Niemandsland
La niebla se une a la tierra, la envuelve pegajosa en un manto de escarcha. El paisaje, los árboles, los vivos y los muertos, todo es gris, gris y triste; campos tumefactos hasta donde alcanza la vista.
Unos ojos grises examinan los alrededores. Nada, sólo silencio, barro y alambradas, piensa el teniente Von Bock, asomándose con cuidado por el borde del cráter. Y aunque lo oculte a los otros tres, tiene un humor de perros. El día anterior se ha firmado el armisticio y mañana comienza la paz. No es que el teniente odie la guerra, al fin y al cabo pertenece a una familia de soldados, pero desde hace unos meses los oficiales caen como moscas, y a estas alturas ha hecho más que méritos suficientes para arriesgar el pellejo en este último día. Además, ya tiene su cruz de hierro adornándole la guerrera.
No, ha llegado el momento de partir, de regresar, de la espera paciente. Adivina que pronto se necesitarán hombres como él para reconstruir Alemania. Y quién sabe, ya le llegará su hora al enemigo. Pero de momento otro problema más agudo exige toda su atención: seguir con vida hasta la noche.
El día comenzó bien, hasta que a media mañana a los franceses les dio por lanzar un último ataque. Ha sido un golpe tibio y sin fuerza, como el que no quiere la cosa, más bien por prestigio que por convicción. Sin embargo y por ironía del destino, él y los otros han ido a parar a este cráter perdido en la tierra de nadie. Y si esto no fuera suficiente....
-- ¡ Mi teniente!, ¡ Teniente Von Bock!
-- ¿ Sí? ¿ Qué sucede Grünert? -- responde el teniente escondiéndose otra vez.
-- ¿ Y?, ¿ Ha podido ver algo? ... ¿ Franceses ?
La voz nerviosa del cabo lo irrita. El teniente se sienta sobre una caja de municiones y se estira la guerrera lo más tranquilo posible.
-- No cabo, no se ve ni un alma. Aquí estamos seguros. Lo mejor será esperar hasta que anochezca y luego ya veremos...Mañana todo se habrá acabado.
El cabo Grünert, flaco, con la mejillas comidas por la barba, de uniforme pringoso, sucio, contrasta junto a la estampa pulcra del teniente. El oficial hace ademán de extraer un cigarrillo, pero sólo palpa el vacío de su bolsillo. El cabo se acerca servil y le ofrece un cigarrillo. Mientras le ofrece fuego ambos se miran a los ojos y el cabo señala con un gesto hacia un rincón del cráter, donde un joven soldado se retuerce apretándose el estómago con las manos. El soldado Ludwig se desangra lentamente. Tiene un trozo de metralla incrustado en el abdomen, a duras penas ha logrado alcanzar el cráter. La herida no es mortal, pero si no recibe la atención necesaria, se morirá en un par de horas.
El soldado Kaminski, un pedazo de hombre, tanto de cuerpo como en su silencio, se acerca al soldado herido y le coloca torpemente una venda sobre el estómago. Intenta como puede detener la hemorragia.
--Lo siento Ludwig, tendrás que esperar hasta que oscurezca. No podemos llevarte ahora.... Es muy peligroso. No puedo arriesgar a toda la tropa por culpa de un sólo hombre -- el teniente ignora la mirada suplicante del joven soldado.
-- ¡Ayuda, por favor...Ayudadme camaradas ¡...No quiero morir...Tengo tanta sed...
--sus lamentos son un apagado gimoteo.
El cabo da una calada nerviosa a su cigarrillo y se aproxima al herido.
--¡ Maldito llorica para de quejarte... Tus berreos se escuchan hasta en París!..¿ O es que quieres que nos maten a todos?...¡Cállate de una vez! -- grita exasperado.
Es Kaminski quien se interpone como muro entre Ludwig y Grünert. Ante la mirada del grandullón el cabo retrocede. Se aleja maldiciendo entre dientes y le arroja una mirada furiosa al herido. Kaminski se arrodilla junto al herido y le refresca la frente y los labios con el agua de su cantimplora. Cuando Ludwig intenta beber, Kaminski aparta brusco la cantimplora.
-- ¡ Teniente! Haga algo...No lo soporto más..
-- Cálmate Grünert, y Tú Ludwig , aguanta un par de horas horas...Más no te pido -- su aparente seguridad se agrieta y su voz vacila.
Los segundos transcurren sin que Kaminski deje de observar al teniente. El oficial evita mirarlo, sólo niega apenas con un gesto y vuelve a examinar la tierra de nadie.
El gigantón se alza y tomando a Ludwig en sus brazos se dispones a abandonar el agujero.
-- ¿ Estás loco Kaminski? ¡No lo conseguirás ... Te volarán la cabeza de un pepinazo! -- Kaminski ignora al cabo. El teniente sonríe fatigado y mueve con aire triste la cabeza. Kaminski avanza a cuestas con su herido entre el barro, alejándose por la tierra de nadie hacia las líneas alemanas. Aún logra oír los insultos de Grünert antes de que una sorda explosión se los trague. Kaminski y Ludwig contemplan el cráter, o lo que queda de él, un agujero negro de bordes quemados por donde ascienden nubes de humo. Algo metálico golpea en las alambradas junto a los pies de Kaminski. Es la cruz de hierro abollada del teniente.
Aunque parezca extraño, ambos alcanzan las propias líneas sin incidentes. Más tarde, cuando los médicos remiendan a Ludwig y ahuyentan a la muerte, Kaminsky se despide como siempre, parco, sin hablar. Es su despedida una mirada clara, unos labios que se abren para dejar paso a la sonrisa, alegre como un niño.
Jamás volverán a cruzarse sus caminos. Ludwig nunca sabrá que a Kaminsky lo fusilarán meses más tarde junto a las tapias de un cementerio cerca de Berlín por haberse unido a los marinos rojos. Se acordará siempre de él, incluso instantes antes de su muerte, a mediados de los años cincuenta en un sanatorio de Ginebra a consecuencia de una tuberculosis. Sus últimas imágenes nítidas antes de partir, serán aquella mirada luminosa y esa sonrisa risueña que de nuevo lo saludan
Churuka |