Su amable escrito me ha hecho recordar a aquella simpática niña que conocí en la playa hace casi cuatro meses. Entonces era verano y le pertenecían el sol del mar y aquellas húmedas nubes. Ahora nos encontramos en mi estación predilecta, y la niña ya debe llevar abrigo, un abrigo que le cubrirá hasta las rodillas, y verá que las hojas secas forman un tapiz delante de sus pasos. Me la imagino yendo por el paseo marítimo, con los hombros bajos y el pensamiento puesto en su mamá ausente. El pelo le habrá crecido y tendrá las mejillas rosadas por el frío aliento del mar Cantábrico. Y luego la imagino perdiéndose de vista por entre los parques otoñales; aquella mañana se perdió de mi vista brincando entre las espumas de la orilla del mar.
Estos días se habrá acordado de llevar una flor a la tumba de su mamá, y es posible que ya no recuerde que tenemos una cita pendiente para seguir haciendo dibujos en la arena mojada. Acaso piense en la próxima primavera, cuando mayo le traiga el esplendoroso día de su primera comunión, y, si ocurre lo que normalmente ocurre en estos casos, se despedirá de Dios hasta que ella quiera volver a abrirle su corazón. Pero existe la posibilidad de que siga amando a Dios, porque su mamá se encuentra con El, y yo rezaré para que nunca se olvide de su Padre de los cielos.
No sé si volveré a encontrarla alguna vez. Esperemos que se dé otro nuevo milagro en el foro, como cuando el habichuelillo se dirigió a mí aquella vez. Fue un momento y un sentimiento que jamás olvidaré.
Si usted en alguna ocasión se encuentra con una niña que pudiera ser la que conocí, dígale que aún mantengo la cita para hacer con ella nuevos dibujos en la arena de la playa. Acaso algún día se produzca el milagro de encontrármela en este foro. Si por un casual llegara a leer el relato que usted tan amablemente ha reproducido, sabrá que me refiero a ella sin el menor asomo de duda.
De todas formas, gracias por traerme de nuevo a la memoria ese momento tan emocionante de mi solitaria vida.
El jardinero de las nubes.
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