EL SUTIL SONIDO DE SU FALDA AL CAMINAR
Estoy acostado boca arriba sobre la cama y trato, inútilmente, de atrapar el sueño que se me escapa.
Para lograrlo —truco arrastrado desde mi niñez y que sigo conservando a los trece años— cuento mentalmente. En aquel tiempo contaba ovejas, ahora cuento las camas colocadas a lo largo del dormitorio. Las conté la noche de mi llegada y lo he seguido haciendo cada noche de los siete días que llevo ya aquí; son dos hileras de doce camas cada una; la mía es la cuarta de las que están situadas frente a las ventanas que, en lo alto del muro y sin permitir la vista hacia afuera, dejan pasar la luz del sol durante el día y ahora, en la noche, una fría claridad lunar.
No me he acostumbrado aún a esta soledad en compañía; soy uno de los adolescentes internos que apenas se conocen y a los que no les une, todavía, la familiaridad a pesar de dormir en la misma sala; veinticuatro alumnos, veinticinco personas, si se cuenta a quien se encarga de vigilar y que duerme en la cama inmediata a la puerta, la que se encuentra aislada por una gruesa cortina que le da una relativa privacidad.
Estoy en el dormitorio grande que es el de los alumnos de nuevo ingreso; hay otros tres dormitorios comunes más, cuatro en total.
Cierro los ojos y el sueño, lentamente, se apodera de mí; un sueño ligero al que no logro abandonarme por completo.
Tiempo después, sin lograr precisar cuánto, recupero la conciencia aun cuando permanezco con los ojos cerrados; sigue siendo de noche y, como todas las anteriores, las mismas ideas continúan girando en mi cabeza.
Me duele haber sido apartado de mi casa familiar, donde me sentía seguro y protegido, para internarme en este lugar en el que, dijeron, la enseñanza y la disciplina podrán hacer de mí un hombre dedicado al servicio de Dios.
Los hermanos de mi madre, debido a mi gusto por la lectura, a las altas calificaciones obtenidas en mis estudios —especialmente en las materias de español y religión— y a las buenas opiniones sobre mi conducta expresadas frecuentemente por mis maestros, se tomaron la tarea de decidir mi futuro y obligaron a mi madre a aceptar su elección. No les costó trabajo conseguirlo; ella, sola, débil, temerosa siempre del castigo divino y obsesionada por obtener el perdón de imaginarios pecados para alcanzar la vida eterna, cedió ante la presión de la familia y aceptó su incapacidad para encargarse de mi educación.
No era suficiente, le habían dicho ellos, la repetición constante de las viejas y gastadas normas morales: “Haz el bien y no mires a quién” “El niño obediente y bueno se verá de bienes lleno” “La castidad ante todo” “Primero muerto que pecar” “El sendero hacia el cielo está lleno de espinas, el camino al infierno está sembrado de rosas”….
Han decidido que se necesita una mano firme para conducirme por la senda del bien.
Interrumpen mis pensamientos los pasos que transitan, como todas las noches, en medio de la penumbra, entre las dos hileras de camas; pasos cautelosos que se adivinan más que escucharse, denunciados por el sutil sonido de una falda al caminar.
El frotar de la tela contra las piernas de la figura que camina, noche tras noche, a lo largo del dormitorio, me inquieta y me hace evocar una imagen femenina con la que sueño desde hace tiempo. Mis manos se prenden a mi cuerpo intentando torpes caricias que se manifiestan con una urgencia que no logro controlar.
El leve sudor, que humedece mis manos, se extiende por todo mi cuerpo.
Abro los ojos y levanto ligeramente la cabeza para observar cómo la figura oscura, cuyo rumor de faldas ocasiona mis desvelos, se detiene junto a la cama en la que duerme uno de los alumnos mayores y se inclina hacia él. Hago un esfuerzo por tratar de escuchar las palabras, dichas en secreto, pero no las alcanzo a entender.
Cierro los ojos, cubro mi cabeza con la almohada y permanezco así hasta que me vence el sueño una vez más; un sueño que no me da descanso.
* * *
Esta es la noche número doce - no dejo de contarlas - que paso aquí.
A través de los vidrios de las ventanas, en la pared de enfrente, se percibe la lluvia, cuyo sonido es amortiguado por los gruesos muros del dormitorio. La oscuridad se interrumpe a ratos con el estallido luminoso de los relámpagos. Ya no pienso en el motivo que me trajo a este lugar, paso los días en una especie de inconciencia, ajeno a todo y sin otro interés que el de esperar la noche para estar aquí, en esta cama, pendiente del momento en que se escuche el sutil sonido de su falda, al caminar entre las hileras de camas, hasta escoger una de ellas y detenerse ahí.
Sé que su elección es hecha al azar y espero cada noche, con nerviosa expectación, pues tengo la seguridad, y el temor, de que un día se acercará a mi cama.
Unas horas antes de que el enérgico sonido de unas palmadas indique que ha llegado el momento de levantarse, escucho el ruido de su falda que, al crujir, anuncia que los pasos se acercan. Sin abrir los ojos, trato de aguzar el oído para saber el lugar preciso por el que avanzan. Capto con exactitud la ubicación que me indica su cercanía. Repentinamente el sonido se detiene. Sé que ha llegado frente a mi cama. Mi corazón suspende bruscamente sus latidos para empezar a hacerlo nuevamente como si palpitara en mi garganta. Un nuevo sonido me indica que la figura de la falda negra se ha acercado y está, ahora, junto a mí. Siento su presencia a mi lado. Mi pulso se acelera y un ligero temblor se apodera de mi cuerpo. Su mano, entrando bajo las sábanas, toca mi pecho con una leve caricia y se dirige lenta y cautelosa, pero decidida hacia mi bajo vientre, un incontenible terror se apodera de mí y, en un brusco movimiento instintivo, enderezo mi cuerpo y me siento en la cama.
—No te asustes, soy yo –me dice en voz baja, cambiando, con rapidez, la caricia a mi cabeza —te despertó la lluvia —asegura con una firmeza que no admite réplica— vuelve a dormir — ordena y, ya en tono más suave, agrega — tranquilo, todo está bien, no pasa nada grave…
* * *
He pedido permiso de hablar por teléfono a mi casa y el director me autoriza a hacerlo.
— ¿No te decides todavía a dejar de ser el nene de mamá? —interroga sonriente, en tono dulzón, mientras señala el aparato telefónico que está sobre su escritorio, indicándome así que puedo usarlo.
Recapacito en que se enterará de lo que voy a hablar, pero no me importa. Me siento nervioso, pero estoy decidido. Marco con rapidez el número, como si temiera que, en el último momento algo me pudiera impedir hacerlo.
Al escuchar la voz de mi madre, una emoción incontenible me provoca un conato de llanto que me esfuerzo por controlar. Lo consigo a medias.
— Mamá, es urgente, vengan por mí; ya no quiero seguir aquí. No aguanto un día más. Por favor, vengan hoy mismo.
Me ruega que me calme, me pregunta las razones, invoca su fe, me echa en cara el que rompa sus ilusiones puestas en mí.
No respondo a ninguna de sus recriminaciones, sólo repito:
—Por favor mamá, vengan por mí.
Me pide que le pase la bocina al director, obedezco y lo escucho hablar.
— Si señora… entiendo su sorpresa, igual de sorprendido estoy yo. Hablaré con él, por supuesto, se lo prometo… No sabe cuanto lo lamento, pero habrá que entender que no podremos mantenerlo aquí contra su voluntad; la vocación no es algo que pueda imponerse. Trate de no preocuparse, recuerde que la hoja del árbol no se mueve sin la voluntad de Dios… Son los designios del Señor… Hablaré con él, ahora mismo, para averiguar sus razones, déme un poco de tiempo; después conversaremos usted y yo ¿Puede venir aquí a media tarde?… Si, a esa hora está bien. La espero.
Cuelga el auricular y empieza a argumentar, interrogar, reprochar. No respondo a nada, Me niego a hablar. Mi decisión está tomada. No explico la razón, pero ahora, una vez dado el primer paso, me siento fuerte y seguro nuevamente y me mantengo firme.
Quiero salir de aquí.
No podría soportar, una vez más, el sutil sonido de su falda al caminar entre las camas del dormitorio; ni su aterradora presencia cuando se detiene a mi lado; ni el repugnante toque de su mano que siento como brasa lacerando mi cuerpo; ni su mirada desafiante cuando, en la mañana, estamos frente a frente y le ayudo a ponerse, sobre su sotana, el alba, la casulla y los demás ornamentos para entrar a la capilla, subir al altar y oficiar.
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