Rebosante de plomo el primer suspiro fuera (buenos días, trece horas en punto), me quejo de vivir y luego destapo mis ojos con un sonido hueco: plop-plop. Hoy es domingo y de lunes a viernes madres misóginas llevan a hijos antropófagos a mataderos académicos. Eso me sirve: en cuanto el gruñir de sus máquinas se centra en el diámetro del que mi techo es punto neurálgico, pataleo de pie, mastico mis lagañas y salgo a cantar mi descontento de partitura braile. Me presento: soy el dudoso funcionario de un consorcio inexistente y quiero invitarlos a matar promesas. Pero no se espanten, que la primera en morir es ésta: serán decepcionados. O decepcionantes, nunca se sabe. Y vivo porque no queda de otra después de dos tímidos intentos de estirar la lengua, enfriar el hueso, asfixiar la sangre y despertar con desayuno continental sobre la cama, frente al televisor encendido en las cortinillas de aquel programa. Hoy es domingo y nada de esto tiene sentido. Acaso mi casa, unas cuantas personas. No se salva ni un solo libro, ni una sola página, ni una sola nota. Los domingos me da por pensar en cosas como esos lugares que nadie ha pisado, limpios de meñiques. Metros verdes y terrosos donde nadie ha dicho nada ni ha visto nada ni ha pisado nada. Me da por guardarme la boca dentro del calcetín, junto-apretada al tobillo y obedecer pacientemente las reglas de tránsito, mirando de vez en cuando el azur ficticio de los anuncios, desinteresado, y recibir agradecido al sol que seis días rechazo.
¡Bah! ¿Qué estoy diciendo? Hoy no es domingo, ni lunes ni martes ni miércoles ni jueves ni viernes ni sábado ni, ya lo dije, domingo. Ni siquiera es hoy. ¿Sabe Usted lo peligroso de todo esto? Yo no sé la gente qué piensa o quiere o qué. Sé por buenas fuentes que ni siquiera nuestros nombres son correctos ni son lo que dicen ser. Yo me llamo Alfredo, por ejemplo. ¿Y Alfredo qué? ¿O por qué? ¿Qué dice? No tiene sentido, ¿ve? Se cae el cielo nomás de pensar en ello, de la tristeza que a uno le da. Y lo mismo de los días los animales los minerales los vegetales los elementos y todas y cada una de las constituciones que sustentan un régimen de Estado. Y de Brigitte Bardot y de Rumpeltinsky. Todo. Acaso por eso presentimos el final continuamente. Y acaso por eso mismo lo ignoramos y no importa. Ya no sé. Lo cierto es que todo son puras mentiras, un malintencionado plan de orden social. Olvídese de poetas kamikazes o ecologistas drogadictos o cineastas europeos; esos son inofensivos. Esto está insertado en el lóbulo inferior del hemisferio izquierdo y nadie sabe cómo hallarlo. Así como lo oye. Nadie barrunta un pijo, pero ahí está. Recibe ondas y manipula mapas, líneas de la mano, prestaciones, currículums vitaes, preferencias, índices de natalidad y suicidios. Todo inmerso en la lógica aleatoria de un recién nacido. ¿Qué sueña un recién nacido? Suponga Usted que nos sueña a nosotros. Le hablo de ahorita; que esto que le digo y esto que Usted ve, lo digo y lo ve nomás porque la ratita esa está reposando doce onzas de leche mamaria, creando el universo hasta que le arda la tripa y todo vuelva a pasar de nuevo… ¡De nuevo nada! A un recién nacido no se le ocurren muchas cosas distintas. Oquei, oquei. Divago. ¿Eso cree? No importa. Mire Usted: estoy desempleado, no sé hacer nada, escucho voces en mi cabeza y mañana es mi trigésimo tercer cumpleaños. Eso lo pone alerta ¿no? Además apesto, lo sé. No se me ha escapado ninguno de los gestos que Usted ha hecho. Asco y repugnancia, ¿no? Lo raro es que estoy vestido con un traje Christian Dior, uso mocasines ingleses y voy saliendo apenas de la peluquería. Vendiendo este reloj podría Usted mantener a toda su familia por unos cuantos años sin mover un solo dedo. Tome, se lo regalo. Y este juego de plumas también; no pienso volver a firmar o escribir una sola letra. Su valor es más sentimental, pero como le digo: todo es lo mismo. No me haga caso si así lo prefiere. Y no me crea cuando le digo que yo soy uno de los cuatro creadores del nanochip ese que le cuento. Ando crudo, además. Ya de perdida le contará a sus amigos algo divertido; podrá hacer felices a los suyos; le irá bien. Eso es un hecho: está programado. No podrá olvidarme, de cualquier forma. Y es mejor que ya no sepa más, no le hace falta porque no ha puesto atención a nada desde que le di el reloj. Una buena metáfora, ¿eh?... Olvídelo, hombre. Vaya a dónde quiera con quien quiera. Se ha descompuesto el Núcleo Generador, irremediablemente. Es espantoso lo que viene… Pero a Usted no le irá mal, se lo aseguro. Los otros tres se aferran a yo no sé qué demonios. ¡Si los viera! Sólo recuerde esto: hoy no es domingo. No importa que mañana se levante Usted en el primer lunes feliz de su vida. Recuérdelo siempre: no hay días ya. La criatura está por despertar.
¡Bah! ¿Qué estoy diciendo? Si un gato se pusiera filosófico ni diría ni miau ante tanta vacuidad relamida. Escolástico prefecto de suburbanas simetrías, andante sinuoso y esquemático, caballero de pocas palabras y menos sombras, paralítico del alma, roto, compro un helado de piñón y no te convido. Estimo tu frágil permanencia, tus labios largos. Pero ¿qué quieres? El National Geographic Channel me ha contratado por siete años, me siguen los pasos cámaras satelitales, me llaman cada mes; eso afecta mi manera de comportarme, no puedo dejar de pensar en ello. Entonces me siento guepardo y todo me parece tan lento. O elefante y todo me parece conocido sin saber cuándo o por qué. O hiena y me da risa la crueldad sanguinolenta de los noticieros. O león y tengo hambre, sueño, ganas, hambre y sueño. Vivimos bien, ¿no? Algo hay que ceder. Da gracias que no estamos en Big Brother. Aunque sí estamos… Es una certeza distinta, inefectiva. Porque entonces los recortes y los pagos y el baño y la propina. Porque nadie está hecho para nadie y todo puede ser siempre otra cosa, cualquier cosa. Patibulario, mímico y hasta esquizoide; elegante, oportuno, sagaz, romántico. Patán. Gigante. Rosáceo. O tan simple como salir a barrer la calle, saludar al vecino, caminar lento…
¡Bah! De verdad que Alfredo no tenía muchas cosas que hacer ese día. Se sentía poeta, el pobrecito. Genio, aparte. Hay que verlo sin disfraz: un piojo engusanado. Ya se sabe: automarginado del calor hogareño por convicciones sustentadas en el pesimismo alemán y otros souvenirs decimonónicos. Lecturas mal hechas. Verdades trasnochadas. Descubrimientos caducos. Euforias de lirón. Y sobre todo: dependencia paterna. Un artista pues, un hijo maldito tarareando estribillos intraducibles. Es decir, otro más. ¡Oh Gran Dios, por qué me haces escribir acerca de tipos así! ¡Por qué no diriges mis falanges a las riberas de tus campos bien sembrados! ¡No me abandones en cajones tan pequeños! ¡Hazle un hoyito con tu lengua a esta represa de fango atascado! We could be heroes just for one day!
Snif.
|