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Consideraciones personales sobre la soledad

El enunciado del mito del buen salvaje que el otro día apuntaba, no es privativo de Levi-Strauss. Este mito trae aparejada la soledad, esto es, el alejamiento del mundanal ruido, como el título de la novela del inglés Thomas Hardy, premio Nobel de literatura en 1921.

En el Renacimiento se dieron las pautas para el regreso a la Edad de Oro (tan alabada por don Quijote en su alocución a los pastores, que aparece en el capítulo XI de la Primera Parte de nuestra obra cumbre), aquélla en que las puertas del Paraíso Terrenal estaban abiertas de par en par para el género humano. La clave estaba en abandonar el bullicio de las ciudades y retornar a la paz de los campos. Surgió, de esta manera, la imagen del campesino idealizado, que encontró su pleno apogeo en la novela pastoril. Cervantes escribió a este tenor "La Galatea", y en su obra cumbre aparecen continuas referencias a este tipo de vida.

El concepto del campesino idealizado devino en el mito del buen salvaje. Fray Antonio de Guevara (autor de gran predicamento en las cortes de los Reyes Católicos y de Carlos I), quien escribió el famoso "Reloj de Príncipes", empezó a sentar las bases del buen salvaje en sus obras "Plática del villano del Danubio" y posteriormente en "Menosprecio de corte y alabanza de aldea". Fuera de nuestras fronteras, concretamente en Francia, este mito fue igualmente tratado por el fabulista La Fontaine y por el filósofo Rousseau.

Este alejamiento del mundo también lo mencionó Jesús en su última cena: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia" (Jn 15, 19).

El filósofo alemán Schopenhauer hace asimismo en su "Arte del buen vivir" un elogio de la soledad en los siguientes términos: "La sociabilidad pertenece a las inclinaciones peligrosas y perniciosas, porque nos pone en contacto con seres que, en gran mayoría, son moralmente malos e intelectualmente limitados o descentrados. El hombre insociable es el que no tiene necesidad de todas esas personas. Tener suficiente fuerza en sí para poder prescindir de la sociedad es ya una gran felicidad, por lo mismo que casi todos nuestros males derivan del mundo, y que la tranquilidad de espíritu que, después de la salud, forma el elemento más esencial de nuestra felicidad, está puesta en peligro y no puede existir sin largos momentos de soledad" (sic).

Más recientemente, nuestro injustamente olvidado autor tomellosero, Francisco García Pavón, en su novela "Voces en Ruidera" señala que las soledades afilan mucho la imaginación.

En definitiva, yo he sido a lo largo de mi vida demonizado por mi propensión a la soledad, y éstos son los cargos que presento a mi favor. No obstante, Jesús experimentó la angustia de la soledad en el huerto de Getsemaní, y yo también he conocido el dolor de estar solo.

Pese a todas las ventajas filosóficas que pueda reportar la soledad, yo no se la recomiendo a nadie.
Tomad nota, jóvenes: no dejéis que la soledad se apodere del verdor de vuestros años mozos. Sed buenas personas en la medida de vuestras posibilidades, y contentaos con lo que hayáis recibido de Dios, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento (Col 2, 2-3). El ansia desmedida de libros es una enfermedad del alma, si bien atípica, tan demoledora como la más pintada. Ya lo decía el Predicador: "En la mucha sabiduría hay mucho sufrimiento; y quien añade ciencia, añade dolor" (Ecl 1, 18).

Que nadie envidie al jardinero. Sería como envidiar las cinco llagas de Cristo.

El jardinero de las nubes.


Texto de jardinerodelasnubes agregado el 07-02-2008.
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