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Iglesia de Chamberí
Hubo un tiempo en que me era grato visitar la iglesia de la Milagrosa, situada en la calle García de Paredes, en pleno barrio de Chamberí. Me encantaba el recogimiento que allí reinaba y las luces de la tarde que se colaban por sus altas vidrieras. Muchas monjitas de la cercana clínica (del mismo nombre) iban allí a rezar en soledad. Yo buscaba un rincón entre las sombrías columnas, y simplemente estaba allí, con la mente en blanco, dejando que Dios hablara por mí lo que quisiera. A Dios le gusta el silencio, como alguien muy querido me tiene dicho. ¡Oh, acacias del barrio de Chamberí, siempre me esperabais a la salida con vuestras mejores ramas!
A veces llegaba con la misa comenzada, y el recogimiento no era el mismo. Dulces monjitas de la clínica, esposas de Cristo; nunca se echaba a faltar vuestra presencia.
En una de estas ocasiones hubo alguien que se vino a mi refugio de las columnas. Era una mujer cuya edad frisaba con los sesenta años. Iba muy humildemente vestida. Su rostro era todo un poema de dolor. Lloraba silenciosamente, y las lágrimas resbalaban por sus mejillas como las gotas de un cirio encendido. Le pedía a Dios, con palabras entrecortadas, las razones de su dolor. Durante la consagración del pan y el vino, sus rodillas medían las frías baldosas del suelo, tal que daba tristeza verla. Cuando le di la paz, su manecita palpitaba como el corazón de un gorrión. Miré hacia la vidriera, inundada por el halo de luz de la primavera de Madrid, y dejé que la mujer tomara posesión de mis oraciones. ¿Dónde tenías, Dios amado, tus brazos para aplacar el dolor anónimo de esa mujer?
En la fila de las monjitas se oía a un bebé llorar, y el suyo era un llanto de vida, no de tristeza. Había también niños, que esperaban con impaciencia el momento de salir a hacerle los honores al sol de primavera. Había personas, y no nos estorbábamos los unos con los otros.
Mi compañera de banco fue a tomar la comunión, y la humedad seguía en sus ojos a su regreso.
A la salida de la iglesia, vi que se encaminaba a la calle Santa Engracia con la cabeza gacha y el paso tardo. Le esperaba su dolor cotidiano, y encima de nosotros se erguían los árboles con sus hojas a estreno.
Historias de una iglesia visitada en el anonimato de la juventud.
El sueño de la noche me llama como en aquel entonces me llamaba el sueño de la vida.
El jardinero de las nubes.
Texto de jardinerodelasnubes agregado el 06-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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