio?» __ volvió a preguntarle el hombre, mirándolo fijo __ «¡Por supuesto, por supuesto!» __ se apresuró a asegurar Gelso __ «Bueno __ dijo entonces aquél viejo __ se la vendo» «¡¿Qué me la… qué?!» __ Gelso no podía creer lo que acababa de oír __ «Mire, yo no la puedo mantener. Francamente no la quiero. Para trabajar no sirve. Es una boca más que alimentar de la que no estoy en condiciones de hacerme cargo. Yo soy una persona humilde. Necesito dinero ya. Si me da cinco mil dólares se la lleva ya mismo y si lo he visto no me acuerdo. No sé quien es usted. No conozco su nombre ni me importa. Ella ni siquiera está anotada, así que no puede tener inconvenientes. Si no es usted será otro. Ella es hermosa, así que interesados sobran. Mire en la pocilga en que estoy viviendo. Ni bien me entregue los dólares le doy a la chica y desapareceré de aquí para siempre. Así que, si acepta, ni sueñe con arrepentirse. Bueno, ¿qué dice?»
A partir de aquella tarde la vida de Gelso cambió. Ansiaba volver a su departamento donde lo esperaba su sumisa esclava silenciosa, siempre deseosa de satisfacer todos sus caprichos. Nada de lo que Gelso le exigía era negado. Y, aprovechándose de esta situación, éste obligó a la muchacha a someterse a las más oscuras y aberrantes humillaciones. Día tras día. Lo que fuera.
La policía rompió la puerta de entrada del departamento de Gelso alertada por los vecinos que denunciaron que de aquél lugar emanaba un olor espantoso y que nadie atendía cuando tocaban el timbre. Lo encontraron electrocutado, acoplado a un robot carbonizado y en cortocircuito. Las chispas que salían de la boca de Gelso habían quemado la alfombra.
|