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«NO DEBERÍAMOS HABERLA ASESINADO»
«NO DEBERÍAMOS HABERLA ASESINADO»
ASESINA: GUILLERMO SOUBELET
«Bueno sí, me equivoqué con la del 5º «A». No deberíamos haberla asesinado. Lo reconozco. También le admito que aquello de las cadenas, los cuchillos, los palos y el aceite hirviendo fue una salvajada medieval. Sin contar a los chicos, que le pegaban con las reglitas del colegio y, los mas pequeños, con las bolsitas con los lápices del jardín. Y las viejas, con las escobas. En fin, qué quiere que le diga. Para colmo cuando uno recuerda lo amable, lo educada, lo buena persona al fin de cuentas, que era esa mujer... Pero tenga en cuenta que queríamos estar seguros de que estuviera bien muerta. Por otro lado, convengamos en que un error lo tiene cualquiera.
Pero mejor le cuento todo desde el principio. Ni bien se mudó aquella mujer el edificio se convulsionó. Claro, imagínese: alta, joven, hermosa, con semejante figura, vivía sola... Encima tenía esa costumbre de los que siempre vivieron en casas de andar por el edilicio medio en bolas. Que sé yo: musculositas, shorts cortitos, o directamente en unos trajes de baño de esos de tiritas que cuando uno se la encontraba en el ascensor camino a la terraza la cosa se ponía fulera. Bueno, le decía que el edificio estaba convulsionado. Los machos andaban todo el día de acá para allá. Súbitamente les había dado, a todos juntos, por ayudar a sus esposas y ofrecerse para hacer las compras. Y daba la sensación que si compraban un kilo de miñoncitos los traían de a uno. ¡Cuarenta veces por día iban al almacén! ¡Uno salía al pasillo y había un tránsito de tipos que entraban y salían que aquello parecía la calle Florida! ¡Ah, y todos arregladitos, afeitaditos y perfumaditos, además! Cosa rara los fines de semana. Diga que no. Y las mujeres lo mismo. O mejor dicho, y las mujeres lo contrario. Vio como son las mujeres entre ellas. Ni bien se mudó esta muchacha se creó un ambiente hostil que ni le cuento. Que la loca esta, que la atorranta, que esto y que lo otro. Incluso se había creado una atmósfera de complicidad hasta entre tipos que jamás se habían dirigido el saludo, le cuento. Bueno, no sé, tipo que uno entraba o salía y justo pasaba esta mujer y si había algún hombre en los alrededores póngale la firma que si usted lo miraba enseguida hacía algún gesto como de ¡Mamita! O se agarraban el pecho como si les diera un infarto o algo así. También se agarraban otras cosas y hacían otros gestos pero eso no viene al caso. ¡Y ojo que de todo esto la mujer absolutamente en Babia, eh! O, no sé, a lo mejor este tipo de hembras tan acostumbradas al desbande que producen a su paso (porque atenti que boludas no son) se van como inmunizando, toman esa situación con naturalidad. Como si no se dieran cuenta. Y ojo que su incidencia, incluso en la vida privada de los que frecuentan incidentalmente, es más de lo que parece. ¿O acaso usted y sus compañeros de oficina no empezaron a ir más arregladitos a trabajar cuando tomaron a aquella preciosura en Contaduría? ¿Ve lo que le digo? Y bueno, imagínese la revolución en el edificio. Mientras ella, ajena a todo, dormía el sueño de los inocentes, en el quinto y en el séptimo los matrimonios discutían porque las esposas estaban hartas de ver a sus maridos babeándose por aquella mujer. El tipo del tercero se había ido a recortar el pelo. El del segundo espiaba por la puerta para hacer coincidir su salida con la de ella. El viejo del cuarto, bajo las sábanas, retomó aquellas cochinas prácticas de juventud. Varios tipos que en la vida habían subido a la terraza, desde que la potra empezó a tomar sol, a cada rato les empezaron a decir a sus mujeres: «Vieja, este televisor se ve cada vez peor. Voy a mover la antena». Las mujeres, al encontrarse en la cola de la carnicería, tenían tema en común...
Y todo así. Hasta aquella tarde. Yo, usted me ve, soy un hombre grande. No un viejo, ya sé, pero no soy un mocoso ni un muchacho. Me mantengo bien, sí, gracias a que salgo a correr tres veces por semana y a que sigo jugando tenis. En fin, ya ve: panza chata, paso elástico, no he perdido demasiado cabello, tomo sol... Pero claro, me mantendré más o menos bien pero no por eso dejo de ser un hombre grande, ojo. Por eso le digo, aquella tarde en que la Diosa tocó el timbre de mi departamento la recibí con una serenidad, con un dominio tal de mí mismo que posiblemente ella, acostumbrada a que a su paso los tipos chocaran contra los árboles, volcaran bebidas, se cagaran encima y todo eso; posiblemente ella se encandiló con mi prestancia para con las hembras como ella. ¡Cuando en realidad la cosa pasaba por otro lado! Yo estaba tan tranquilo porque en ningún momento se me pasó por la imaginación que aquella mujer pudiera querer otra cosa que no sea un poco de harina o algo así. Si, en cambio, ella hubiera llamado por teléfono y me hubiera dicho «dentro de una hora bajo y te bajo la caña» a los diez minutos me da un infarto y me quedo seco. Fíjese que yo estaba en el living mirando una película de terror en la tele y mire, era tal la poca atención que le presté a la mujer con tal de no perderme la película, que la atendí medio a los apurones, mientras seguía mirando así, medio de reojo. «¿Qué necesita?» le digo. «Quiero hablar con usted», me dice, y ahí medio que putié, porque era justo la parte en que los extraterrestres mutantes, que se mimetizaban como terráqueos, comenzaban a infiltrarse entre los desprevenidos seres humanos. ¡Claro, los seres humanos además de re-desprevenidos estaban re-calientes porque aquellos monstruos se transformaban en unas potras que otra que mi vecina! La única manera de diferenciarlos era por el color de su sangre: verde. Y justo a la mina ésta se le ocurría venir a charlar en aquel momento.
__ Parece que está ocupado __ me dice medio haciendo pucheritos __ .
__ No, no, es que... los mutantes... la sangre... la... pero, pase, pase __ le digo y entro hasta el living señalándole el televisor con la cabeza. La chica entró detrás de mí y ni bien advirtió de qué película se trataba se puso tiesa, visiblemente incómoda. Esta bien, ya sé que a las mujeres ese tipo de películas en general no les gustan. Pero yo no la había llamado y además era justo la parte en que los extraterrestres... bueno la parte que ya le conté. «¿Qué pasa conmigo?» me larga de pronto.
__ ¿Cómo?
__ Lo que te pregunto __ me dice, mirándome de frente. Y ahí tuve por primera vez conciencia de lo fuerte que estaba aquella hembra, de lo cerca que estábamos y del increíble par de tetas que tenía. Entonces, de pronto empezó a llorisquear que ella era una buena persona, que no se metía con nadie, que saludaba, que era amable y todo eso; y que sin embargo desde que se había mudado nadie le dirigía la palabra. Yo no podía creer lo que escuchaba. A partir de ahí no sé lo que pasó. O mejor dicho, el orden en que se desarrollaron los hechos. Solo puedo decirle que comencé a explicarle que no, que lo que pasaba era que ella era una mujer tan hermosa que los hombres por ahí se cohibían o también se ponían un poco tarados. Que ella no debía olvidar tampoco que las mujeres suelen ser desconfiadas de las mujeres más jóvenes y más atractivas. Y que esto y que lo otro, y, en fin, no me pregunte cómo, pero la cuestión es que, entre una cosa y la otra, terminamos en la cama. No, no se limite: desconfíe tranquilo, que es el día de hoy que yo tampoco lo puedo creer. Le aseguro, amigo, que yo estaba tan shockeado por la experiencia que me había tocado vivir, por esa especie de milagro del cual yo había sido el único beneficiario, que hasta estaba considerando la posibilidad de relatar aquella vivencia y enviarla a ver si la publicaban en alguna revista picante. Por supuesto que dudaba que alguien fuera capaz de creer más del cincuenta por ciento de aquello. Pero con aquel porcentaje me hubiera dado mas que por satisfecho, ya que eso era superior a lo que «yo» me creía de esas supuestas sensacionales hazañas sexuales que los que escriben a esas revistas aseguran haber protagonizado. Encima (y fíjese que no voy a caer en esa estupidez de los que escriben testimonios asegurando haberle hecho los deberes a todas sus cuñadas, primas y a Alí Babá y a los cuarenta ladrones en la misma noche y sin que se les bajara la pija ni una vez) pero le aseguro que, sin llegar a esas fantasías infantiles, esa noche tuve un desempeño espectacular. Claro, yo, quizá un poco acomplejado por el tema de la edad, me desviví por estar a la altura de las circunstancias. Y fíjese que, irónicamente, fue justamente por eso que pasó todo lo que pasó después. O, mejor dicho, por el comentario que mi desempeño motivó. Porque luego de aquello, mientras reposábamos (ella esperando reponerse, yo esperando un infarto) de pronto la mujer me dice: «No te me vas a escapar. Yo te llevo conmigo». Sí, parece una frase inocente. Mimosa, incluso. Sin embargo, al rato, mientras tomábamos café en la cama, subí el volumen del televisor con el control remoto y seguía la película (bueno, tampoco había pasado «tanto» tiempo), y los humanos estaban atrapando a uno de los mutantes aquellos que sangraba verde. La mina se puso tiesa. «¡Apagá eso!» me dice. «¡Apagalo ya!» Sorprendido, le pregunto: «¿Qué te pasa mi arnor? Es sólo una película. Resulta que son mutantes extraterrestres y solo se los reconoce por... __ intenté explicarle, pero me cortó con un grito __ «¡Que lo apagues te digo!»
Y justo pasó lo que pasó. Lo que desencadenó la tragedia, quiero decir. Cuando gritó de aquella manera, la mujer hizo así, como un ademán violento con la mano y justo va y golpea la taza que se rompe y le hace un tajo en las yemas de estos dedos, que inmediatamente comenzaron a manar sangre. Se imagina, inmediatamente me acerco para ayudarla, pero ella, molesta, oculta la mano en la espalda. Insisto y, luego de una especie de forcejeo, logro asirle muñeca. Para qué. Horrorizado comprendí la razón por la que se negaba a que viera su mano. ¡Su sangre era verde! ¡Verde! Aterrado, me alejé de ella. Enseguida recordé (ahora comprendiendo el verdadero significado de sus palabras) cuando, mirándome fijamente, me había dicho: «No te me vas a escapar. Yo te llevo conmigo». ¡¡A la reputa __ pensé __ me quiere llevar a su planeta quien sabe para qué!!
El resto usted lo sabe. La encerré en mi departamento, corrí en busca de los vecinos y les relaté lo que había ocurrido. Ellos, claro, no se si inducidos por la película __ o por sus esposas que parecían encantadas con mi noticia __ enseguida aceptaron mis palabras y formamos un grupo para eliminarla. Desde el pasillo se oían los gritos que profería aquella mujer desde mi departamento. La cuestión es que en poco tiempo formamos un grupo numeroso, pertrechado con armas caseras, palos, raquetas, aceite hirviendo y ese tipo de cosas. Yo creí que mis vecinos me abandonarían a mi suerte, como los amigos traidores del comisario Kane en «A la hora señalada», sin embargo, todos, incluidos las esposas, los niños y los viejos se dieron cita junto a la puerta de mi departamento. Algunos hasta antorchas y cruces portaban. Dios sabrá con qué propósito. Finalmente abrí la puerta y entramos como una horda enfebrecida por el odio y el pánico. En pocos minutos solo quedaba de aquel monstruo el cadáver despedazado. Cuando la furia inicial se fue disipando y la gente empezó a tomar conciencia de lo que había hecho comenzaron a echarme en cara todo lo sucedido. Poco a poco se fueran yendo. Y ahí me quedé, a solas con aquel cadáver descuartizado. Debía llevármelo de ahí sin ser visto. Lo bajé en el ascensor ante la mirada de los vecinos que espiaban por las puertas entreabiertas. La cargué en el baúl del auto y enfilé hacia la Panamericana. La arrojaría en algún terreno. Entonces, antes de tomar la General Paz me paró la policía por pasar un semáforo en rojo.
__ ¡Rojo las pelotas, estaba la luz verde! __ le dije al cana.
__ Estaba la luz roja.
__ ¡Estaba la luz verde! __ Que sí, que no. Finalmente, fíjese lo que son las cosas, terminé descubriendo a esta edad, que viví toda mi vida sin saber que era daltónico.
Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 30-01-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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