Casita de Campo
Cuando se me agotaron los medios para eludir el fastidio que suscita el campo, no supe más que echarme a contemplar al tiempo palidecer en el árido paisaje. Sumido en el hastío optaba por desviar la vista hacia el reloj que colgaba en la cocina, y hasta creo que en una oportunidad el minutero retrocedió; pero no tenía como acusar demencia, aquí todo era irracional, no tenía ninguna referencia para sentirme vivo. Reposaba mis piernas sobre el sillón, que por supuesto debió haber estado harto de cargar con mi aburrimiento. No tenía ideas que pensar ni desarrollar, tampoco errores que en mi imaginación enmendar, nada surgía de aquel infierno diminuto. Hallaba patética e insolente la motivación con la que mi padre trataba de persuadirme, “el campo es mágico hijo”, mientras yo pensaba que lo único sobrenatural era el silencio.
“Si acaso tuviera compañía”, pensaba mientras las palabras de mi padre se hundían como agujas en mi esperanza de salir de aquella mazmorra. Las tareas de mantenimiento y cosecha ya habían sido realizadas, sólo me quedaba aguardar el día en que vinieran a recogerme de aquel furtivo lugar.
No había traído nada aparte de las herramientas, ni siquiera comida que pudiera satisfacer mi estómago citadino. Estaba varado en medio de una tierra demasiado silenciosa, y de alguna manera, el bullido industrial que tanto detestaba formaba parte de mi hábito indispensable, su ausencia me resultaba tremendamente lacerante, sentía que la presencia constante de voces extrañas amparaba mi soledad. Pero allí no sobrevivía, no sabía cuantos días habían transcurrido, tampoco si era correcto desayunar a las horas en que lo hacía, hasta la luna y la noche parecían superponerse ante la lógica y se perdían entre la maleza.
Luego de que el tiempo y el espacio hubieron de marcharse ya nada tuvo sentido, ni yo. Paseaba indiferente a través de los sectores aledaños a la casita de campo, sin tomar en cuenta las advertencias de mi padre sobre los bandoleros. Me lastimaba los brazos y manos con las zarzamoras, y me detenía largo rato para ver la sangre correr, aguardando el momento preciso en que de ésta surgiera una voz amiga. Pero entonces me resignaba y proseguía mi éxodo hacia la nada. Erraba como un sonámbulo a través del sendero, pateando piedras, sintiendo que todos mis movimientos eran indeliberados.
De alguna manera descendí hasta un arroyo, entonces todo cambió. El solemne caudal arrastraba hojas secas que se desmenuzaban cuando chocaban contra las piedritas; y el rostro del letargo lentamente se humedecía con las gélidas aguas del riachuelo. Cuando levanté la vista vi a un hombre del otro lado, vestía una túnica púrpura que dejaba a la vista sus diáfanas manos y su rostro jubiloso. Permanecía inmóvil con sus manos apresadas contra su ombligo y una sonrisa paralizada que empezaba a perturbarme. Paulatinamente el minutero volvió a su estado natural, y cuando volví a mirar el hombre ya había desaparecido. En la efímera oscuridad del parpadeo se había marchado. Me desesperé, recordé las advertencias de mi padre y pensé que planeaban un asalto al campo; regresé a toda prisa esquivando cada obstáculo, pero cuando ya faltaba poco me detuve agotado, y, recapacitando, hallé demasiado absurda la idea, es más: me pareció incoherente aquel individuo. Después de un rato ya había olvidado al hombre, y llegando a la casita de campo ya había olvidado que había olvidado.
Más tarde, durante lo que creía noche, tuve una pesadilla espantosa. En la penumbra de mi mente apareció un cándido ciervo paseando rimbombantemente sobre el campo, yo lo observaba siguiendo su vasta figura, su pelo moteado y sus cuernos que invitaban al apareamiento. Pero entonces me vi tomando una escopeta y apuntándola hacia su danza indefensa, súbitamente un estruendo atravesando su piel aterciopelada y luego un silencio perpetuo. Distinguí claramente el sonido del animal cayendo contra el suelo, y por alguna razón en aquel preciso instante me sentí tranquilo. Desperté sudoroso tratando de ignorar la pesadilla y asumiéndola como algo banal.
Durante la tarde otro hecho insólito sucedió. Soportaba nuevamente el réquiem cuando alguien o algo tocan la puerta. Al comienzo adjudiqué el sonido a las consecuencias del abandono, pero cuando el puño obstinó contra la puerta me detuve a pensar que era posible aquella escena. Abrí con displicencia, aguardando paisaje muerto, pero entonces apareció de nuevo. Allí estaba el hombre y sonreía de la misma manera. Parpadeé innumerables veces, pero fue en vano. Le di la espalda y volví al sillón con escepticismo, pero cuando entró y oí sus pasitos rechinar sobre el antiguo piso de madera supe que era verdad. Permanecía inerte, mientras yo me acomodaba y reorganizaba frases o posibles preguntas; pero luego todo era demasiado irracional, no había razón para hacer preguntas.
Observando su cuerpo advertí una sombra carmesí sobresaliendo tímidamente de la túnica; él, sin dejar de expresar su sonrisa casi mecánica, se arremangó y desde su cuerpo desnudo un arroyo de sangre contenida descendió dando vida a un lago crepuscular. De pronto tuve en mis manos una escopeta que apunté contra su cuerpo momificado. Y por más que traté de desprenderme de ésta no pude evitar dispararle justo en medio de la frente. El hombre se sacudió violentamente, pero paulatinamente volvió a erigirse.
Inesperadamente el arma ya no estaba en mis manos, y la profunda herida que le había causado con los perdigones había desaparecido. El hombre ya no sonreía, me miraba seriamente mientras desde el interior de la túnica chorreaba sangre a mares. Repentinamente una cantidad inestimable de cuervos ingresó violentamente rompiendo las ventanas. Se posaron sobre la túnica púrpura y enmudecieron mientras me contemplaban. Como un relámpago desde sus ojos comenzó a chorrear un torrente de sangre y a teñir su piel. Desde el goteo de las plumas comenzó a concertarse una pieza de jazz que progresaba hasta derivar en una aparente disfonía de Stockhausen. Ovillado en una esquina aguardaba desesperadamente hasta que todo se acabara. Y afortunadamente luego de unos minutos todo cesó y volví a estar solo.
Dos días después mi padre llegó con el furgón a buscarme y regresamos a casa. Esa noche volví a dormir en paz, en medio del murmullo de la ciudad que amparaba mi soledad.
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