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PARÍS (¡SEMEJANTE VIAJE Y NO TIENE PLAYA!)
PARÍS
(¡SEMEJANTE VIAJE Y NO TIENE PLAYA!)
GUILLERMO SOUBELET
Nota del autor: el cuento «ETIQUETA PARA IR AL TEATRO COLÓN» (incluído esn esta lista de relatos) vendría a ser la SEGUNDA PARTE de este cuento que van a leer a continuación. Ojalá lo disfruten y se rían tanto como lo hice yo a escribirlo.
PARÍS
(¡SEMEJANTE VIAJE Y NO TIENE PLAYA!)
«No vayas. Para empezar queda lejísimos además tiene un clima de mierda y, como si todo esto fuera poco, está lleno de franceses que hablan en francés y una no entiende nada. Encima el viaje. Aunque te digo que la cosa ya había empezado mal allá, en Buenos Aires, cuando el Mauricio Gastón no tuvo mejor idea que, camino a Ezeiza, hacer un picnic de despedida ahí al costado de la Riccieri. No, si es como dice mi viejo que podés sacar a un negro de la villa pero nunca le vas a sacar la villa al negro. Francamente nadie quería, con la calor que hacia ya para esa fecha, pero viste lo que es el Mauricio Gastón cuando se le pone una cosa en la cabeza. ¡Tanto hinchó las pelotas, tanto hinchó las pelotas, que a la final íbamos a cualquier lado, te juro, adonde fuera, con tal de que se callara de una vez por todas y se dejara de joder con el bendito picnic! La cuestión es que ¿no va el infeliz y la invita a la otra, la muerta de hambre de la Yoli, la hermana? Decime un poco. Y aquella, con tal de mandarse la parte diciendo por todos lados que el hermano se iba a las europas no se la iba a perder, la yegua. No, si para eso es mandada a hacer. ¿Yo? Te digo: ¡una cara de ojete así! ¡Así! Además de que no le dirigí la palabra. ¡Nooo! Decile a aquella que me alcance los sánguches de bondiola, le decía a cualquiera. Y todo así. Eso sí, ni bien nos sentamos en la lona puse el celular al lado de mi plato para que el marido de la Yoli se retuerza de envidia, que él no tiene. Aunque a ella, ¿te creés que le importa? ¡Un carajo! ¡Ella dale y dale a los sánguches a lo bestia! ¡NO tiene roce la negra ésa! No, si yo la miraba a la yegua y pensaba que tiene razón el Mauricio Gastón cuando dice que si la mujer fuera buena Dios tendría una, y que cuando a un hombre le sonríe la suerte aparecen amigos y que cuando se pone en su contra aparece una mujer hermosa (¡Juá! Aunque en eso de hermosa la Yoli no cuenta que, como dice el Mauricio Gastón, tiene menos carne que el tobillo de un canario, tiene). Y por suerte con esto de las mujeres el Mauricio Gastón a mí no me hincha mucho las pelotas porque dice que si bien es cierto que un hombre casado es medio hombre, también lo es que un hombre sin mujer no es nada y que tampoco es cosa de caer en la del pejerrey, que por escaparse de la sartén fue a dar a las brasas. Y hablando de sartén, el muy maldito también dice que la mujer y la sartén en la cocina están bien y que el que pierde una mujer no sabe lo que gana. La cuestión es que, encima de la Yoli, que de solo tenerla ahí enfrente yo estaba como un gato adentro de un lavarropas, me la tenía que aguantar a la vieja de mierda esa de la madre del Mauricio Gastón, que como una música de fondo, se la pasó permanentemente gritando con la boca llena ¡E millor criar cochos que fillos, cho digo eu, deixa que xá, etc, etc! No, si el Mauricio Gastón tiene razón cuando dice que las madres se tendrían que morir antes de nacer, se tendrían. La cosa es que por el asunto de la Yoli medio que me arrepentí de haberlo traído, te digo, que encima en el viaje se pasó el tiempo haciéndose el vivaracho mirándole el culo a las azafatas aprovechando que yo buscaba el celular para ponerlo sobre la mesita. Pero, una, que quedaría medio fulero una segunda luna de miel sola. ¡Y otra que de acá lo iba a dejar dos meses sólo allá! ¡De acá se lo iba a dejar servido a la de enfrente, la puta ésa de la Trini! En fin, la cosa es que el viaje fue un embole porque no terminaba nunca, pero, como dice el Mauricio Gastón, el que quiere huevos que se banque la gallina (y ahora no puedo, porque seguro que el turro este me lee las cantas, pero ni bien llegue te cuento lo bueno que estaba el piloto, Jorge no sé qué. ¡Un bomboncito parecido al Pablo Alarcón, propiamente!).. Encima nos tocaron justo atrás dos tarados que no pararon de hablar en todo el viaje. ¡Así tenía la cabeza de escucharlos! Uno, el mas viejo, Rivas creo que era, todo el tiempo: ... y en las combinaciones silábicas licuantes-líquidas bí y br siempre se usa la b. Y el otro infeliz, Soubelet o algo así, todo Sí, señor catalán culto. Sí, señor catalán culto. Para colmo pasaban películas, si, pero te querían alquilar los auriculares y yo ahí me mantuve firme en que ¡NO, Mauricio Gastón! ¡NO empecemos a tirar la guita desde acá! Tendrías que haber visto la cara de culo del Mauricio Gastón mirando la película sin entender nada, pero yo me estaba cobrando por lo del picnic con la Yoli (además de que yo no le conté nada pero esa película yo ya la había visto, así que no necesitaba auriculares porque me la acordaba). La cuestión es que a la final llegamos a París. Y cuando vilo que era aquello te juro que me quise morir. ¡Una cagada! ¡Pero una cagada! ¡Nada pero nada de lo que una ve en los afiches de las agencias de viaje! ¡Minga de casitas tirolesas o góndolas o molinos! ¡Un carajo de todo eso! Oíme: un mes estuvimos allá. ¡Ni uno sólo de esos bondis rojos de dos pisos que aparecen en las películas! ¡Ni uno! Todo verso. Ya mas adelante te voy a ir contando. Ahora vos decime. No hubo ni una agencia que cuando preguntábamos por el mejor lugar para pasar una segunda luna de miel no nos dijera enseguida ¡París! ¡Ni una! (y enseguida empezaban con esa pelotudéz de Oh, la, lá, París!, que los querías estrangular te juro.'). Además de que en ninguna nos comentaron nada de aquello que tenés que saber del Vudú, que en Francia (¡pero ni bien pisas el aeropuerto, eh!) te están preguntando a cada rato. Todo el mundo te viene a hinchar las pelotas preguntándote por el famoso Vudú. Ya después te voy a contar. Bueno, ¡llegamos a París. Nos encontramos con la cagada esa que te cuento, no? (¡mierda de edificios modernos o rascacielos como una espera!). ¡Todo viejo! Ahora decime: ¿qué es lo primero que hacés ni bien llegás al hotel cuanto te vas de vacaciones, ponele a Marpla? ¡Exacto! Así que ni bien llegamos nos pusimos las mallas y las ojotas, agarramos la sombrilla, las lonas y el celular, bajamos, y le preguntamos al tipo que estaba ahí en el mostrador de abajo: ¿Para qué lado queda la playa? Agarrate: ¡¡París no tiene playa!! ¡Te lo juro por ésta! ¡París no tiene playa, ni rambla, ni lobos marinos ni nada! ¡Ni burros alquilan! Casi me caigo de culo. ¡Y la que se armó! Porque, mirá, no sé qué me pasó, pero cuando lo oí me agarró como una cosa acá y le encajé un sopapo al tipo del mostrador. Y ahí te digo que el franchute se puso como una araña y nos quería rajar a la mierda. Ah, pero nosotros nos mantuvimos en que no nos vamos nada y que no nos vamos nada. Y no sabés lo que era aquello porque el tipo no entendía castellano (ellos dicen español, los animales) y nosotros, te imaginás que de francés un carajo. La cuestión es que el franchute no entendía un pito a la vela (o se hacía, no sé) así que tuvimos que conseguir alguien que entendiera castellano. Es fácil: son las mucamas o las que limpian los pisos. Así que el franchute le gritaba a la mucama y ella nos traducía y entonces nosotros le gritábamos a ella mientras lo señalábamos al tipo con la ojota y ella le traducía. Y en medio del quilombo y del griterío el Mauricio Gastón que insistía e insistía con que lo único que había hacer era pronunciar la R como G. La verdad de la milanesa es que no nos queríamos ir del hotel no porque fuera la gran cosa, sino por una cuestión de cábala. Fijate la casualidad: nosotros allá vivimos en Longchamps. Bueno, acá, en París, este hotel que te cuento queda en la avenida Longchamps Felicés (así: Felicés con acento. Longchamps feliz en francés). ¿Sabés cual? ¿Viste la tapa de aquél disco de Jairo de cuando se vino a vivir acá, que está sentado en medio de la calle con una sonrisa que más que sonrisa es una pelea de tiburones? Bueno, esa calle. Que además te digo que tanto Jairo como su sonrisa escuala se pueden ir a la colcha de su madre, que yo, aunque él no quería, le insistí y le insistí al Mauricio Gastón para que se sentara ahí así le sacaba una foto igual y por poco me lo amasijan veinticinco autos (es el día de hoy que me lo sigue echando en cara). Sin contar con que debe ser trucada la foto de Jairo con ese día tan lindo, porque, lo que es nosotros, desde que llegamos que llueven indios de culo y el pobre Mauricio Gastón, que será bruto y sucio, pero voluntad pone, eso si, se sentó ahí en medio de la calle bajo una lluvia que ni te cuento, ¿y todo para qué?, para que por poco me lo hagan pelota estos franceses asesinos. Como después dijo el Mauricio Gastón: se salvó raspando, como el ginecólogo de la vuelta de casa. Además de que en Buenos Aires le dijeron al Mauricio Gastón que el hotel quedaba a unas pocas cuadras del Arco del Triunfo, y porqué no se sacaba una foto con el arco atrás, como hacen los turistas de todo el mundo, ya iba a ver qué lindo. Y ahí el Mauricio Gastón se puso de la chapita y les gritó (¡tiene un carácter!) que una cosa es una cosa y que otra cosa es otra cosa. Que los franceses finolis esos nos habrán ganado en no sé qué mundial, y que el Platiní aquél habrá jugado como los Dioses y todo lo que quieran. Pero que de ahí a poner el arco nuestro en el centro de la ciudad para que todos se saquen fotos y nos hagan burlas, no. ¡Eso sí que no! ¡Y vos viste lo que es el Mauricio Gastón cuando se pone loco! ¡Un Basilisco, propiamente! La cuestión es que durante ese mes nos la pasamos meta y meta conocer París. Por la mañana: conocer París. Por la tarde: conocer París. Por las noches: conocer París. ¡¡Hasta acá estábamos de París, te juro!! Pero igual apechugamos y fuimos. Porque, como dice el Mauricio Gastón, para que después no vengan con que somos como esos pollos que sólo serian felices si las gallinas tuvieran tetas. Y, encima, bien tempranito arriba, que, aunque como dice el Mauricio Gastón, no por mucho madrugar se ven vacas en camisón, cada día acá nos sale un huevo, así que había que aprovecharlo. Para colmo estoy segura de que el resto de los que iban a las excursiones no nos aguantaban, los pelotudos. No había cosa que hiciéramos que no pusieran cara de orto, de culifruncis. Sobretodo desde que bajé a quejarme de que en nuestro baño se habían olvidado de poner el bidet. ¡Si vieras cómo se reían los infelices! (Después el Mauricio Gastón me explicó que los franceses éstos, que son medio asquerosos y se la pasan meta comer queso podrido con gusanos y esas porquerías, si ven un bidet se ponen locos de la cabeza, porque dicen que desde que se inventó el bidet se acabó el gustito). Pero el Mauricio Gastón, aunque ya sabés cómo es, que por menos que nada se caga en los clavos de Cristo, apretaba los puños y se aguantaba los desplantes de aquellos mierditas mientras hacia crujir las muelas sintiendo la furia en el alma como un grano de arena en el ojo, porque no es tonto y sabe que Dios protege a los malos cuando son mas que los buenos y entonces vinieron los sarracenos y nos rompieron el culo. Incluso a la noche, cuando el Mauricio Gastón se ponía el pantalón pijama, la musculosa nueva y las pantuflas y yo la peluca de rulos que compré para el viaje, poníamos las reposeras en la vereda y salíamos a tomar mate con la fresca, bien que nos dábamos cuenta que cuando los otros éstos que te digo volvían al hotel, con tal de no saludamos se hacían los que no nos veían o los que buscaban las llaves en la cartera o huevadas así. Incluso uno que se hacía el que miraba la luna se tragó la puerta de vidrio (nosotros, muertos de risa, le gritamos: Touché! ). Si hasta nos parece que cuando fueron a cenar al Maxim's combinaron y se fueron un ratito antes, bien calladitos, para no llevarnos. Y eso sí que nos dio bien en los balones porque para esa noche nos habíamos vestido especialmente. Sobretodo él, que con esa ropa en aquél restaurante hubiera hecho capote, pero ya después te voy a contar. Claro, ya habíamos tenido problemas con el franchute del hotel que nos había hecho un escándalo porque queríamos ir al Lúb en malla y ojotas (o Lúbr o Lúbgre o algo así. Igual no importa porque resultó una porquería que no había otra cosa que cuadros y estatuas). De todas maneras con el tiempo una se acostumbra a todo y basta en un lugar de mierda como éste, sin nada adonde ir, se encuentran cosas divertidas para hacer. Y es que, lo quieras admitir o no, uno es argentino. Y entre tanto gil el argentino es una especie de Dios. Una especie de BMW en una calle llena de rastrojeros. Lo notás en el trato, lo notás. ¡No sabés cómo me lo miran las minas al Mauri cuando sale con la musculosa y el lompa pijama a tomarse unos mates en la puerta del hotel! ¡Con decirte que algunas (seguramente sintiéndose menos) bajan de la vereda y la parte del hotel la caminan por la calle! ¡Chupate esa mandarina! Y te digo que el Mauricio Gastón es mandado a hacer para eso de hacerte divertir. Lo mejor era de noche, que nos llevábamos unos sánguches y el mate y nos íbamos a pescar hasta unos puentes que hay y nos piyábamos de risa escupiendo a los tarados que pasaban por abajo en unos barcos que se llaman bató mush y que te muestran París de noche desde el Sena, que es un mar que justo pasa por abajo de esos puentes. ¡Cómo se ponían los chabones cuando los escupíamos! iCómo gritaban! ¡Y andá a saber qué carajo nos decían, además, porque los tarados nos gritaban en francés! Lo que sí, aquellos eran los únicos que no nos rompían las pelotas con aquello del Vudú. Y yo no tanto, que no me sale, pero al Mauricio Gastón le salen unas escupidas que te juro que yo lo miraba y me enamoraba más. ¡Si hasta me decía: a la gorda del vestido blanco! Y ipaaaaa!, se lo zampaba a la dagor. ¿Podés creer? Con decirte que una noche en que los tarados de uno de los barcos nos empezaron a insultar a lo bestia, el Mauricio Gastón, muerto de risa, los insultaba en castellano, los escupía, se agarraba las pelotas con las dos manos y se hacía así... (¡Total no entienden un pomo éstos boludos, vieja!, me decía, muerto de risa. ¡Y tenía razón!). Y ahí mismo se tomó un taxi hasta el otro puente, los esperó, ¡Y los piyó! ¡Los p¡yó de arriba abajo! (no te preocupes que llevo fotos>. Son esas cosas que tiene que hacen que una se enamore de él. Otra noche (¡Ésta es genial!) se me aparece disfrazado de francés. Se había puesto pantalones y zapatos blancos, una remera a rayas roja y blanca, un blaizer negro con ribete blanco (con tiza>, un pañuelo rojo al cuello, boina francesa y una boquilla así larga (que es como se había vestido la noche en que nos clavaron y se fueron al Maxim's sin nosotros). ¡Si hasta se había pintado los bigotitos con corcho quemado! ¡Es único! ¡Nos hicimos pasar por franceses hablando con la G! ¡Si vieras las caras de los giles! ¡Cómo nos miraban! Y el Mauricio Gastón todo el tiempo Oh, la, lá, ésto, Oh, la, lá, lo otro. Si alguien le hablaba o lo venia a joder con eso del Vudú, enseguida gritaba cosas como Megu"I, o gul mesié, o cantaba aquello de: La, la lá, la lá, la lá, la lá, Valentina, Valentina! i Y todos convencidos de que era francés! O ésta: les decía le potí va sé. ¡Y ellos muy convencidos de que les hablaba en francés! ¡ Y resulta que eso es el tipo se va al vezre! ¡Mirá si son giles! Eso sí, hay que tener bien cuidado cuando te hablan al vezre o cambiando las palabras porque como dice el Mauricio Gastón, no es lo mismo un chorizo en sartén que que te ensarten un chorizo; ni un gato montés a que te montés un gato; ni que Reutemann llegue a la meta a que llegue Reutemann y te la metal Y es que el Mauricio Gastón estaba radiante, como un chico, propiamente. Y era porque allá en el bar le habían dicho que acá no era necesario que se bañara porque silos franceses no se bañan porqué él iba a ser menos y que donde fueres has lo que vieres, sobre todo silo que vieres no es bañarse todos los días. Así que él estaba eufórico y se la pasaba levantando el brazo y mostrándole las axilas asesinas a cada uno que se le cruzaba (y te digo que si hubiera hecho eso con el franchute maricón ese del hotel se acababa la discusión ahí mismo, se acababa). Ahora, así como te digo que en París podés llegar a cagarte de risa con lo tarados que son los franceses (que ahí está la verdadera atracción) también te digo que te podés llegar a embolar como nunca si se te ocurre recorrer la ciudad. Pero después de todo ya estás acá y qué remedio te queda. (además de que te imaginas que con lo que nos cuesta el viaje no me iba a perder la oportunidad de sacarme fotos por todos lados para después refregárselas por la cara a la Yo Ii, que te digo que se va a tirar al pozo ciego de envidia y que ya por eso valió la pena venirse hasta acá). ¿Adónde vas a ir, decime un poco? Porque tampoco te podés pasar todo el santo día escupiendo franceses. No hay un joraca para ver. Porque la iglesia esa que armaron los de Disney para filmar el Jorobado de Notre Dame estará muy buena, será todo lo grande que quieras, pero yo a los yanquis esos los tengo acá ¡Acá! Así que ni entré (y, ojo que se pasaron, porque parece vieja en serio, eh!). El Mauricio Gastón, en cambio, estaba chocho, y como cada lugar que fuimos desde que llegamos se la pasó hinchándome las pelotas con que dale, gorda, poné cara de idiota así te saco una foto con la iglesia atrás. Y yo ahí, poniendo cara de idiota bajo la lluvia como una imbécil, mientras el estúpido éste tardaba media hora en sacar. Bueno, lo que sí nos gustó fueron las pirámides. Bah, nosotros encontramos una sola, Y ojo que no son de piedras como dicen los libros. Son todas de vidrio. Gigantes. ¡NO quiero ni pensar lo que será pasarle el trapito con el limpiavidrios! ¡Adentro, un lujo! ¡Cómo vivían estos faraones mecachendié! Aunque te digo que no sé cómo iban a cagar con esas paredes de vidrio que se ve todo. Y ya estaba el Mauricio Gastón hinchándome las guindas con que pusiera cara de idiota así me sacaba una foto con la pirámide atrás. Eso sí, de afuera medio que las arruinaron porque le construyeron alrededor un edificio horrible y viejo que no pega una cosa con la otra. ¿Y qué me vengo a enterar? ¿Sabés qué es el edificio de afuera? Agarrate: ¡El lúb ese de porquería que ya te conté que lo único que tiene son cuadros y estatuas! (¡Y todos mas viejos que Matusalén, además!). Así que, ir ahí, al pedo. El Arco del Triunfo ése es mentira, no existe. Después te levan a la tumba (¡mirá vos el programa!) del enano aquél, Napoleón. Acordate: el enano aquél del rulito a lo Clark Kent en la frente, que andaba siempre con la mano metida así. Que se ve que acá cuando los cementerios se llenan entran a desparramar los fiambres por cualquier lado, porque al enano éste que te digo lo dejaron ahí en medio de la ciudad. Después hay una plaza, una placita bah, que se llama Pías du Tetr (¡Mirá vos el nombre!) ¡Pero ellos te la pintan que vos decís al fin y al cabo si no voy soy una pelotuda! Vienen los de la Resistencia y me fusilan acá mismo, en la puerta del hotel. ¿Sabés cual es? ¿Viste que si alguien viene para acá no hay manera que no lleve de regalo esas acuarelas en la que se ve una plaza llena de pintores con los atriles, los pinceles y toda la mierda esa? Esa plaza es. Mirá, yo no los conté. No sé cuantos escalones hay que subir para llegar a esa plaza de mierda. Pero te juro por ésta que cuando llegamos allá arriba yo lo miraba al Mauricio Gastón que se me había puesto violeta, transpiraba como un percherón y respiraba haciendo un silbido raro que me dije a éste le dá la pataleta de un momento a otro! ¿Y qué hago sola acá con el fiambre? Ya me imaginaba como en las películas, que lo arrojaban al mar con el jonca envuelto en la bandera mientras un chabón toca la música esa con una cometita. Yo, por las dudas, disimuladamente le saqué la guita, las tarjetas de crédito y los pasaportes y sin que me viera me los puse en la cartera. ¿Y todo para qué? ¿Y todo para qué, me querés decir? ipara llegar a una placita de morondanga (que ni placita, porque ni pasto tiene, es de cemento> llena, pero llena, llena de artistas (vagos, bah!) con esos atriles que aquello parece ¿viste las terrazas de los edificios todas llenas de antenas? Propiamente. Bueno, hay unos pintores que no hacen nada. Están ahí sentados dejándose crecer esas barbas inmundas esperando que les compres algo. iPor mi pueden esperar sentados, los crotos esos! Esos son los paisajistas, que vendría a ser que pintan paisajes. iBah! iUn paisaje!. Siempre la plaza y los bares de borrachos que están enfrente. O también una igle~a medio viejona que está ahí al lado que se llama Sacre Quég (que además esos cuadros ya los tienen pintados de antes, así que andá a saber quién los pintó ¿Vos los viste pintarlos?). Los otros, los que están dibujando, son los retratistas. Y mejor no me hagas acordar porque el Mauricio Gastón empezó dale y dale con que gorda, hacéte un retra tito, dale. iTanto jodió las que rebotan que a la final y con tal de que la acabara de una vez me senté en un banquito de madera y el barbudo se puso a dibujar. Encima, furiosa como estaba, ya empezó de nuevo con que pusiera cara de idiota para sacarme una fotito e inmonalizar el momento mientras me retrataban. iCuando terminó y vila vaca vieja que dibujó aquél croto le encajé un sopapo, pero un sopapo, que ya se va a cuidar muy bien ese piojoso de andar engordando y envejeciendo a la gente! ¡Encima, el tilingo justo me va a dibujar cuando ponía cara de idiota para la foto! ¡Todavía me lo quería cobrar! ¿Después qué? Eso de que el tránsito va por la izquierda es otra mentira y al famoso Big Ben no lo encontrás por ningún lado por mas que preguntés. ¡Ni en los planos! Además de que, ¿para qué te sirven esos planos de mierda que, una, que te los dan en francés, como si una tuviera obligación. Y otra que, ¿qué vas a buscar si no sabés adonde tenés que ir? No hay caso, no piensa esta gente. Debe ser el sexo que los estupidizó. Porque no sabés lo que es esto! ¡Tetas y tetas y tetas y tetas por todos lados que ya es vicio lo de estos sujetos! ¡Y para colmo la van de almas sensibles! ¡Uy, sí! ¡Que no se te ocurra, pero que no se te ocurra olvidarte de decirles gracias por cualquier huevada porque son capaces de escupirte la cara, son capaces! Así que te la tenés que pasar todo meosí, o megsibocú o megsibián por la mas mínima pelotudéz. Otra: en los restaurantes ( si hay mujeres) tenés que acordarte de respetar el código de la Mafia y cuidarte bien de elegir siempre mesas en las que puedas sentarte de espaldas a la pared. Porque si no te puede pasar lo que al Mauricio Gastón. Que se sentó de espaldas a una mina de éstas, y de pronto y sin previo aviso ni gritar agua va la mina largó la carcajada y el pobre, del cagazo que se pegó, casi se hace una traqueotomía con los cubiertos. Madre querida lo que son estas yeguas para reírse! ¡Ah! ¡Y acá te mando otro chisme que te vas a querer morir bien muerta! ¡¡Es mentira quela torre está inclinada!! ¡Te lo juro por ésta! Además de que nada que ver con las fotos. No es que no sea grande, porque es mas grande que la mierda, te digo la verdad. Aaaaalta. Está allá al fondo de una plaza larguisima que se llama algo así como Suelo Lunar (fijate un poco el nombre para una plaza). Pero de inclinada, nada. De esas columnitas que ves en las fotos, nada. Además de que no es de mármol. ¡Es de cañitos! iDe fierritos! ¿Cómo te la describo? De... ¿te acordás del Mecano? (ivamos, nena, no te hagás la pendeja!) Bueno, así. iCon decirte que el Mauricio Gastón sigue convencido de que es una torre de petróleo! De ahí no te llevo fotos porque no sabés lo que me pasó. Resulta que (y te juro que yo me la venía venir, te juro) al Mauricio Gastón se le metió en la zabiola que teníamos que subir hasta arriba. Yo, que no y que no, que la porquería esa mide trescientos sesenta metros y yo ni en pedo subía esos escalones con las chinelas de plástico que patinan y encima se me salen. Pero a la final resultó que la cola que había no era para el biorsi, sino porque hay ascensor para subir (y para bajar, creo) y ahí me cagó, como siempre. La cosa es que en el ascensorito de porquería aquél subían como quinientas personas, todos chivados, apretados, todos con la cámara de fotos o la f¡lm adora (que te la clavaban acá en la espalda que otra que Juan Moreira), además de que yo me había traído el changuito que uso en casa para ir a la feria, cosa de no ir cargada, y ahí en el ascensor todos me ponían cara de culo, me ponían. Y, como si todo ésto fuera poco, y con lo enorme que es Paris ¿con quienes nos encontramos nosotros,la conchitumadre, decime un poco? ¡Con los inaguantables de Rivas y Soubelet, que hablaban y hablaban y hablaban! Y escuchá: resulta que, y te lo juro por las pelotas del Mauricio Gastón, ¿viste que las patas de la torre son inclinadas? Bueno, ¡¡el ascensor también se molina mientras sube!! A mí me agarró el ataque. Figurate, con la claustrofobia que tengo, en ese ascensorito que sube despacito y crujiendo, toda apretada, encima se inclina todo así sin gritar agua va y... Entonces, como en una película de terror, el tipo éste, Rivas, que lo tenía acá pegado, empieza con que había que tener en cuenta que esa torre estaba compuesta por qué se yo cuantos fierros y caños y bulones. Y que por los cambios de temperatura el metal se dilata y contrae permanentemente. Y que entonces teníamos que mirar la torre como una inmensa masa en permanente movimiento y qué se yo qué huevadas mas y ahí no aguanté mas y me agarró el ataque y entré a gritar descontrolada y a tirar trompadas y patadas y a darles con el changuito como una desquiciada. Todo el mundo gritaba y se empujaba. ¡Y para colmo faltaba una eternidad para llegar arriba y yo estaba que echaba espuma por la boca! ¡Encima el infeliz del Mauricio Gastón que me sacaba fotos! La cosa es que tuvimos que bajar por las escaleras y el Mauricio Gastón no me dirigió la palabra en toda la tarde, el turro. Y te juro que bajar aquella escalera fué un suplicio porque, una que tratá de bajar una escalera en chinelas y después me contás, y otra el changuito de mierda aquél que mientras bajábamos se me trababa con los escalones y se me trababa y se me trababa y a la final me puse loca y lo tiré a la mierda desde allá arriba, lo tiré! Pensá que estábamos a mas de trescientos metros, estábamos. Cuando, al rato, llegamos abajo, había una multitud mirando asombrada (¡Hasta le sacaban fotos!) a un panchero que le había caído un changuito del cielo y le había hecho mierda el panchomóvil, o como sea que se llamen esas cosas. Sigo: después fuimos a un galpón enorme lleno de escaleras mecánicas y tubos y caños que se llama Pompidú. Ese estaba bueno porque ahí podés comprar postales, tomar una coca y por fin sentarte un poco y sacarte los zapatos, porque te digo, nena, que a esa altura de tanto caminar ya tenés las patas hinchadas que parecen culos de mandriles, te juro! ¡Así! (¡Y nosotros que veníamos de bajar aquella escalera ni te cuento! ¡Decí que el Mauricio Gastón me lo echó en cara solamente quinientas veces!). Tanto se me habían hinchado las patas que se me habían trabado las chinelas pero ¿vos te creés que se lo dije al Mauricio Gastón? ¡Mierda que se lo iba a contar a ese! Y ahí, cuando te vienen a atender otra vez a preguntarme por el bendito Vudú, ¿podés creer? Bueno, el Pompidú éste que te digo tiene, del lado de atrás, al fondo, como quien dice, un patio enorme (no quiero ni pensar lo que debe ser baldear ese patio) que es como una especie de corso, lleno de mascaritas y disfrazados. También está lleno (¡Pero lleno, eh!) de esos estúpidos que no hablan nunca y que se pintan la cara de blanco y que siempre están haciendo como que caminan contra el viento, o que tiran de una soga o que empujan una pared. ¡Por ml que se les caiga la pared encima y se mueran! ¿Por que no van a trabajar, manga de vagos! (para mí que esta gente quedó así de tanto escuchar al dueño de los ómnibus, el Maurice Chevallier, ése). Ahí también te venden unos panes que cuando me lo dieron yo ya estaba por encajarle otro sopapo al tipo, porque creí que me estaba tomando el pelo. ¡Un pan flauta de un metro me dio, el infeliz! ¡Como si una fuera una muerta de hambre! ¡SI ese es el pan lo que será la salchicha, juá!, gritó el imbécil del Mauricio Gastón desde la otra punta del patio, que se estaba divirtiendo preguntándole a los franceses que pasaban:¿Cómo hago paga ig a la puta que te pagu¡ó? Y largaba la carcajada esa que tiene. ¿Oíste, vieja, jua?, me gritaba. Encima, en el Pompidú éste que te cuento, hay varias salas llenas de locos que exponen cuadros, fotos y esas huevadas, no? Bueno, el Mauricio Gastón ya hacía como tres horas (desde antes de subir a la torre) que me tenía harta con que se le había metido el zoncillonca en la raya. Así que para que me dejara de joder de una buena vez le dije porqué no se metía en una de esas salas que eran medio oscuronas y se lo acomodaba. Para qué. ¡Justo entramos a una sala en la que estaban esos dos plomos de Rivas y Soubelet! ¡¿Pero qué eran?! ¿Parte del tour éstos dos? ¡YO miré aquél galpón, que también está hecho con cañitos y me dije si empieza a joder de nuevo con eso de que los ñocas se mueven lo callo de una patada en las pelotas, lo callo! Pero el Mauricio Gastón me tranquilizó diciéndome que no le hiciera caso a las cosas que decía el chabón aquél, que seguro estaba en pedo. Pero esta vez aquél tipo, Rivas, había salido con una huevada de no sé qué frase que dijo que dijo uno de esos tipos que aparecen en los brolis ¿viste? (esperá que me lo anoté) Terencio: «Homo sum; humanil nihil me alienum puto» que, según tradujo después, significa «Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno». Yo, te digo la verdad, ni en castellano entendí lo que quería significarme aquel tilingo. Pero se ve que el Mauricio Gastón (que se la tenía jurada desde que nos rompió las pelotas todo el viaje en el avión) debe haber entendido alguna otra cosa bastante jodida, porque enseguida se olvidó de eso que decía que no había que prestarle atención al plomo aquél , se puso loco de la cabeza y se le fué encima echando espuma por la boca, mientras el otro, Soubelet, sacaba fotos y se reía, el infeliz. La cuestión es que se armó tal quilombo que rajamos y nos metimos en el subte (que acá se llama metró, pero se saca boleto, se sube y se viaja igual que en el subte de Buenos Aires) y volvimos para el lado del hotel. Al menos eso creíamos. Pero antes dejame que te cuente lo que nos pasó ahí en el subte que por fin conocimos al bendito Vudú. Bueno, preparate: detrás nuestra viajaban dos turistas españolas que estaban practicando francés con un librito del método Robertson, de esos para aprender francés en 10 días. Bueno, ahí escucho lo del famoso Vudú. Una le estaba tomando a la otra: ¿Cómo está usted? Y la otra le responde en francés (agarrate): Comoandaelvudú? Caete de culo. ¡Y nosotros que nos la pasamos mandando al carajo y haciéndole cortes de manga a cada francés educado que nos saludaba! La cuestión es que era nuestra segunda luna de miel y eso te pone, no sé, distinta. París ... la boheme... el Moulín Rouge... la torre de mierda... ¿Me entendés, no? Encima el Mauricio Gastón que desde que estábamos allá, aprovechándose que nadie entendía lo que decía, me salía con cualquier guarangada frente a cualquiera. Total, no entienden, vieja. Así que él, delante de cualquiera venía y me decía, v¡eja, se me está parando. O ay gorda las ganas que rengo de queme la chupes como Dios manda! ¡Y no bajito, eh! ¡A los alaridos! ¡A veces desde la otra punta de un negocio! ¡O por ahí estábamos eligiendo la comida en algún restaurán finol (yo con el dedito levantado y el celular al lado del plato) y con el metre ahí, con su carita de culifrunci, esperando el pedido! La cuestión es que un poco por eso que te digo de que era la luna de miel y eso, quieras que no, motiva. Otro poco por lo del Mauricio Gastón que todo el tiempo dale y dale con eso de que la tenía parada y que ésto y que lo otro y al fin de cuentas una no es de madera; y además porque una es así, azúcar, pimienta y sal, la cosa es que a esa altura yo andaba medio como desesperada. Con ganas de que me revolvieran el estofado, como quien d¡ce. Porque el Mauricio Gastón ti ene razón cuando dice que las mujeres somos como chapas, que para que no nos volemos nos tienen que tener bien clavadas, y que mas quiere el chancho si le dan afrecho, y que la mujer, mala o buena, quiere mas freno que espuela, y que en la cama y en la mesa es inútil la verguenza, y que el amor hace pasar el tiempo, pero que el tiempo a veces hace pasar el amor, así que hay que aprovechar mientras las sábanas están calientes y que si me quedó el culo roto, la culpa tué de su choto, y que la mujer y el mate, calientes; y que para evitar el aborto no hay nada como hacer el ono, y que Chupito y Chupame, robaron en un gallinero, Chupito, una gallina, Chupame, un huevo, además de aquello de que salud y pesetas, mujeres con buenas tetas y tuerza en las braguetas. Y ya que hablamos de braguetas la verdad es que yo a esa altura estaba que volaba y no veía la hora de llegar a nuestro cuartito de hotel para darle a la maúaca. Porque si bien es cierto que una no es una cualquiera (como la puta de la de en frente, la Trini (que ya se chupo kilómetros de pija y que si la leche fuera de colores sus hijos serían como papagayos) no es menos cierto que una mujer tiene sus necesidades y dejémonos de joder y llamemos a las cosas por su nombre, yo andaba necesitada de que me midieran el aceite, andaba. Pero, mecachendié, otra vez nos equivocamos con el subterráneo de mierda aquél (no se rían, que en Buenos Aires hay cuatro líneas y en París dieciséis. Y además están todas entrecruzadas y enroscadas y llenas de firuletes y para colmo las estaciones están en francés y vos mirás los planos y se te cruzan los ojos y ahí te quiero ver. Sin contar con que Paris esta lleno de negros, ¡pero lleno, eh! Y parece que se divirtieran, o creyeran que son muy chistosos viajando todos en el subte. Porque aquello parece la Cabaña del Tío Tom, parece. Y te digo, querida, que estos grones son gigantescos. Pero de una gigantéz, que yo lo miraba al Mauricio Gastón, tan poquita cosa y me daba como vergu~enza. ¡Por no hablar del tobul que exhibían aquellos guachos que parecía que llevaran un matafuegos ahí abajo, los turros! Así que, cagada en las patas como estás por estar rodeada de estos gigantes con cara de degenerados, y el quilombo que te conté de las estaciones en francés y las combinaciones en catinga, la cuestión, querida, es que como para no perderte ahí abajo. Te juro que cada vez que paraba me tenía contener para no salir corriendo a los gritos. Llega un punto en que te dan ganas de llorar, y querés que venga tu vieja y te lleve a comer los ravioles del domingo. Bueno, la cosa es que, como siempre que tomamos el metró ese, salimos en cualquier lado. Pero a mí no me importaba nada. Yo no sé si era por la alegría de haber salido con vida de aquél subte, o por la calentura que tenía, sumada a que aquello de viajar rodeada de aquellas vergas me dio como una cosa y le dije al Mauricio Gastón que me cogiera ahí mismo. De frente manteca. Así que decidimos meternos en unas especies de columnas que hay pero que en realidad son baños públicos. ¡Oime, todo París está lleno de esos baños y justo en aquél momento no encontrábamos ni uno y yo que me venía loca. me venia! En eso el Mauricio Gastón ubica uno. Y de calentón que es ahí mismo peló la tararira. ¡Hop! Total no nos conoce nadie. Y de última para ellos también hay dijo él. Conchitumadre, había dos tipos haciendo cola. Pero nosotros no estábamos para esperar, hablando de hacer la cola. Nos acercamos y ¡¡¿sabés quienes eran los dos tipos?!! ¡Rivas y Soubelet! ¡¿Pero porqué no les saldrá un colmillo en el culo a esos dos, digo yo?! ¡Ahí el Mauricio Gastón se puso como una tarántula y se les fué al humo. Te imaginás que aquellos ni bien lo vieron salieron rajando. ¡Como para no salir rajando! ¡Con la experiencia que habían tenido, lo ven venir al Mauricio Gastón con los ojos inyectados y la poronga en la mano y habrán pensado no se con formó con cagamos a palos que ahora nos quiere culiar! Y el mas viejo, Rivas, que era el que había cobrado y seguramente temiendo lo peor, empezó a gritar, desesperado:
__ ¡Ahora le toca a él! ¡Ahora le toca a él!
La cuestión es que en ese momento salió una mina y desocupó el ñoba. El Mauricio Gastón, siempre con la pija en la mano como para que vayan sabiendo, les pegó un empujón a aquellos dos tarados y nos encerramos. ¿Podés creer que a los tipos le agarró un ataque de risa? Andá sabé si era por los nervios o de lo tarados que son nomás, pero nos miraban y se reían. ¡Todavía que nos colábamos se reían, los giles! Antes de cerrar la puerta, y mientras yo me sacaba la chabomba, el Mauricio Gastón les gritó, sacudiéndoles la poronga: ¡Ahora vas a ver como se mueven los cañitos, huevón, juál Fué lo último que pudo decir. Resulta ser que esos baños - y ahí entendimos de qué se reían aquellos dos infelices - tienen un sistema de desinfección que cuando alguien los desocupa, antes de que entre el siguiente hay que cerrar la puerta, que queda trabada, y entonces aparecen unas mangueras que sopletean todo con agua hirviendo y después otra con desinfectante y después otra con aire recaliente que seca todo. Así que cuando el próximo tipo entra se encuentra todo desinfectadito y limpito y sequito y la conchitumadre lo que fué aquello con nosotros dos ahí encerrados como dos gatos en un lavarropas encendido! iCómo quemaban aquellos chorros, la conchitumadre! ¡Qué manera de gritar! ¡Y el mauricio Gastón que estaba con la pinchila afuera! Encima el celular y las monedas que rebotaban contra todos lados y nos golpeaban en la cabeza. Gritábamos como hienas salvajes, y al pedo, porque en medio de aquél quilombo nos acordamos que si alguien nos escuchaba no entendería un carajo (y con aquellos dos que sí nos entendían no creíamos que pudiéramos contar). Así que entramos a gritar como desesperados las palabras en francés que nos venían a la memoria, a ver si la pegábamos: ¡Libegté, egalité et fgategnité! ¡Aaaay! Yenesepá! Aaaay! Yetéim! Angárd! Soubelet! Aaay! Ecolecuá! ¡Ay, madre querida cómo quemaba aquella agua maldita! ¡La sputza que tenía aquél desinfectante! ¡Cómo quemaba aquél aire caliente la que los parió! ¡Encima aquellos dos hijos de puta que desde afuera nos gritaban muertos de risa: ¿ Y? ¿Cómo la están pasando? ¿Linda, la duchita? Y se reían como dos infelices. Cuando por fin salimos habían desaparecido. Aunque el Mauricio Gastón me porfía que él escuchaba de algún lado el ruidito de una máquina de fotos. De todas maneras aunque hubieran estado no cambiaba nada porque salimos como almidonados. No podíamos mover las piernas ni los brazos ni el cuello. Los pelos, como con engrudo, todos parados y duros, como los de Don King. La ropa destrozada y encogida. La piel colorada y que no te puedo explicar lo que ardía. Para caminar teníamos que hacer muy lentamente un paso largo sin doblar la rodilla. Aguantar el ardor y, respirando despacito, otro paso largo sin doblar la rodilla. ¿Cómo te digo? ¿Te acordás de la momia de Titanes en el Ring? Bueno, propiamente. Y todo ésto sin contar a la cantidad de imbéciles que se había juntado y que se morían de risa mientras nos sacaban fotos y nos filmaban. Dos horas mas tarde llegamos al hotel. Cuando nos vieron llegar se armó como una conmoción. El imbécil del mostrador levantó los ojos al cielo, como preguntando porqué. Así que imaginate la noche que pasamos en ese estado, tirados como estábamos cada uno en su cama, desnudos, con los cuerpos infrarrojos... ¡Minga de ir a escupir franceses! ¡Y no te digo nada lo que era ir al baño! ¡Ay, madre querida! (No seas estúpida, no llevo fotos). Y hablando de baño. Fué justo cuando yo me mandé para el ñoba que pasó lo que pasó. Y te digo que es el día de hoy que el Mauricio Gastón no me dirige y no me dirige la palabra. Porque vos viste cómo es cuando se le mete una cosa en la cabeza, que no entiende razones. ¿Pero qué culpa tengo yo, decime un poco? La cuestión es que estábamos ahí tirados, cada uno en su cama, gimiendo como la perra a la que la montó un burro. El Mauricio Gastón boca abajo, con los brazos en cruz y las gambas bien abiertas y separadas, que si se tocaban eran como una brasa, eran. ¡¡Colorado estaba el guacho!! Bueno, yo ya hacía rato que me venía aguantando para no tener que moverme, pero vos sabés que estas cosas se pueden aguantar hasta un punto en que el cuerpo te avisa atenti que largo acá. Así que, con todo el dolor del alma eso sí, me fui incorporando y así como te expliqué antes, tipo momia, fui hasta el baño. Entonces pasó. Ni bien me siento en el trono se abre la puerta de la habitación y entran Rivas y Soubelet con ¿te acordás de los tarados aquellos que el Mauricio Gastón había escupido y piyado desde el puente? (losdel barco), bueno, esos. Y les dicen ahílo tienen. Claro, nosotros qué íbamos a saber, pero resultó ser que aquellos dos (y todos los demás que viajaban en aquél barco) aunque nunca nos habíamos cruzado, estaban hospedados en el mismo hotel que nosotros. Y que viajaban juntos en aquella excursión que les mostró Paris de Noche desde el Sena y también habían sido meados por el Mauñcio Gastón. Así que cuando se armó el revuelo porque entramos al hotel hechos estas miserias nos ubicaron y nos la juraron: «¡Vendetta!» La cuestión es que, querida mía, cuando aquellos animales irrumpieron en la habitación como salvajes y, viendo al Mauricio Gastón desnudo, culo al norte y sin poder defenderse, viendo la que se venía yo me encerré en el baño con la traba y me hice la estúpida. Cuando empezaron a escucharse los alaridos me hice la que no oía. ¿Total, qué? ¿Qué se ganaba si abría? ¿Para qué nos íbamos a sacrificar los dos? Y un poco también estaba aquello de que ¿no era que no dolía? ¿Que ardía un poco al principio pero que después ya iba a ver qué lindo? Bueno, que disfrutara ahora, ya que era tan lindo. Además de que, que yo recuerde, el que los piyó fué él. Pero, como te comenté antes, es el día de hoy que no me dirige la palabra, el infeliz. No sé, no entra en razones. Y es que no tiene sentido de humor éste tarado. Encima se ofendió. Se ofendió cuando terminó todo y aquellos animales se fueron, y yo salí del baño y para levantarle el ánimo le dije: __ ¡Trece!
__ ¿Qué trece?
__ ¡Los que te rompieron el culo, ¿qué te parece?!
Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 29-01-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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