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Escritura Semi Automática 2
I
Fui al bosque a encontrarme con la muerte. Me esperaba bebiendo café sobre un viejo roble acostado. Dejó la taza y frunció ligeramente el ceño. Me recordó a esos viejos empresarios que, por una necesidad inexplicable, quizás jerárquica, se muestran siempre indignados. Esta muerte era como aquellos, pero por alguna razón su semblante y una lábil sonrisa me produjeron una sensación de tranquilidad, que apaciguó el temor natural que un hombre condenado a muerte siente. No tenía sombra, no era un esqueleto. Tampoco vestía de luto, sino que una larga teñida tan diáfana como las aguas de un río alejado de las manos humanas. Quizás por eso habré estado en paz, pensado que era un ángel. Fue en ese instante en que confirmé lo que aquí vagamente especulaba: no hay ángeles ni demonios. Todo aquello que mis compañeros tildaron de presunción teórica y abuso de sustancias estupefacientes estaba frente a mí. A mis espaldas sentía la ciudad arder como una Roma consumida por la demencia de Nerón. Pero aquí los dementes éramos todos, sin excepciones, todo se hundía frente a mi impotencia; crímenes sin víctimas ni asesinos, guerras sin héroes ni villanos, represiones sin dictadores ni oprimidos…una tierra en donde Dioses y Demonios han sido desterrados.
II
En efecto. La epifanía se me apareció en el ocaso de la razón, allá donde todo es volátil y atemporal, una pieza de Jazz interpretada antes de ser concebida. A pesar de todas las disposiciones a mi favor, cuando me ofreció café no pude dejar de vislumbrar veneno entre el ébano y esqueletos pútridos entre la ropa y la piel. Algo sicalíptico había en su mirada.
- No te asustes. Todos son así, se esfuerzan por ver lo turbio del asunto, la sangre en las manos del presunto asesino.
Estaba desconcertado. Mis ideas, mi memoria, todo se mezclaba con las cenizas de una ciudad apagada y en silencio. De alguna manera nunca había creído hasta en lo que yo pregonaba. Siempre me había resistido a toda especulación metafísica.
Minutos después volví a sus palabras, con un retraso que se adjudica al temor, con espanto y represión. Si por alguna razón era cierto, y que nos esforzamos por crear criminales, dictadores, villanos, la semilla de la perversión no habitaría en ellos sino en nosotros mismos.
III
- Así es – dijo cuando dejé de pensar. Yo me asombré, pero no tuve valor para responderle.
- Pero no te olvides que fuera de ustedes existe una percepción que los abarca como unidad
No entendía. Comenzaba a sudar. Quiero despertar repetía obstinadamente.
- Estás lo más despierto que puede estar un hombre: desnudo frente a un espejo que vislumbra tus flaquezas
Me sentía abrumado, ahogado en el suspenso de la muerte.
- Pero creo que nada de esto importa ¿quieres morir?
Yo asentí de manera impulsiva, sobrecogido por los hechos.
- Pues bien, tan sólo demuéstrame que alguna vez no lo estuviste
Mi mente se paralizó, como el canto de un jubiloso pájaro contemplando su selva siendo talada.
IV
Si ángeles y demonios no son más que ficciones terrestres pensé apropiado concluir lo mismo sobre la vida y la muerte.
- Correcto – dijo mientras retomaba la olvidada taza de café sobre el roble.
Yo trataba de no pensar para no tener que volver a oír su pedregosa voz, pero aún tal cosa era un pensamiento.
- ¿Cómo sabes que tú no eres más que la idea de alguien?
El pensamiento suscitado del tedio y el temor. Cada palabra que su boca eyaculaba me parecía como un torrente vertiginoso de lava que derretía mis dogmas y esperanzas. Lentamente comencé a oír y visualizar su pensamiento, como el ambiente se concertaba para una estocada final.
- ¿Cómo es que crees saber y vacilas al mismo tiempo ideas? ¿No has pensado que la muerte no es más que el infinito? Un ataúd, un entierro, un viaje, un crematorio, polvo, cenizas, joyas, pirámides, sarcófagos, sonrisas, llantos, angustia y felicidad… ¿Qué tal si te dijera que no estás ni aquí ni allá?
Silencio de selvas primitivas. La noche de los relojes rotos.
Texto de hammill agregado el 23-01-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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