El Pacto
(para el amigo CTA, fana del "Fobal")
Etelberto Lanzone fue un oscuro futbolista de Excursionistas durante la mayor parte de su carrera. Jugador tosco en sus desplazamientos, rústico en el manejo de la pelota, pero voluntariosos en el despliegue físico. Como lo definía la crónica destacada en el desaparecido “El Mundo” “Un número cinco con pocas luces, que mayormente transita el límite del juego brusco, y, porque no, del buen gusto”. Todos estos detalles hacen dudar y sospechar, de que forma, a la edad de treinta y tres años, cuando cualquier futbolista comienza a decaer, Lanzone brilló y se destacó sobres sus pares. Pasó a lucir la número diez, la que distingue a los grandes, y se volvió un titular indiscutido.
Nadie hasta ahora se ha animado en dar a conocer la historia secreta que guardó Lanzone. Todo se inició una tarde de invierno, el técnico de Excursionistas, el “Gallego” Pena, lo llamó a Lanzone cuando terminaba el entrenamiento, y le dijo que para la próxima temporada tenía que buscarse club, porque él no lo tenía en sus planes. Etelberto se quedó solo en el círculo central, los ojos le brillaban de bronca. Fue ahí nomás que se le apersonó el diablo. Apareció a espaldas de Lanzone, y , obviamente, le ofreció el éxito rotundo a cambio del alma. Hay que ser muy sincero en esto; Lanzone dudó, no mucho, pero dudó. Mandinga, como siempre, no estaba apurado; así que agarró la pelota e hizo jueguito mientras esperaba la respuesta de Etelberto. Lanzone pidió una muestra de lo que Mandinga entendía por éxito, este aceptó y le ofreció una visión de lo que podía ser su vida deportiva si es que aceptaba el pacto. Y así Etelberto se vio dejando en el camino a tres furiosos defensores, desairando al arquero y tocando de cachetada al gol, una pelota que por primera vez le sonreía. El estadio gritaba “Lanzone, Lanzone”, entonces, Mandinga, mató la número cinco bajo el pie derecho, como quien aplasta la cabeza del adversario, y le dijo que ese, exactamente, sería el comienzo de los beneficios del acuerdo. Lanzone cedió. Quién no?. El Pacto se firmó junto a uno de los banderines del corner, con sangre; y el Diablo se encargó de aclarar en el acuerdo, que reclamaría aquella alma cuando Lanzone menos lo deseara.
Al partido siguiente, Lanzone tomó la pelota, la primera que tocaba en ese encuentro, y arrancó hacia el arco; eludió a los tres defensores, al arquero y gol. Lo festejó como nunca, se colgó del alambrado, en un momento le pareció ver a Mandinga entreverado con los hinchas. De allí en más, partido tras partido la figura era siempre Etelberto Lanzone. Se cansó de hacer goles, y en cada festejo siempre veía a Mandinga en la tribuna. Aquel año Excursionistas salió segundo. Para el torneo siguiente Excursionistas abarrotaba los estadios, todo el mundo quería ver al maravilloso Lanzone. Faltaban seis fechas para el final del campeonato, Excursionistas con empate frente a Villa Dálmine saldría campeón. Era el sueño de Lanzone; dar la vuelta con su equipo. Aquella tarde antes del partido, Mandinga se le apareció a Lanzone. Etelberto comprendió que ese era el fin, en el momento que menos los deseaba debía entregar su alma. El Diablo lanzó una carcajada, ante los ojos llorosos de Lanzone. Pero quien ha firmado un pacto, termina teniendo algo de demonio, y Lanzone no era la excepción. Entonces encaró a Mandinga y lo tentó. Todo un estadio aplaudiendo a Mandinga, todas las almas de aquel rectángulo verde a su merced con un simple cambio: Lanzone le entregaba al Diablo su camiseta y este le devolvía el alma. Ahora el Diablo dudó; Lanzone no tenía apuro. Finalmente Mandinga se puso la número diez de Excursionista y salió a la cancha. Lanzone guardó su alma junto a los botines en el humilde bolsito de lona y se fue. Cuando salía de la cancha oyó el grito de gol, y una carcajada endiabladamente feliz.
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