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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «¡SU MUJER ERA COSA DE OTRO MUNDO!»

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«¡SU MUJER ERA COSA DE OTRO MUNDO!»
Se la cuenta: GUILLERMO SOUBELET

«Claro, posiblemente usted se pregunte cómo seguí adelante con todo aquello. Le soy franco: no lo sé. Todo comenzó con aquél aviso que salió publicado en una revista de parejas swinggers:

«Busco un hombre educado, cariñoso, reservado,
y sobre todo muy bien dotado para hacer gozar a mi esposa mientras yo observo. Mi esposa es cosa de otro mundo. ¡Ya lo verá! Escribir a la revista»

Usted ya lo ve. Siempre que los maridos ofrecen a sus esposas, ya se sabe, es una tentación. Discutir eso es mentir. Y este aviso, le aseguro, me resultó imposible de resistir. Sobre todo teniendo en cuenta que el tipo aseguraba que la mujer era una preciosura. De manera que les escribí. Claro, yo soy un hombre grande, serio, así que me aseguré de dejar bien en claro que soy una persona reservada, correcta, en fin, alguien de absoluta confianza. Usted sabe como son éstas cosas. La cuestión es que pasó tanto tiempo que entre una cosa y la otra me olvidé del asunto. Una tarde, entra Florencia, mi secretaria, y me dice: un llamado para usted. ¿Quién? __ le pregunto __ «No quiere darme su apellido. Dice que le pase directamente con usted» Claro, en otras actividades, a un tipo así se le corta y punto. Pero, como abogado en lo criminal, usted comprenderá que estoy acostumbrado a este tipo de cosas:
__ Pásemelo y cierre la puerta __ bueno, resultó ser el tipo del matrimonio del aviso aquél. Que disculpe, que fíjese usted todo el tiempo que pasó, que con los anteriores interesados no habían llegado a un acuerdo… ¿le resumo? Que si yo seguía interesado en conocer a su esposa. Le respondí que por supuesto que sí. Que cómo no. ¿Sería inconveniente para mí encontrarnos aquella misma tarde a las diecisiete? De ninguna manera __ entonces me agradeció, porque, según sus propias palabras, «su mujer estaba desesperada porque la cosa se concretara de una vez por todas» Tal cual. A las diecisiete, entonces, en una confitería a pasos de Cabildo y Juramento. Con la ansiedad llegué media hora antes, así que me entretuve leyendo el excelente cuento de Guillermo Soubelet «PARÍS»
Ni bien vi entrar al hombre lo reconocí. Se había descrito con exactitud (y la cosa pintaba bien, porque si su esposa también respondía a la descripción del aviso, aquella tarde sería memorable). Pero resultó que vino solo, lo cual me irritó y bastante. Así que ni bien se acercó a la mesa y antes de que tomara asiento le pregunté por ella. ¿Cómo, su mujer no vino?, le largué a la yugular. Y ahí el tipo empezó con que había un problemita, que tendríamos que conversar un detalle, que esto y que lo otro. Yo estaba a punto de mandarme a mudar. Ya sabemos la cantidad de homosexuales que se ocultan detrás de los avisos de supuestas parejas swingers en que, llegada la hora de concretar, «las mujeres están de viaje» Así que le pregunté cual era, concretamente, el problema. El hombre se había sentado a la mesa. Vestía bien y era educado. Un tipo muy agradable, no vaya a creer. Entonces, tras algunas vacilaciones y titubeos, empezó con que yo no debía desconfiar de lo que él me dijera. Que debía tener buena fe. Francamente, y perdone la expresión, ya me tenía las bolas llena hablándome como a una colegiala. Así que le exigí que se dejara de dar vueltas y dijera lo que tuviera que decir. Entonces me dijo que, antes que nada, debía aclararme que su mujer era muy, pero muy particular. Yo me preguntaba si él no creía que él mismo era muy particular que me estaba proponiendo que fuera a cogerme a su esposa. Le pregunté porqué no había venido ella. Respondió que no me preocupara por eso. Que ella estaba en su casa, esperándonos. Pero que, antes de ir, debía aclararme algo. Usted recordará __ me dijo __ que en el aviso aseguré que mi mujer es cosa de otro mundo…
__ ¡¿No me vendrá ahora __ le advertí, furioso __ con que en realidad ella es un bagayo y que la describieron así para enganchar incautos?!
__ De ninguna manera __ me frenó __ de ninguna manera. Puse que mi mujer es cosa de otro mundo porque es la pura verdad: mi mujer es una extraterrestre __ dijo el tipo como si hubiera dicho «mi mujer es pelirroja» o «mi mujer es italiana» Mi mujer es una extraterrestre. Me lo quedé mirando. Y ahí va el tipo y me lo repite: «Hablo en serio: ella es de otro planeta, de otra galaxia»
__ Sí, bueno, mire… __ comencé a decir __ somos gente grande, y honestamente creo que… __ y ahí el hombre golpéa la mesa con el puño. No de manera violenta, eh. Pero lo suficiente para inquietarme. Piense que quien golpeaba la mesa era el mismo sujeto que acababa de afirmar que su esposa era una marciana del espacio exterior.
__ ¡¿Ve lo que le decía?! ¡¿Ve porqué hasta ahora no pudimos ponernos de acuerdo con nadie?! __ imploró, haciendo puchertitos.
__ Bueno… si a todos les vino con esa historia de la marcian…
__ ¡Pero es verdad! __ me cortó __ Mire, señor, mi problema es el siguiente: tiempo atrás, cuando compré a Felisa…
__ ¿«Compró»?
__ ¡No es un ser humano! Estas cuestiones se rigen con otros códigos. En fin, le comentaba que al principio todo era ideal. ¡Felisa era calentona! ¡Todo el día dale y dale y dale! Pero hace u tiempo que me dejó de lado. Que me rehuye. Vaya a saber. Y, claro, no es que ella no necesite sexo. Pero se ve que anda necesitando un incentivo. Alguna novedad. Concretamente: Felisa necesita otro hombre.
__ La extraterrestre necesita otro hombre… __ repetí lentamente __ Ajá, vea, no se ofenda, le ruego que no lo tome como algo personal, pero francamente, yo… __ con la vista comencé a buscar al mozo. Y el tipo, al advertir que al igual que los anteriores, yo tampoco quería saber nada de toda aquella locura, medio que se desesperó: «¡No! ¡No se vaya! Hagamos una cosa. Vayamos para casa y la conoce. ¿Qué tiene que perder?»
Eso era cierto. Naturalmente usted pensará que fui un incauto; pero no sé si por compasión al tipo éste o por qué, la cuestión es que, contra toda lógica, acepté.
Vivían a pocas cuadras. Cerca de la iglesia redonda de Belgrano. Lindo barrio. Era una casa vieja pero bien mantenida, como mi esposa. Ni bien entramos me pareció que, tal cual lo había presentido, la casa estaba vacía. El hombre presintió lo que yo pensaba:
__ Felisa está en el sótano.
__ ¿Perdón?
__ Sí, sí, venga. Sáquese el saco si quiere. Ella no se fija en esas cosas.
Bajamos. Al fondo de una escalera había una puerta cerrada. La escalera era tan empinada que casi pierdo el pie. Imaginaba los titulares de los diarios: «¡ABOGADO MUERE EN FATAL ACCIDENTE EN CASA DE DESCONOCIDOS MIENTRAS INTENTA SEDUCIR A EXTRATERRESTRE CALENTONA!» Finalmente el hombre abrió la puerta, se hizo a un lado para permitirme el paso, encendió una débil luz, y dijo: «Felisa: acá está el caballero que quiere conocerte» Mientras, yo contemplaba, absorto, a Felisa, que me miraba con indiferencia.
Felisa era una cabra.

__ ¡Pero le repito que las extraterrestres son así!
__ ¡¿Todavía me toma el pelo?!__ estallé.
__ ¡No sea cabeza dura! A ver: ¿Cuándo vio a otra extraterrestre, a ver?
__ ¡Acabelá de una vez, viejo!
__ ¡Es que es verdad! ¡Usted vio demasiadas películas! ¿Qué esperaba? ¿Una mina verde con antenitas? No, mi viejo; las extraterrestres son así, tal cual la está viendo.
__ ¡Pero no esperará que me coja una cabra!
__ ¡Y dale con lo de la cabra! ¡No es una cabra! ¡Es un representante de una raza superior! ¡Debería agradecernos que le permitamos el privilegio de ver lo que está viendo! ¡Y eso sin contar con la posibilidad que le estamos ofreciendo! ¿Cuántos tipos cree usted que tuvieron relaciones reales con seres de otra galaxia? ¡Y el señor tiene el tupé de hacerse el desconfiado! No le pedimos que nos pague ni que nos agradezca. Pero lo menos que podemos pretender es que no nos esté reprochando.
__ Pero… escuche; no se ponga así. No soy, se lo aseguro, una persona desagradecida ni carente de sentimientos. Pero le suplico que tome consciencia de lo que me propone…
__ ¿De qué habla? En el aviso decía bien clarito: «Mi mujer es cosa de otro…
__ Sí, sí, ya sé. Pero, francamente, entendí otra cosa.
__ Mírela, pobrecita. ¿No se le parte el alma? Se ve que está a punto de llorar. Otro desencanto… __ entonces el tipo se arrodilló, abrazó a Felisa con una ternura conmovedora y le susurró: No, no sufras así, mi amor. Ya aparecerá alguien que… __ la cabra (o lo que fuera) baló __ ¡No, mi amor! __ siguió consolándola el tipo __ ¿Cómo decís eso? ¡No es humillante buscar un poco de placer, un poco de comprensión… __ entonces ambos, Felisa y el sujeto, me miraron con una expresión de desolación, de imploración en la mirada, que me hizo sentir el más cruel e inmisericorde de los hijos de puta. Era como negarle el alimento que yo tenía de sobra a quien lo necesitaba con tanta desesperación. Era, se lo juro, una imagen tan desgarradora que se me hizo un nudo en la garganta. Encima el tipo que me decía: «Dele, aunque sea dígale alguna palabra dulce. Sea un poco caballero. Necesita que la mimen, que la contengan, sentirse linda»
__ Hola, Felisa. Te queda muy lindo el portaligas ese. Muy sexy __ dije, sintiéndome un idiota. Entonces el monstruo se me acercó y comenzó a refregarme el hocico contra la entrepierna; mientras el tipo me miraba con mirada cómplice, como diciendo: «Dele, total… ¿quién se va a enterar?»

Las fotos llegaron al estudio un mes después en un sobre sin remitente dirigido a mí. Extrañado lo abrí y cuando aquellas fotografías se desparramaron sobre mi escritorio sentí un frío que me recorría la espalda. En ellas, por supuesto, aparecía yo con los pantalones por los tobillos copulando con una cabra. Luego de quemar aquellas fotos me dirigí a aquella casa pero, como era de esperar, estaba deshabitada. Aquél hombre se tomó todo un mes antes de llamarme por teléfono al estudio, logrando con ello que mis nervios estallaran y mi vida se convirtiera en un infierno. Yo vivía aterrado ante la idea de que aquellas fotografías aparecieran publicadas en algún lado. Hasta que una tarde, igual que al comienzo de esta historia, entra Florencia, mi secretaria, y me dice «Un llamado para usted» ¿Quién?, le pregunto. «No quiere darme su nombre. Dice que le pase directamente con usted»

Ya hace un año que ese hombre me extorsiona. Y cada fin de mes, cuando separo el dinero que debo pagarle, recuerdo su mirada cómplice, como diciendo: «Dele, total… ¿quién se va a enterar?»



Texto agregado el 25-01-2008, y leído por 43 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2008-01-29 01:38:34 jjajajjajjajjaja . que ironìa tan bien escrita. Muy bueno y mis respetos. pancholinjr
2008-01-27 15:24:18 ¿Y que importa quien se entere?...si lo disfrutaste....jaja! NANAI
2008-01-27 03:53:25 Jájájajajajaja...eso te pasa porque sos un muchachito terrible Guillermo!!! Muy bueno!***** MujerDiosa
2008-01-25 15:49:05 BUENISIMO! ME GUSTO! JAJAJ.como todo...quien se va a enterar? cuidado con las fotos!!! 5* MAGAROSA
 
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