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Lección en carne viva

Margarita se acercó a la casa cruzando el descampado que había en la parte de atrás, asegurándose antes de que nadie la seguía, ni siquiera Marta o Ana, que sabían del juego. En clase, cuando la broma las requería, se habían mostrado cobardes y carentes de iniciativa, presentándose en vaqueros y camisa. Ella se había bastado sola. Se trataba de hacer titubear la integridad del nuevo profesor, tan tímido. Los chicos, como siempre, no habían entendido la intención y se habían limitado a admirar sus piernas por debajo de la mesa.

Ya junto a la casa, se situó de espaldas a la pared. A través de la ventana abierta, un leve rumor de música llegaba hasta el exterior. Margarita se acercó con sigilo y puso el oído.

–Tal vez no tenga mal gusto, después de todo –se dijo, al escuchar.

Tras la primera indecisión y sin dejar de ocultarse, se asomó a la ventana. No había nadie en su campo de visión, sólo muebles: Una mesa baja delante de dos sillones a espaldas de la ventana y al otro lado, ocupando la pared, una enorme estantería de madera oscura repleta de libros y cuatro sillas rodeando una mesa redonda de comedor. Quizá el profesor utilizaba el salón también como lugar de trabajo.

De repente, mientras sus ojos aún recorrían, curiosos, la habitación y su mente urdía el plan de acción, la voz del profesor la hizo regresar a la pared. Al mismo tiempo, en el sillón de la izquierda asomó una mano apoyando un libro sobre el brazo derecho del mueble.

–Saciarás mejor tu curiosidad si entras –dijo–. La puerta está abierta.

Margarita, incapaz de articular palabra, no se movió.

–¡Vamos –continuó–, no sentirás vergüenza ahora! En clase me has demostrado de lo que eres capaz. Te has mostrado tal como eres. ¿O no?

Descubierta, podría haber optado por escapar corriendo, pero, si lo hubiera hecho, de nada habría valido el espectáculo. Así que se decidió y encaminó sus pasos hacia la puerta. No le fue difícil dar con la habitación ya que la música hacía de camino imaginario.

No llegó a entrar.

Pétrea estatua de sal, ojos de mármol, margarita muerta. Desde su sillón, desnudo, el profesor sonreía. Sin pudor se levantó y recitó la lección:

–Hay en literatura varias formas de narrar: Las más de las veces vale con mostrar un atisbo de piel, dejar apenas entrever lo que detrás se guarda, que sea la inteligencia del lector la que perfile las formas y descubra los encantos o los defectos. Otras, es tan evidente el deseo del lector de ser carne y parte, de ser llama en el fuego, que no queda más remedio que enseñar lo que, en otras circunstancias, consideraríamos burdo, incluso grotesco. Ahora, si me permites...

El profesor salió de la habitación y regresó vestido como en clase.

–Tal vez quieras preguntar –dijo.

Margarita, aún no repuesta, negó con la cabeza.

–Entonces tomemos un café –añadió él y, con cariño, la tomó de la mano y la llevó dentro.

Nunca más hablaron del asunto.



Blas León


Texto de blasleon agregado el 26-01-2008.
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