«EL ÚLTIMO JUGO ARRUINÓ SU DIETA»
(Parodia sobre la rutina)
Guillermo Soubelet
Sales de tu casa a las siete y media exactas y sonríes. Eres metódico y preciso. Tu despertador suena a las seis. Te levantas y cinco. Y diez se enciende en la cocina la cafetera automática programable. Lavarte, afeitarte y ducharte te lleva veinte minutos exactos. Vestirte, cinco. Ahora son y media y es el momento exacto en que el diariero pasará el diario por debajo de tu puerta como le has exigido, para que puedas tomarlo mientras caminas del dormitorio a la cocina. Es el momento preciso en que se acaba de llenar la cafetera y que se enciende el radiodespertador que tienes en la cocina para desayunar mientras escuchas el resumen de noticias de y media. Tomar un café doble y unos copos de maíz con leche (descremada y fortificada con calcio y hierro> mientras lees la primera plana del diario te llevará quince minutos. Tomarás un antioxidante, lavarás la vajilla, te pondrás el saco y tomarás tu attaché sin apuro, siguiendo una rutIna aceitada. Con movimientos naturales, pero precisos. Sabiendo que a las siete y media en punto estarás cerrando la puerta de tu casa. Sales de tu casa, consultas tu reloj para confirmar io que ya sabes y sonríes.
Ahora tardarás un minuto en caminar hasta el garaje de la esquina, en el que el encargado ya tendrá tu coche en marcha, en la salida, listo para abandonar aquel lugar sin perder un segundo. En diez minutos exactos llegarás a lo de tu profesora de violín. Esa rubia llena de pecas, alegre, agradecida y dispuesta a quien desprecias (y a quien fornicas). Como desprecias a aquél mojigata de pelo largo y lacio, anteojitos Schubert y mirada soñadora que sale de su clase de violín cuando tu entras (con el rostro oculto tras una bufanda y unos anteojos oscuros) y se cruzan en la escalera. Lunes, miércoles y viernes, a las siete y cuarenta y ocho. Tú, portando un attaché; él, un estuche de violín. Desdeñas a esos tipos frágiles, sensibles y delicados como niñas. No puedes verlos como a hombres. El infeliz parece una nena con sus hombros estrechos, su largo cabello rubio, su piel blanca y sus pequitas. Si es tan parecido a tu profesorcita que hasta podrías intercambiarlo por ella y sodomizarlo con el mismo placer! La chica, además de ser concertista, practica deportes, y si bien desdeñas las actividades físicas al aire libre, debes reconocer que todas las violinistas deberían practicarlas. Eso, siempre que quieran tener un culito como aquél. Entrarás a la bohardilla a las siete y cincuenta. Jamás te ha interesado la música, pero aquella hembra es algo increíble. Y cuando te enteraste, en forma casual, que la joven concertista estaba a punto de suicidarse como consecuencia de la vida paupérrima que llevaba, supiste que ahí había una oportunidad. Tocaste el timbre de su departamento y, sin rodeos, le ofreciste una cantidad que, sabías, no sería capaz de rechazar. Sobornar, humillar, es lo tuyo. Hace años que triunfas en los negocios gracias a eso. Así que a las siete y cincuenta y tres ingresarás a su dormitorio. Te llevará tres minutos saludarla, desvestirte y comenzar. Como todos los lunes, miércoles y viernes, la muchacha alabará tus pectorales desarrollados y tu vientre chato. Y como todos los lunes, miércoles y viernes, no perderás tiempo en escucharla, ocupado como estarás en untar tu profiláctico (lubricado con cloruro de benzalconio) con mas crema espermicida . En lugar de odiarte, de sentirse humillada, aquella infeliz se siente agradecida. Y si bien aquello te permite disfrutar de despreciarla aún mas, te priva del placer de verla implorar por piedad. Basura. El coito te insumirá exactamente cuatro minutos. Ni uno mas ni uno menos. Lo sabes porque mientras te mueves siempre observas el reloj digital que la chica tiene sobre la mesa de noche (y que seguramente compró con tu dinero). Al cambiar al cuarto minuto eyacularás. Serán tres chorros. No eres de los que jadean o gritan. Tu acabas mirando el reloj. Cuatro minutos no te parece poco. Es el mismo tiempo que tardarías si te masturbaras (y haciéndolo transpirarías menos, ahorrarías tener que lavarte y el precio del preservativo). Ni bien acabes te levantarás sin una palabra, te vestirás y en cinco minutos exactos tomarás el subte (ya que si dejas el auto abajo y viajas al centro en subterráneo recuperarás los minutos que desaprovechaste en tu visita sanitaria. Ahora serán ocho minutos, que aprovecharás para leer el diario, que abandonarás en el subte. Como consecuencia del orgasmo, subir la escalera te tomará mas de lo que debería. No importa, dos minutos y te sentarás a tomar tu segundo desayuno del día y a reponer energías en la confitería de siempre y en la mesa de siempre. Hace seis años que desayunas a las ocho y ocho exactas en aquella misma mesa de la vereda. Café con leche, tres medialunas y un jugo de naranja. Siempre. Tardarán siete minutos en servírtelo y tú demorarás diez en desayunar. Para ese entonces ya te habrás olvidado de tu encuentro con la joven profesora. Mientras esperas que te sirvan, tomarás tu celular y te comunicarás con tu secretaria para impartirle las directivas del día. Sabes que en quince minutos, al sentarte a tu escritorio encontrarás, con la rigurosa disposición de siempre, todo lo necesario para tu día de trabajo. Trabajo que sólo interrumpirás un minuto antes de las trece para levantarte y sentarte a la mesa que tienes instalada junto a la ventana; ya que a las trece exactas se abrirá la puerta e ingresará tu rubia secretaria trayéndote el almuerzo correspondiente a ese día (preparado según la detallada lista que le has entregado). Almorzar dichas comidas - cuya preparación has regulado concienzu¬damente para que cada una de ellas te brinde el equilibrio exacto de vitaminas, proteínas y fibras, te llevará veinte minutos. No tomarás mas calé, ya que si bien es cierto que te despabila (ya que eleva la presión sanguínea) también lo es que se lleva la preciada vitamina B1 de tu cuerpo. Luego del almuerzo te dedicarás a planear tus estrategia para destrozar a aquellos imbéciles en la reunión de la tarde, mientras pedaleas tu bicicleta fija durante diez minutos exactos e ininterrumpidos (para que tu cuerpo produzca mayores volúmenes de endorfinas, con la consiguiente sensación de bienestar, relajación y alerta mental que necesitas para concurrir a la reunión con todas las luces). Y para estar en condiciones para, como de costumbre, sodomizar a tu secretaria a las dieciséis y treinta, media hora antes de la reunión. Francamente no disfrutas del sexo anal, pero leíste en algún lado que las mujeres que lo rechazan (y ella lo rechaza) se sienten degradadas al ser sometidas de esa manera y eso te basta. Esa tarde tu mente te juega una jugarreta la imagen de tu secretaria sodomizada violentamente por ti se instala en tu mente como una garrapata. En la fantasía (y a pesar de que no grita ni llora ni hace nada en ese sentido) mientras la montas por detrás sabes que ella está sufriendo. Y disfrutas sabiéndolo. En un momento dado, la mujer gira sobre sí y descubres asqueado que no es a tu secretaria que estás montando sino al violinista imbécil del largo cabello rubio y los anteojitos Schubert. Y, para tu desconcierto, adviertes que aquella fantasía te ha producido una erección formidable. Irritado, te dejas de romanticismos y te abocas a tu trabajo con la frialdad y la eficacia que rigen la totalidad de tus actos. Cuando sólo faltan veinte minutos para las dieciséis y treinta, consultas tu reloj para confirmar lo que ya sabes y sonríes. Como de costumbre, cruzarás al bar de enfrente (el mismo donde desayunas) para tomar un jugo de naranja antes de la sesión de sexo con tu secretaria. Sesión que está en todo su derecho a rechazar, pero que no rechazará. Porque le pagas una fortuna. Tomas asiento en tu mesa de siempre y esperas por tu jugo. No necesitas pedirlo ya que hace seis años que cada tarde a las dieciséis y cuarenta y cinco te sientas en la misma mesa por tu jugo de naranja.
El asesino llegó puntualmente. Como llegan siempre los asesinos y la muerte. Tenía problemas con sus hermanas. Como todos. Una era secretaria ejecutiva en una multinacional. La otra, concertista de violín. Vio al tipo sentado en la mesa y a la hora en que le habían indicado. Se colocó los anteojitos Schubert, apuntó a la frente y disparó. Luego desarmó el arma, la introdujo en un estuche de violín y se fue, silbando Vivaldi.
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