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En Nuestro Rincón Infantíl, hoy presentamos: «EL MONSTRUO DEL PLACARD»
«EL MONSTRUO DEL PLACARD»
Moja las sábanas: GUILLERMO SOUBELET
«Al ver (escondido detrás del perchero) que el monstruo le decía a mamá que se la iba a comer, comprendí que la bestia se había equivocado. ¡Creyó que ella era la presa que yo le había prometido y se la iba a devorar en mi propio dormitorio!
Pero mejor empecemos desde el principio:
Todo comenzó cuando papá y mamá me mandaron a aquella psicóloga gorda. Bueno, no; bastante antes en realidad. Porque para ese entonces mamá ya no me dejaba mirar en el sofá del living las peli de terror que pasan los viernes a la noche en la tele, y papá ya me había dado varias palizas para que no fuera marica y la acabara con llorar de noche si me apagaban el velador de la mesita de luz. Sí, pero el peor de todos era mi hermano mayor (sobre todo a partir de la vez que me hice pis en la cama y él se enteró). A partir de ahí él (y papá) me hicieron la vida imposible. Y fue por ese entonces que a mamá se le ocurrió lo de la psicóloga (y, la verdad, la verdad, a mí siempre me pareció que salió con aquello de la psicóloga por temor a que, si las cosas seguían así, mi papá me terminara matando a golpes).
Había una sola cosa que me producía más pánico que papá (o que a mi hermano). Lo que me hacía llorar de noche si me apagaban la luz del dormitorio. Lo que no me dejaba dormir y me obligaba a pasar las noches despierto, temblando de miedo y llorando. La causa por la cual papá me pegaba y mi hermano me burlaba. El motivo por el cual me mandaron a la psicóloga gorda. Y lo que me hacía hacerme pis en la cama: el monstruo del placard. Y ahora que lo pienso, mi papá era una especie de socio del monstruo del placard. Porque era él quien me apagaba la luz. Y era entonces que, ni bien mi cuarto quedaba a oscuras, se abría la puerta del placard.
Ah, y no sólo se abría. No. Estaba la respiración aquella. Y los ojos amarillos, que me miraban, brillantes y fijos, desde la oscuridad del interior del placard como la braza de dos cigarrillos. Ni bien apagaban la luz se entreabría lentamente la puerta del placard y, a la vez que esos ojitos llameantes se clavaban en los míos, comenzaba a oírse aquella respiración pesada, carrasposa, repugnante. Y de nada valía que llorara y me tapara la cabeza con las sábanas. El monstruo del placard permanecía ahí dentro, jadeando, observándome. Por supuesto que mas de una vez pensé en rociar con kerosén al maldito placard y prenderlo fuego; pero cuando se tienen solo ocho años uno no va y enciende fuego el placard. Sí, hasta que finalmente pasó una cosa espantosa que todavía no les conté ni a ustedes ni a la psicóloga... y que tampoco tengo intenciones de contársela todavía.
Bueno, ahora les voy a contar eso terrible que pasó después. Una noche mi papá me castigó por no me acuerdo qué cosa y me obligó a quedarme encerrado en mi cuarto con la luz apagada. Por mas que lloré como nunca y mi madre intentó disuadirlo, mi padre estaba decidido a encerrarme con la luz apagada. Como todas las noches, yo sabía lo que sucedería. Y, aunque me aterraba mirar hacia el placard, no podía evitar hacerlo, como hipnotizado. Casi inmediatamente se entreabrió la puerta del placard y comenzó a oírse aquella respiración repugnante que tanto conocía. Y los ojos. Aquellos ojos fijos que me impedían dormir y que llenaban mis noches de pesadillas. Entonces sucedió: aquella noche el monstruo del placard me habló. Lo que oyeron: el monstruo me llamó. Luego de que se abriera la puerta del ropero, el monstruo, con aquella voz inmunda, desde adentro, me dijo:
__ Quiero que te bajes de la cama y te acerques al placard __ por supuesto, yo estaba temblando de miedo, y mis piernas no me respondían. Quería gritar para llamar a mis padres, pero no podía. Sentía la boca seca y por mas que me esforzaba ningún sonido salía de mi garganta, Sobre todo cuando el monstruo, que se dio cuenta de lo que yo intentaba, me dijo:
__ Si llegás a gritar voy a salir del placard y te voy a comer __ cuando comprendió que yo había comprendido volvió a hablarme:
__ Ahora quiero que te bajes de la cama y te acerques al placard __ aterrado, obedecí. Me acerqué a la puerta entreabierta del placard y ahí me quedé parado esperando, llorando, en pijama y con una sola media. La puerta se hallaba abierta solo unos cuatro centímetros y dentro del placard era una oscuridad absoluta (como todos los placard, claro) excepto por aquellos ojos brillantes que me hipnotizaban y aterraban. Entonces el monstruo me dijo lo que yo sabía que me diría. Me dijo que tenía hambre. Y que solo comía seres humanos. Yo no hablaba. Lloraba en silencio y miraba fijo a la rendija que dejaba la puerta entreabierta.
__ ¡No quiero que me coma! __ lloré.
__ Lógico. Pero tenemos un problema __ me dijo con su voz carrasposa __ Tengo hambre. Mucha. Necesito comerte. Ya sabés cómo es esto: si uno no come, se muere. Pero resulta que me caés un poco simpático. No mucho. Pero un poquito. No tanto como para no comerte y quedarme con hambre. Y lo suficiente para darte una oportunidad.
__ ¿Qué oportunidad? ¿Qué tengo que hacer?__ supliqué, entre sollozos.
__ ¿Acaso no te das cuenta? Necesito comer. Necesito comer una persona. Cuanto más grande mejor...
__ ¿Mi hermano? __ pregunté, llorando más todavía.
__ Tu hermano no es mucho mas grande que vos. ¡Tengo mucha hambre! ¡Mucha! Necesito un cuerpo grande. De adulto humano. ¿Conocés alguno que me puedas traer?
A la mañana siguiente, ni bien papá salió de casa para la oficina, corrí a contarle a mamá lo que me había pasado la noche anterior. Por supuesto que inmediatamente mamá fue hasta el teléfono para llamar a la psicóloga. Pero fue tal el berrinche que armé que se convenció de que algo había pasado esa noche. Me dijo: __ Está bien. Vamos a ver al famoso monstruo __ le expliqué que no, que no siempre aparecía. Que a lo mejor no aparecía ni hablaba ni nada. Pero ella dijo algo así como «ya me parecía que eran cosas tuyas. Te doy la oportunidad de ir con vos. Si aparece el famoso monstruo, te salvás; si no, esta noche se lo cuento a tu padre y preparate para la paliza que te va a dar»
Pero el monstruo estaba. Y no solo eso: le habló. ¡Sí, le habló a mamá! Creyó que ella era la presa que le había prometido. Entonces le dijo que estaba hambriento. Que necesitaba comer un humano adulto. Y que aunque ella no era del tamaño que hubiera preferido, a falta de algo mejor, se la comería a ella.
Entonces mamá se puso a llorar descontroladamente. Nunca la había visto llorar así. Es raro y bastante feo ver a los padres llorar como niños. La cosa es que mi mamá lloraba y lloraba y se retorcía las manos. Y también hablaba, pero a causa del llanto no se entendía ni una palabra de lo que decía. Principalmente preguntaba porqué ella. Que no quería que se la comiera a ella. Pero el monstruo del placard repetía una y otra vez que a él no le importaba nada lo que ella quisiera. Que tenía hambre. Que si le daba impresión cerrara los ojos porque la iba a matar y se la iba a comer en ese momento. Mamá cerró los ojos apretando muy fuerte los párpados. Yo me tapé la cara con las manos. Entonces el monstruo dijo:
__ En un momento pensé que ibas a entregarme a tu esposo. Te felicito. Es admirable tu lealtad con tu marido teniendo en cuenta lo de él y tu prima Alicia. Lástima que él nunca va a tener oportunidad de agradecerte este gesto tan noble. Este gesto tan increíblemente estúpido en realidad... Bueno, adiós Beatriz...
__ ¡¿Qué pasa entre mi marido y mi prima?! __ estalló mamá, que no parecía comprender la gravedad de su situación. A lo mejor quería llegar al Cielo siendo una muerta muy bien informada.
__ Vamos... ¿No te enteraste? ¡Lo sabe todo el barrio! Resulta que todos los martes, cuando te vas con tus amigas a... (y entonces el monstruo comenzó a hablar en murmullos. Como si aquello fuera algo privado entre él y mi mamá. La verdad, me dio celos aquello; porque a mí me conocía de antes. Pero bueno, así era. Entonces pasó algo con mamá. De golpe desapareció el miedo de su rostro. Miró con furia a la rendija del placard y dijo claramente:
__ ¡Mi hijo no se va a quedar sin madre por un hijo de puta así! ¡¿Cómo hago para entregarte a ese infeliz?! Él no va a venir a charlar con un armario.
__ La cuchilla de la cocina. Mientras duerme.
__ ¿Cuándo?
__ ¿No lo sabés? Ahora. ¡¡Ahora!!
La mañana siguiente fue la más excitante de mi vida. Mi casa parecía una peli de la tele. ¡Había patrulleros por toda la cuadra! Todos los vecinos se asomaban por las ventanas o se amontonaban en la vereda de casa. Adentro de casa (sobre todo en mi dormitorio y en el de mamá y papá, donde encontraron el cuerpo de papá ensangrentado) había millones de policías por todos lados abriendo los cajones y los placards. El teléfono no paraba de sonar pero era siempre para los polis, que atendían directamente. ¡Estaba buenísimo! Parecía que todo el mundo se había puesto de acuerdo para venir casa. Todos menos el monstruo del placard. A mí hermano y a mí nos encerraron en la cocina con una mujer policía que ni nos hablaba y que se sentó en la mesada a leer una revista mía de Los Simpson (cuando nos hicieron entrar en la cocina justo salía un poli con la cuchilla ensangrentada dentro de una bolsa de nylon). Mamá se pasó la mañana en mi dormitorio (con la puerta cerrada) hablando con tres policías que no parecían policías porque no se vestían con uniforme de cana. Pero que igual, no sé porqué, uno se daba bien cuenta que eran policías. Además eran antipáticos y mandones. Sobre todo con mamá. Y si bien desde abajo no se entendía bien lo que decían los polis, estaba bien clarito que el problema era que el monstruo se había ido. Porque mamá lo llamaba a los gritos. Incluso desarmaron el placard, pero nunca más volvió a visitarnos.
Sí, y al medio día estuvo bueno porque mi casa apareció en el noticiero (hasta mostraron fotos de papá, mamá y de nosotros dos). Fue lindo aparecer en la tele. Enseguida pensé en qué estarían pensando mis compañeros del cole viendo que yo salía por la tele y ellos no. Me dije que al otro día (porque esa mañana no nos mandaron a la escuela) se los refregaría por la cara. ¡Ja! (bueno, eso todavía no pude hacerlo porque desde aquella mañana que no me mandan al cole. Nos trajeron a casa de mis abuelos – los papás de papá – porque mami tuvo que hacer un viaje largo o algo así). Incluso seguimos saliendo en la tele durante varios días, pero mis abuelos no nos dejaban mirar. Y bueno, son viejos.
Y ahora mi hermano mayor. El único de esta historia del que no les hablé.
Resulta que mis abuelos, poco a poco fueron dejando que invitáramos a nuestros amiguitos a su casa. Primero de a uno o de a dos. Después nos fueron dejando invitar a todos los que quisiéramos (siempre y cuando no dijeran palabrotas ni ensuciaran ni rompieran nada). Bueno, una tarde mi hermano estaba reunido con sus amigos en su cuarto y mi abuela me mandó a que les llevara galletitas. Después de todo soy el mas chico y ya se sabe como es. Bueno, les estaba llevando la bandeja con las galletitas cuando, al llegar a la puerta, sin ser visto, lo oigo contarles, muerto de risa:
__ ¡Ja, ja! Y resulta que cuando mis padres decidieron que durmiéramos en dormitorios separados, dividieron las habitaciones con un enorme placard. Entonces hice dos agujeritos en el fondo del placard y con una linterna iluminaba para el lado de mi hermano, que se asustaba como un tarado creyendo que eras los ojos de un monstruo o algo así. ¡Ja ja! Y yo me divertía poniendo una voz asquerosa, como de monstruo, y asustando a mi hermano. Una noche se apareció mi vieja por el dormitorio de mi hermano y entró a mirar para el placard. Y entonces, recordando lo hijo de puta que era mi viejo, tuve la gran idea.
Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 07-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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