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mi amigo se iba lejos. adiós, le dije. gracias, respondió y se fue tal como vino, es decir, en su silla de ruedas y con esa sonrisa que no podía dejar, pues así había quedado después del accidente, con una sonrisa jalada, la parte de los cachetes estirada, como plástico quemado. me escribes, le dije mientras subía en el auto de su padre. asintió.

desde que le conocí supe que íbamos a ser grandes amigos, y así lo fue, pero, en cualquier espacio de la vida, hay desavenencias y eso que toca el alma y lo toca para cerrarlo mas y mas... viajamos juntos y conocimos grandes mujeres. llegó a ser una persona especial, ya que, para el mundo, no lo fue, nunca quiso serlo, siempre quiso ser como él... viajó mucho, amó mas, tuvo hijos e hijas pero nunca se caso. conoció mundo, a pesar de tener tan solo treinta y tres años... y luego, al cabo de tanta experiencia que conocía por los avisos de sus padres y hermanos, una mañana tocó la puerta de mi casa, y allí estaba, contento, tostado por el Sol, y dos bellas mujeres en sus brazos. vamos, me dijo. yo ya estaba casado, pero, era mi amigo y no podía negarme. le dije que me esperara afuera y eso hizo. al poco rato inventé una mentira a mi esposa y salí con mi amigo.

aquella noche fue terminal, como si mi vida hubiera comenzado y terminado. volví a casa siendo otra persona. hablamos de todo, mas bien, él habló de tantas cosas que supe lo enano que era mi mundo. sin embargo me dijo que hubiese querido tener mi vida. le pedí que me lo explicara. lo hizo. me dijo que jamás ha podido escapar de la mediocridad, que tuvo el mundo en sus manos y apestaba, se podría, mientras notaba que todo cuanto tocaba se marchitaba como una rosa... no le entendí, pero algo sentí que deseaba compartir conmigo... él siguió hablando hasta que llegó la media noche. las chicas se habían ido y tan solo estábamos los dos en el Bar. le dije que ya era bastante tarde y que al día siguiente tenía que laborar. nos vamos, me dijo. se levantó y salimos de aquel lugar.

tomamos un auto y de este salieron cinco personas. nos cogieron del cuello y nos golpearon hasta dejarnos inconcientes. cuando recuperé la conciencia, estaba en un hospital frente a mi esposa, hermanos, hijos y amigos. pregunté por mi amigo y me dijeron que había perdido medio cuerpo. la columna, agregaron... de pronto traté de mover las manos y supe que no tenía nada... me asusté y luego supe a través de los ojos de la gente que me rodeaba que yo había quedado peor. totalmente inmóvil. quise morir, pero no pude... fue mi amigo quien se acercó a mí al cabo de un par de semanas, y me dijo algo que nunca olvidaré: que te parece, vivimos... le miré y le vi en su silla de ruedas, con sus manos llena de llagas y su cara arañada en todos lados. me dio lástima pero recordé mi vida y sentí temor de verme al espejo. no temas, me dijo, estás bien, tan solo no podrás moverte jamás, pero sí podrás ser feliz... pensé que era una broma cruel. mira, la vida es así, nos quita aquello que nos sobra, tal como las uñas largas y el cabello, y todo para nuestro bien. somos árboles que crecen y dan algo muy importante, frutos eternos como el amor sin condiciones, la belleza interior, y ahora, tenemos el resto de tiempo para ello... alégrate, agregó.

no quise escucharle mas y cerré los ojos y me puse a llorar. cuando los abrí, no lo vi, pero diablos, cómo deseaba escucharle y hablarle, era mi amigo, y podía escuchar aquello que tanto temía... ¿y ahora? ¿qué hago?.

salí del hospital y me llevaron a mi casa. era una planta mas de la casa, pero podía hablar y cantar como una golondrina. descubrí que pensando y meditando podía ver cosas que jamás iba a ver dentro de mí. una noche en que meditaba vi a un ser alado como un ángel. se me acercó y me dijo cosas bellas como que era un índigo y que mi vida tenía un sentido, que me faltaba realizar mi destino. ¿cuál?, pregunté. ser, tienes que ser tu mismo... concluyo, para luego ver como desaparecía en el fondo de mi oscuridad interior... pasaron los días y una mañana, sonreí de estar vivo y supe que había algo mas por hacer... y eso era ser feliz con lo poco que tenía, que era: respirar, respirar, respirar... y respiré.

al día siguiente vino mi amigo, con su silla de ruedas... traía una hoja escrita. me la dio. la leí y fue hermoso lo que sentí, era como respirar largo y sentido. gracias, le dije, y seguí respirando... de nada, me dijo y le vi salir, respirando largo y profundo tal como yo...

y así fue como seguimos nuestra amistad hasta que me dijo que se iría de viaje, y así, aquella mañana, fue la última vez que le vi...

me cuentan que escribe y que siempre habla de su amigo. pensé que se trataba de mí, pero no, no era de mí, hablaba de la respiración...



san isidro, enero del 2008

Texto agregado el 31-01-2008, y leído por 125 visitantes. (0 votos)


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