Ernesto aprovechó un momento de la pelea en que su oponente descansaba para enjugarse el sudor, que le escurría como queriendo escaparse de la masacre. Aunque ambos contrincantes habían demostrado gran maestría para la lucha sólo uno podía ganar, sin revancha, la victoria era cuestión de vida o muerte en sentido literal.
Ernesto no sabía a ciencia cierta por qué peleaba, no sabía si ganaría algo o únicamente acrecentaría su ego por destrozar a Fermín, pero en ese momento de sosiego recordó a cada una de las personas que significaban algo para él. Pasaron por su mente a una velocidad impresionante pero al mismo tiempo con una claridad casi real sus hermanos que vivían al otro lado de la frontera y de quienes hace tanto no se sabía noticia, como si se los hubiese devorado ya la tierra; Rodolfo su más cercano amigo, casi su hermano, quien nunca lo había traicionado a pesar de todo y quien siempre había estado junto a él en lo peor y en lo mejor; Laura, aquella, la del cabello oscuro y largo, liso, que tenía ojos como azabache recién pulido. Lo más estimulante para él fue remembrar las últimas palabras de su abuelo, don Uriel que había muerto hace menos de un mes, dirigidas especialmente a él, Ernesto eres todo un hombre, agradezco a Dios porque tus padres te supieron guiar por el camino del bien, nunca te rindas hijo… y con una lágrima casi congelándose en aquella invernal noche, habiéndole quemado el pecho su último suspiro a don Uriel, sí abuelo, tenlo por seguro.
Entonces ya no era sudor lo que se secaba Ernesto, se arrancaba nuevamente una gota de dolor que laceraba sus mejillas, pero no hay tiempo para esto, que si me distraigo se me deja venir Fermín y me aniquila. El lugar estaba solo, completamente, el único que se atrevió a cruzar entre Fermín y Ernesto fue el viento gélido de la mañana, ambos vigilaban cada movimiento del otro, una danza fúnebre, un respirar cortadamente al filo de la desesperación, calma, calma, si desespero estoy perdido, sangre fría Ernesto, sangre fría.
Todo sucedía tan rápidamente que llegaba a parecer eterno. Por fin Ernesto se acercó cautelosa, retantemente a Fermín, quien reaccionó de igual manera. Quedaron a una distancia en que casi podían tocarse los cuerpos combatientes, se escuchaba el corazón de Fermín en el de Ernesto, probablemente también viceversa. Pues terminemos esto Fermín, claro Ernesto, que muera quien deba morir, así las cosas.
Entonces un movimiento en falso de Fermín, la reacción instantánea de Ernesto para asestar el mortífero golpe, pero algo borroso, como una sombra que se había acercado poco a poco hasta ellos, desapercibidamente, en sigilo, buscando también el momento oportuno para manifestarse. ¡Cuidado Ernesto!...
Un dolor ya muy conocido obligó a Ernesto a soltarse de su asidero, abandonando definitivamente el duelo. ¡No mamá! que estaba por matar a Fermín, suelta mi oreja ¡ay, ay!, ya te he dicho que no juegues maquinitas, ¡ay, ay!, menos en horas de escuela y con dinero mío, pero mi abuelo me dijo que no me rindiera, no seas payaso Ernesto, ¡aaay!
Ian Aleksándrovich |