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Inicio / Cuenteros Locales / Taconvino / El Canto de las Sirenas

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Las miradas de algunos de los pescadores me asustaron. Creo que no esperaban alguien tan escéptico como yo. Mis amigos me miraron espantados, como si hubiese dicho alguna blasfemia. "¿Por qué me miran así? No creo en esas historias de mierda. Sirenas, duendes, el Trauko, el Basilisco... ¡Puros inventos de gente inculta que no tiene TV-Cable para entretenerse!". Lo reconozco, tal vez fui un poco grosero. Pero siempre había alguien dispuesto a resolverlo todo con una expresión que me ha salvado más de una vez: “Por favor, discúlpenlo. Es que ha bebido demasiado". Al principio me enojaba cuando escuchaba algo así. Con el tiempo aprendí que una sonrisa te compra mucho más alcohol que un puñetazo. "Afuera el orgullo y adentro el vino" siempre digo. Fue una novia que tuve la que me bautizó como "Vino". Según ella, mi frase era la historia de nuestra relación perfectamente resumida, siempre y cuando yo me llamara Vino. Nunca entendí muy bien por qué.

Me alejé de la fogata a vomitar un poco. El vino estaba causando estragos en mi hígado. Ya no puedo beber como cuando era más joven. Lo que no significa que deje de intentarlo, por supuesto. En fin, mientras caminaba por la playa esperando que la luz de la fogata se disipara a mis espaldas y me diera un poco de privacidad, de pronto aparecieron. El brillo de las llamas, en lugar de hacerse más débil, se hacía cada vez más fuerte. Le atribuí la ilusión óptica al delirium tremens, pensando que era una muy buena variación a los pequeños elefantes rosados que comúnmente me perseguían en este estado. Me detuve, un poco asustado, sin duda. Entonces escuché su canto. El canto hipnótico de la sirena. Al principio no fue tan grave. Un sonido más, mezclado con las olas del mar. Después me paralizó el terror. "¿No se supone que el canto de las sirenas debería enamorarme? A lo mejor está disfónica" pensé. El susto causó que la sangre se me fuera al estómago, aplacando un poco los mareos y la borrachera. No mucho, solo lo suficiente. Luego, dos golpes secos, y la sirena dejó de cantar. Todavía no me atrevía a darme vuelta y enfrentarla. Me quedé ahí, de pié en la arena, tratando de entender los murmullos que sentía a mis espaldas. Definitivamente eran dos voces, pero para mi asombro, eran voces masculinas. "A lo mejor las sirenas modernas hacen recolecciones por lotes" pensé. Trataba de imaginarme cómo lo harían. A lo mejor andaban en equipo, o en algún tipo de transporte mágico recolectando hombres como yo.

"Otro más" escuché. Entonces me di cuenta de que no eran otros secuestrados, sino que algún tipo de ayudantes que hacían el trabajo pesado. La curiosidad pudo más, y lentamente me volví a verlos. Eran dos duendes, muy parecidos entre ellos. Ambos vestidos completamente de verde, una gorra que hacía juego con sus ropajes y un grueso cinturón de cuero, probablemente para sostener los saquitos de oro que, según cuentan las leyendas, estos seres cargan con ellos para pagar su rescate en caso de ser atrapados. La gran diferencia: no eran pequeñitos. De hecho, eran mucho más grandes que yo, que si bien no soy un gigante, tengo una estatura promedio. "¿Cómo harán para atraparlos?" me pregunté. Con ese tamaño, lo más probable es que algún grado de violencia fuese necesario.

Ya superada la sorpresa inicial, busqué a la sirena. La había escuchado cantar, así que debería estar cerca. Y entonces la vi. Ahí mismo, sentada en el carruaje mágico que había imaginado. Su mirada parecía despedir luces que acentuaban mi estado de embriaguez. Debo reconocer que no era lo que me esperaba. Es más, las luces de sus ojos eran tan brillantes, que no me permitían ver su cuerpo, ni la mitad interesante, ni la mitad de pez. "Joven, por favor acompáñenos" dijo uno de los duendes. "¿Por favor?" pensé. "¡Entonces tengo opción!" me dije emocionado. "La verdad es que prefiero quedarme aquí, si no les molesta" les dije, con una sonrisa en la boca. En ese momento, uno de los duendes agarró su bolsa de oro y me golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza. Hasta ahí no más me acuerdo.

Desperté en un calabozo. No se sentía como si estuviese debajo del agua. "A lo mejor está rodeada por una burbuja mágica" pensé. La cabeza me dolía mucho donde la bolsa de oro había aterrizado. Me toqué, pero no tenía sangre. Miré alrededor y me di cuenta de que no estaba solo. Otros personajes, algunos mejor y otros en peor estado que yo dormitaban en diferentes lugares, con diferentes grados de comodidad. Los duendes me habían quitado todo, incluyendo los cordones de las zapatillas y el cinturón. Podía entender la billetera y el dinero, incluso lo del cinturón. ¿Pero los cordones de los zapatos? "Deben utilizarlos para ellos" pensé. Si tenía la oportunidad de hablar con alguno, le daría ideas para que formara un sindicato y exigiera mejores condiciones de trabajo a las sirenas. Pobres. Tener que saquear a sus víctimas para poder vestirse y sobrevivir. Me pareció un abuso.

Al cabo de un rato apareció otro duende, este mucho más similar a lo que cuentan las leyendas. Se acercó a la reja y me gritó "¡Hey tu! Estás libre". Se me olvidaron inmediatamente las ideas sindicalistas, al ver tan cerca mi libertad. Me dejó salir del calabozo y caminé junto a él en silencio, esperando que me subiera a algún submarino o algo que me llevara a salvo a la superficie. Pero nada de eso. "Ahí está la salida" me dijo con voz agria, mientras me tiraba una bolsa plástica con mis pertenencias. "Ándate luego antes que me arrepienta". "¿Pero no me puede prestar un equipo de buzo o algo por el estilo? No quiero morir ahogado" le dije suplicante. Me miró indignado. Al verlo acercar su mano a la bolsa de oro, di media vuelta en dirección a la puerta. Conté hasta tres, aguanté la respiración y giré la manilla. Para mi sorpresa, no había nada de agua. Al contrario, el sol me golpeó en la cara con violencia, y el contraste con la brisa marina hizo que me diera cuenta del olor nauseabundo que había dentro del calabozo. Me alejé unos pasos, sin entender mucho qué había pasado. Afuera me esperaban mis amigos, al parecer muy preocupados. "¿Y ustedes que hacen aquí?" les pregunté incrédulo. "¡Pagándote la fianza, borracho de mierda!" me respondió uno de ellos.

Después de contarles mis maravillosas experiencias de duendes y sirenas, se rieron en mi cara. Según ellos, la policía me había llevado detenido por "estado de intemperancia en la vía pública". "Las sirenas eran de los carros policiales, estúpido" me dijeron. "¿Duendes? ¡Qué animal más idiota! ¡Eran policías!". "¿Y desde cuándo que los policías cargan bolsas de oro?" les tiré como gran demostración de mi punto. "Vino, no era una bolsa de oro... era una cachiporra" me dijeron por último, casi con pena. Me explicaron además lo del carro mágico y lo de los cordones de los zapatos, que era para que no me ahorcara en el calabozo. Aunque su historia sonaba convincente, me gustó mucho más mi versión. Al final, era yo el que estaba ahí, ¿no?

Texto agregado el 26-01-2008, y leído por 206 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2008-04-06 22:42:18 Valió la pena esperar...Súper ,súper.Sólo un cureña empedernido puede escribir algo tan güeno.¡Salud!!! con estrellas..¿o medallas?... pantera1
2008-02-20 19:28:30 eeeei! reapareciste! jeje.. mu bien narrado! un abrazo! LaMillan
2008-01-27 08:43:04 oh, estimado "YO", tú sigues sorprendiéndome _ednushka
2008-01-26 23:23:11 Prometo no probar más el vino (sólo la cerveza).. o sí.. Lo digo por las sirenas, o al menos una..Bromas aparte..Tu estilo convence y entretiene, justamente la verdadera labor de un escritor...Saludos. churruka
 
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