Seguramente estarás de acuerdo conmigo si afirmo que el ganador de una carrera es aquel que llega primero a la meta, aquel capaz de superar al resto de los competidores utilizando eficazmente las mismas herramientas, la mente y el cuerpo. ¿Crees realmente que aquel es el verdadero ganador? ¿Y si te digo que no?
Mientras el profesor dictaba la clase, Nicole, una guapísima joven de diecinueve años se encontraba - como siempre - sentada al final del salón con un cuaderno abierto y un lápiz orbitando alrededor de su boca, esta vez había algo distinto en ella, en su mirada, en su postura, en su actitud, extrañamente estaba en silencio, muy atenta, con la mirada fija y reteniendo mentalmente cada elemento que observaba con atención.
Era extraño en ella una actitud como la descrita, pues se trataba de una chica extrovertida y muy hiperactiva, que no se cansaba de ir al baño, de arreglarse el pelo, de hablar o de enviar mensajes por su teléfono celular, era mucho más extraño si se trataba del día en que se reencontraba con sus compañeros, después de un largo tiempo. Pero así estuvo, por toda esa cátedra y por todas las demás de aquel día. ¿Ocurrió un milagroso cambio, se tomó alguna extraña pastilla, era un clon o una desconocida hermana gemela?, quien sabe, pero lo que si se sabe es que en ningún momento escribió, ni miró la pizarra, sólo se percató de algunos datos irrelevantes para la clase, pero muy importantes para ella, como que a aquel joven le gustaba cruzar los brazos, estirar las piernas, masticar chicle, inclusive captó la marca del chicle, hasta se preocupó por la marca de los cigarrillos que consumía a las afueras, en el momento que intercambió algunas palabras con él. Curiosamente aquel mismo día, una vez llegado a casa, Nicole aprendió a fumar utilizando los mismos cigarrillos que había visto horas antes, encerrada en su pieza, acostada en su cama, mirando el cielo, pensando. Quizás no hace falta decirlo, pero aquel día comenzó para ella una nueva obsesión, una peligrosa obsesión.
Las gruesas gotas de agua caían violentas ante la ventana y a Matías sólo se le ocurrió subir el volumen de la música que escuchaba, mientras continuaba leyendo concentrado en la biblioteca. En ese mismo instante Nicole bajaba por las escaleras y al observarlo ahí, al otro lado del vidrio, sólo y tranquilo, no dudó en interrumpirlo y cariñosamente le ofreció ayuda para los exámenes próximos; Matías, sin mayores titubeos acepta y recibe sus enseñanzas aquel día y por el resto de la semana. Así fue que muy pronto pasaron de ser buenos compañeros a ser buenos amigos y como es de esperar, se conocieron bastante, más de lo que ellos mismos sospechaban hasta ese instante. Nicole se esforzó en conocerlo y pronto se enteró de su vida sentimental, de sus gustos musicales, de sus películas favoritas, de sus quehaceres cotidianos, hasta conoció a su familia y a uno que otro de sus amigos, sin embargo aún faltaba lo más importante.
Ella sabía muy bien que Matías se había convertido en toda una revelación para las chicas por aquellos días, pues físicamente tenía atributos muy seductores, como una buena estatura, cabello de color café claro, ojos celestes y una fisonomía imponente de deportista – pues se trataba de un destacado corredor de 100 y 200 metros planos-, sin mencionar que contaba con una personalidad avasalladora y, al mismo tiempo, encantadora para las féminas, fue así que aquella inocente obsesión de niña enamoradiza se hizo aún más fuerte cuando se percató que no sólo estaría contenta por estar junto a él, sino que además, por obtener un inesperado y ocultamente deseado status ante sus compañeras. Se hizo tan fuerte aquella obsesión que por muchos momentos fue difícil distinguir la línea que lo separó del capricho.
Tanta fue su obsesión por Matías que todas aquellas observaciones sobre él comenzaron a tener utilidad para lograr el principal objetivo, ganar su corazón. Fue así que cada encuentro, cada conversación, cada una de sus palabras se trataba de un planteamiento predefinido, donde tenía la obligación de obtener al menos una sonrisa, una mirada cómplice, una respuesta asertiva, un gesto amable o simplemente un momento agradable. Poco a poco comenzaron a reunirse más seguido, en los recreos, en la biblioteca, a la salida de clases o camino a casa, donde conversaban especialmente sobre los temas que a él le interesaban – atletismo, música, películas, su vida -, al mismo tiempo que fumaban los cigarrillos precisos. La tristeza definitivamente no tenía cabida entre los dos y mucho menos la espontaneidad.
Nicole comenzó a acompañarlo a las carreras de atletismo, donde Matías sólo conocía de triunfos. Una de esas tardes ganó cómodamente todas las competencias donde participó y vio colgar sobre su pecho medalla tras medalla. Fue ahí donde finalmente ella lo logró, sólo bastó un largo abrazo, una mirada fija, una suave inclinación de sus rostros y el entrelazamiento de sus labios para iniciar la peor de sus pesadillas, el peor de sus triunfos, donde ella nada podía hacer, más que mantenerse encerrada en una jaula, como lo hace un conejo, y esperar que “el de afuera” tenga piedad. No obstante, antes, Nicole habría de pasar las semanas más felices de su vida entre locales nocturnos y la universidad, entre su departamento y los amigos, entre tragos y libros, todo era perfecto entre ambos, excepto por algo, por lo oculto, por lo que casi nadie ve. ¿Cómo podrías descubrir una verdad que sólo está en la mente de un hombre? ¿Cómo podrías descubrir a un actor perfecto? Matías estaba lejos de ser aquel inocente joven que aparentaba o que Nicole creía que era.
Matías sólo guardó silencio, pues siempre lo supo, siempre se dio cuenta de todo, de aquella muchacha que lo miraba aquel primer día sin cesar, que aprendió a fumar ese mismo día, que era cariñosa con él, que le ayudaba con los ramos y que aparentemente sentía atracción por él, se percató de su acercamiento y posterior obsesión, él al principio siguió el juego, pero después quiso ir más allá, tener el control de éste y para ello sólo faltaba algo, que ella se enamore. Lamentablemente lo logró.
- ¡Te amo! - frotaba de los labios de Nicole todos los días, a cada momento, con una mirada sincera.
- Yo también te amo - le respondía Matías en cada ocasión, sin mirar a los ojos, soltando una lágrima de risa en su interior.
Así pasaron los meses y luego los años, Matías nunca la amó, pero él sabía que ella lo amaba, entonces jugó y siguió jugando… pronto se casaron y tuvieron hijos, Matías tuvo cuatro mujeres más y ella lo perdonó cinco veces, una más por el hijo que él nunca reconoció, el juego siguió para él y Nicole no podía salir de la jaula, “el de afuera” le daba pastito y ella seguía comiendo, pero ya no tan contenta como al principio, ¿Qué hará aquella criatura? ¿Esperar tristemente su muerte o encontrar la manera de escapar? ¿Y si las barras son más fuertes?...
¿Quién ganó?... ¿Quién ganará?
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