El postre
Sergio Sarmiento
Mi abuelo siempre me decía que si uno iba a pelear con un circo, no podía ir como payaso sino como domador. La verdad es que yo nunca me había enfrentado con una fiera. Y de payaso, solo me faltaba el vestuario.
Abrazo mi peor miedo y salgo de casa. Dos veces más y el ciclo se completará. No voy a juzgar a nadie hoy. No tengo la obligación de hacerlo. Tras de dejar dos razones más en el correo de voz, un hálito quejumbroso se posó en la orilla de mis pies, apilado sobre un montón de paginas imborrables de tu nombre, allí se unió cielo y tierra...
El abuelo decía ser pastor de la Iglesia Perpendicular Carismática Cristiana del Sur, a pesar de que vivía al norte. Señor de blancos dientes y cabello abúndate, cenizo. No muy alto, pero para nada bajo. De buena presencia, fiel creyente de las doctrinas de Dios y su hijo Jesucristo. El abuelo era un hombre sabio que sabia llevar paz a las mentes agobiabas, tenía la firme intención de pasar a la Historia presentando el evangelio según Antolín, su nombre.
Años atrás, fuera de esas virtudes, él se entregaba a las apuestas, no había situación de azar o fortuna donde no metiera un billete de diez mil pesos. Varias veces perdió su pensión saliendo del banco, jugando a adivinar la carta o buscando una bolita debajo de tres checas. La lotería lo desvelaba, incluso, apostaba con nosotros a quien tirara el escupitajo más lejos en el patio. Ganábamos muchas gaseosas. El abuelo era un jugador, buen perdedor y excelente ganador, para nada ambicioso. Una tarde pasada por agua en septiembre, mientras escuchaba las noticias en la radio, sentado en el frente de la casa, vio como el arroyo iba subiendo. Gritó hacia la sala, apostando a que el arroyo crecería y llegaría hasta la puerta. Ganó más de lo debido, el agua entró hasta los cuartos, la cocina y el baño, y salió al patio. Los muebles flotaban y todos, con baldes, tratábamos de sacar el arroyo. Era tan caudaloso que casas más abajo los vecinos ponían mayas y fieltros en las puertas del patio y allí quedaban atrapados peces, camarones, algas y caracoles. Fue un hecho sin precedentes, la noticia corrió por todo el país. Los noticieros estaban allí y las declaraciones eran variadas. El abuelo, que durante la toma del arroyo estuvo con otros hombres armando un canal de desagüe, no perdió oportunidad de ganar. Apostó con unos niños a que no serían capaces de mentir a los periodistas, de regar por el barrio que un ángel había anunciado tal suceso. Perdió, los niños no dudaron en regar el cuento y con nombre propio anunciaron que Dios le había dicho a Antolín, el que vivía en la casa verde manzana, que el arroyo traería la abundancia del mar.
La casa era un remolino de personas. Papá y los tíos trataban de desvirtuar el cuento, las tías estaban en el patio poniéndole pañitos de agua tibia sobre la frente al abuelo, quien había sufrido una recaída, un pequeño resfriado causado por la exposición al aguacero, pero para los demás era la fiebre que daba al sentir la dulce voz de Dios. Cuando tosía, generaba unos ruidos estrafalarios que él explicaba como lengua antigua, lengua que solo Dios y los ángeles hablaban antes de Babel. Papá, furioso, en las noches, debatía con el abuelo sobre la broma. Todo a puertas cerradas. Las tías y algunos tíos, después de dos días de cobertura nacional, seguían el juego pues ya era hora de que el apellido tuviera trascendencia. Hasta a mamá le parecía divertido. Papá decía que todo eso era pasajero y así fue. En el eje cafetero, una campesina vio el rostro de san Judas Tadeo en una hoja de café. La prensa en dos horas había desaparecido del barrio. El abuelo cogió una rabia y se encerró en su cuarto, las tías en la tienda de la esquina no dudaron en decir que el abuelo estaba en retiro espiritual, un ayuno de días mientras dialogaba con dios. La conversación era muy amena porque a mí me tocaba ir hasta otro barrio a comprar aguardiente para él. Mamá no quería profanar el status de Antolín.
Una tarde el abuelo mando a llamar a los niños que regaron el cuento y, nombrándolos sus discípulos, los convenció a punta de pudín y caramelos, de llevar a cabo su nueva tarea. A la vuelta de los días, una peregrinación de enfermos, desempleados y desamparados llegaba hasta el patio y escuchaba la predicación agripada del abuelo, quien pregonaba la llegada de Dios. Papá dejo de refutar cuando las limosnas superaban los cincuenta mil pesos diarios y ochenta los domingos. Un sacerdote visitó al abuelo y en el sermón lo tildó de loco fanático. El abuelo anunció que esas palabras eran de un hombre sin fe que se ponía una máscara hablando en falso sobre la palabra. Esta contrarrespuesta del abuelo le trajo la certeza de que él tenía que entrar a los menesteres del conocimiento divino. Las tías le enseñaron la catequesis y la diferencia que existía entre el antiguo y el nuevo testamento. Eso le trajo la brillante idea de la proclama mientras almorzaba. Él estaba destinado a escribir un nuevo libro para la Biblia. El testamento de los tiempos modernos. Su propia versión de la peregrinación que sufriría Jesús a su regreso...
Y el mar en la calle se abría mientras sobre su frente una gota de sudor descendía. La carne hecha espíritu no sucumbe antes los ataques tecnológicos del demonio, al contrario, tomó fuerzas y mirando al cielo expulsó el estrés de su mente y las olas del tiempo solo podían rendirle culto al que en su poder dividió al mundo en dos....
Ahora, amante de la poesía contemporánea, el abuelo escribía una y otra vez versículos, lo que trajo sus consecuencias pues sus fanáticos poco sabían de artes y letras y de las cosas metafóricas y retóricas que él decía. Ya se le miraba con desconfianza. Aturdido buscó nuevos rumbos y entre las filas de un banco encontró la respuesta. Se hizo amigo de un pastor evangélico que estaba detrás de él haciendo fila para cobrar la pensión. El pastor, que jamás creyó ni una sola de las palabras del abuelo pero admiró su poder de habla, lo invitó a que hiciera parte de sus miembros evangélicos. El abuelo dudó pero al ver la casa de dos pisos, el carro y los otros lujos del hombre, pensó que allí podría tener futuro. En dos semanas, todos en la casa estaban bautizados. Ya el catolicismo era parte de nuestro arrepentimiento.
La palabra era eso, palabra. El verbo se transformaba y el cielo se iba deteriorando. La ira del tiempo dejaba ver su enfado y todo se iba hundiendo. El ciclo se completa, se cierra. En lo alto de la montaña, los dedos apuntan al sol y piden venganza, perdón ya no...
Los años pasaron y autonombrado pastor y fundador de su propio templo en la casa donde el agua entró a traer bendición, estábamos al norte, viviendo cómodamente gracias a la iluminación maliciosa del abuelo, que poco a poco fue cambiando y hasta olvidó cómo se había iniciado todo. Relataba cómo un día, sentado frente a su casa, llorando ante las noticias y con el corazón acongojado por el dolor del mundo, una luz lo llenó y le dio el poder de escuchar en susurro los lamentos de Dios y juntos convinieron preparar los nuevos tiempos para la llegada del Dios hecho carne. El abuelo era fiel a su locura y nos había envuelto a más no poder. Tal era la fe que una mañana de enero, cuando el último versículo estuvo listo, ante una congregación de dos mil personas a orillas de la playa, dio la nueva: El libro estaba listo y ellos serían sus portadores, los primeros en conocer el inicio transportado en el tiempo de lo que san Juan había escrito, no el sueño del Apocalipsis, en el propio tiempo de la caída, sino los meses antes. Para sellar tal lazo de confidencialidad entre Dios y él, anuncio el milagro. Dios le había dado el poder de caminar sobre las aguas y caminaría hasta el horizonte para guiar a su hijo hasta esta orilla. Todos lloraban de emoción. Las tías se encargaban de recoger los sobres sellados del diezmo. Una barca lo llevó un poco más lejos de la orilla y, alzando las manos hacia el cielo, se dejo caer al agua. Nunca salió, algunos dicen que caminó por las profundidades, papá dice que no salió por orgullo, las tías juraron que vieron cómo su alma caminó sobre las aguas mientras su cuerpo se hundía hacia el inicio del tiempo. Yo tenía en mis manos un sobre que me había dado antes de llegar allí. Ahora era mi misión llevar la palabra a cada rincón del reino de dios. Yo, que no era de mucho andar con el abuelo, estaba en un apuro. En casa me esperaba su cuarto y encerrado leí, letra a letra, cada versículo.
Y ya los hombres del demonio, al ver que el cielo se encendía en fuego, dieron la orden y el hijo del Verbo Creador, fue sentado en un trono falso y electrocutado hasta las cenizas y estas al esparcirse por el aire llevaban su alegría, porque el tiempo del paraíso estaba tocando las puertas, por los siglos de los siglos....
Mi abuelo siempre me decía que si uno iba a pelear con un circo, no podía ir como payaso sino como un domador. Al final uno sostenía el látigo que amansaba al león y le daba a probar el postre de su valentía. El abuelo era un visionario, un gran hombre para muchos, para mí no era más que un pobre idiota que se comió su propia estupidez. Media hora después de leer su evangelio, lo quemé.
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