Si el destino, como hecho metafísico, es en realidad un plan creado por Dios puedo extraer múltiples conclusiones. La primera de ellas sería que nosotros no somos responsables de nuestros actos, pues si los fenómenos se suscitan a partir de una fuerza externa ésta es, por definición, inexorable. La segunda conclusión es que el mal que habita en nosotros no nos pertenece, sino que se nos ha sido heredado, si nosotros somos los objetos que dan vida a un destino, no se nos puede asignar el mal a nosotros, o si lo prefiere porqué no cree en bien ni mal, no se nos puede juzgar, seríamos por definición inocentes. El verdadero culpable, el hombre perverso y maligno sería el que nos otorga sin nuestro consentimiento el destino, o sea, Dios. Éste sería el responsable del Holocausto, de los crímenes de Stalin, de los golpes de Estado y en general de cada tragedia. Pero así, mientras es responsable de lo que nosotros consideramos “lo malo” es también responsable de lo bueno, porqué está en nuestro destino. Así es más coherente. |