Ví la montaña cuando salí a buscar el horizonte
y al sol vistiendo de dorados
los campos de trigo,
y al verde de los prados atrapando mi mirada
y a un hombre agradecido
cantando al dios del cielo,
y al ver esa belleza
creí, y volví a creer en infinito.
Ví a un niño que jugaba
en brazos de su madre
sonriendo de alegría,
y ví la flor de las glicinas
vistiendo de colores mi curiosa mirada
y, en una tarde, soñando
con un cielo estrellado,
aunque era de día.
Viviendo esa belleza creí,
y volví a creer en infinito.
Porque ví el milagro de la vida
proyectado en cada insinuación de la existencia
creí, y agradezco creer..., en infinito. |