Crecimos inmersos en la paradoja de una ciudad nómade. Al levantar la última estaca, perdíamos los gentilicios y la nostalgia.
Entonces, la caravana. Las carpas dobladas. El organito adelante de todo. Y atrás yo, montado al elefante. Los payasos en la casa rodante, aún pintados, soñando aplausos y risas de niños que ya los habían olvidado. El mago sin galera ni conejos, inmolados en el guiso de anoche.
Pleno mediodía.
Cruzamos el pueblo, serpenteando un camino de tierra. Desde el lomo ancestral, veía a mi familia: una fila de hormigas fracasadas, cargadas de mochilas. Nada, ni a derecha ni izquierda. Girasoles. Algunos huesos amarillos de vaca. Hasta que en un andén salpicado de arbustos y cardos, un rayo de sol estalló en una constelación de chispas rubias.
Detuve al elefante: no me importó que se alejara la caravana. Una muchachita me observaba desde la estación vacía. Un espejismo, demasiado joven y perfecto, tan lejos del desierto.
Ya he dicho que era rubia, y aunque me esfuerce, no podría contar de qué color son sus ojos. Ni miel, ni esmeraldas, ni turquesa, ni ninguna otra cursilería. No existe en ningún otro elemento, sólo en los ojos de ella. Esto puedo jurarlo.
Llevaba una blusita, sandalias y el pelo atado en una cinta con – esto lo supe después, cuando por fin pudimos entendernos – los colores de Ucrania.
Se acercó al elefante, curiosa y divertida. Siempre sucede. Los elefantes tienen algo, un aura sagrada, un soplo de karma, magnético e irresistible. No son tan indiferentes como parecen, no vayan a creer: desafío al más guapo a mantener la mirada milenaria de un elefante.
Entonces, sucedió el milagro. Me di cuenta que no miraba al animal. Me miraba a mí, a mi gorro roído, mi cara bronceada y la sonrisa estúpida que no he podido enderezar, ni siquiera en las noches tristes sin luna.
Tengo que apurarme para contarles, porque me quedan apenas unos metros.
Se llamaba Karilska.
…Mi hermosa Karilska. Mi pequeña….
“¿No tenés familia? ¿Cómo llegaste a esa estación? ¿Qué me viste? Decime que fue el elefante. O el circo. Pero decime la verdad. O mejor, mentime…”.
Viajamos en el lomo de la bestia, y cuando alcanzamos la caravana, ya estaban colonizando un baldío olvidado, al costado de un pueblito.
Me llevó tiempo, bastante tiempo, enseñarle a pararse de manos. Los secretos del columpio. Palabras en castellano. La hacía reír con piruetas improvisadas. Lloraba con versos que le leía o inventaba, sólo para tenerla sentada a mi lado.
Una noche le dije que la amaba. No me entendió, o se hizo la que no entendía; sólo me abrazó, como se aferra uno a lo único que conoce. Recorrí con mis manos el territorio prohibido de los suburbios de su chaleco bordado de lentejuelas. Hicimos el amor entre las redes, saboreándonos las diferencias y los labios y las bocas; apasionados, invadiéndonos, embriagados por el instinto y los susurros en el idioma universal del deseo.
Y así, entre besos, mordiscos dulces y lágrimas, día tras día, ensayamos nuestro número en el trapecio. Aprendió a sostenerse por las piernas y soportar mi peso, colgada boca abajo. Me costó mucho convencer a todos que podíamos hacerlo en la función, delante de la gente. Tuvimos que demostrarlo muchas veces, el número del trapecio, los saltos y las cuerdas.
Y ahora, nuestra gran función. Es curioso ver los rostros de la multitud, así colgado boca abajo. Agarrados de la butaca, tensos, temblando con cada redoble, gimiendo en cada pirueta.
Sosteneme, mi Karilska. Sosteneme bien, amor mío. Porque aunque no podés decírmelo, aunque hablás en tu idioma cuando te conviene, sé que me amás. Y si no, es mejor que me sueltes, Karilska.
El trapecio se balancea. Y esos ojos del color que ella ha inventado, se humedecen. Colgamos y mantenemos un diálogo íntimo, una confesión silenciosa, en lo más alto del mástil.
¿Me amas, Karilska?
Siento como se aflojan sus dedos. Y resbalo. Me suelta, piadosa, y no le echo la culpa de nada.
No griten, que no es para tanto. Ya salen los payasos. Eso sí, voy a extrañar al elefante. ¿Quién cuidará de él?
Como he dicho, me quedan apenas unos metros.
Karilska, mi pequeña, llora allí arriba. Y la perdono.
No sé quien inventó que en tu último instante, toda la vida pasa como una película frente a tus ojos.
No lo crean, se los digo yo: es todo circo.
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