En ocasiones me invitan a bodas, y a la que ayer asistí no pude encontrar excusa para no ir. La ceremonia se celebró en la iglesia de san Juan Bautista de la Concepción (curiosamente un santo oriundo de nuestra vecina localidad Almodóvar del Campo), sita en el número 57 de la calle Camarena, Cerca de Aluche. Se vivieron momentos emocionantes, merced a la maravillosa interpretación de un coro de monjitas y a los niños que con sus travesuras animaban el cotarro de un modo bárbaro. ¡Qué calor hacía! La corbata y los zapatos de las ocasiones especiales me apretaban que no es para descrito.
El banquete nupcial tuvo lugar en el club de campo del aeródromo de Cuatro Vientos, muy cerca de las explanadas donde hace cuatro años se concentraran miles de jóvenes para pasar unas horas con un decrépito Juan Pablo II. Recuerdo que ese mismo día vi en el metro a unos chicos que iban cantando la alegría que les producía el inminente encuentro con el Sumo Pontífice.
Se ve que quienes me invitaron me conocen bien: en el banquete me colocaron al lado del sacerdote que ofició la boda, un viejo conocido mío. Estuvimos casi todo el rato intercambiando bromas cordiales. Él me conoce de un modo intuitivo, por así decirlo, y nos sentimos muy a gusto departiendo juntos, aunque nos veamos muy de tarde en tarde.
A una señora octogenaria le dio una lipotimia, y anduvimos preocupados hasta que vino el apoyo sanitario de emergencia. Al final, la cosa no revistió demasiada importancia.
Tras el banquete, el baile se celebró en un recinto aparte, emplazado en el remate de unos jardines lujuriantes. Yo me quedé fuera del edificio, completamente solo, pues los bailes no son lo mío. Me descalcé mis crueles zapatos, y me congratulé sintiendo bajo mis plantas el muelle contacto de la hierba recién llovida. Había una hermosa fuente, cuyo surtidor se dejaba mecer por la fuerza gravitatoria. Había también estatuas de querubines y elefantes hindúes. Abundaban los cedros y los olmos, por cima de cuyas copas se recortaban unas majestuosas nubes de gloria, que con la proximidad del atardecer sus formas me recordaban a una cordillera de nieve pura, talmente una catedral de los cielos, adonde volaron no pocas oraciones mías destinadas a Dios.
Finalmente, no entré al salón de baile. Me alejé entre los jardines teñidos de resplandores vespertinos hacia donde tenía aparcado mi vehículo. Confío en que con casi trescientos invitados nadie se apercibiera de mi despedida a la francesa.
No obstante, antes de salir del banquete encontré ocasión para hacerles entrega a los novios de mi obsequio de bodas... No se vayan a pensar.
Después, ya vestido con atuendos menos incómodos, conocí el placer de visitar el Museo del Prado al punto de la Medianoche, pues ayer se celebraba en Madrid la "Noche en blanco", en la cual los museos abrían sus puertas hasta altas horas de la madrugada. Toda una experiencia al tiempo que un lujo.
El jardinero de las nubes.
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