En una noche que él no tenía sueño
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La verdadera tumba de un ser humano no está en un hoyo en la tierra, sino en el corazón de las personas que amamos y ya no nos aman.
Guillermo Soubelet
En una noche que él no tenía sueño, salió a caminar y anduvo hasta que las piernas le dolieron. Se sentó en la banquita de un mal iluminado parque y ordenó sus recuerdos por última vez. Solo sabía que su vida había transcurrido aburridamente entre la casa y el trabajo durante buen tiempo, hasta que ella tomó el camión en la misma parada que él, y así sucedió durante los siguientes tres años, hasta que una lluviosa mañana él le ofreció el resguardo de su paraguas. A sus veintisiete años él no había tenido novia, y se consideraba un auténtico impedido para las mujeres y sus devaneos. Pese a su indiscutible ineptitud, con ella las cosas fluyeron con naturalidad, alejado de poses y falsas impresiones. Un profuso chorro de su sudor cayó al suelo, y el charco pareció formar mágicamente el nombre de ella. Recordó que su primer beso había sido bastante agresivo, sin embargo, ella se mostró comprensiva, y lo fue más después.
Una parejita lejana hacía el amor sin prisas bajo la anémica luz de una farola, y al verlos, de pronto la contempló otra vez, dormida y desnuda a su lado aquélla mañana decembrina, y la despertaba besando su cálida piel. Por un instante creyó que ella podría ser como él, pero una lágrima cayó al charco de sudor, destruyendo toda posibilidad. En el fondo siempre supo que algo saldría mal, como si hubiera sentido un huracán antes de venir. Estaba convencido de que no dejaría de amarla, así ella estuviera esa noche en lo más profundo del parque, entregándose insensiblemente a otras caricias.
Él se levantó y siguió su camino, tratando de olvidar lo que había visto, como las anteriores noches. Sabía que ella le mentiría el día siguiente, cuando la encontrara en la parada del camión, pero no le importaba. Por un momento, imaginaría que ella era como él. Así tenía que ser.
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