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Inicio / Cuenteros Locales / jardinerodelasnubes / En el Jardín Botánico

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Hace no mucho tiempo, como me aburría en mi tiempo libre, me iba tordas las tardes del mes de abril al Jardín Botánico. Era fantástico, porque en medio de ese eximio milagro de la Naturaleza mis pensamientos se acallaban de un modo agradable. Me convertía en hoja de ailanto, en chorro de fuente, en aire embalsamado, en fugitivo sol urbano. Veía en las galerías exposiciones de las plantas extinguidas en las selvas amazónicas, como consecuencia de los incendios provocados por la insensatez humana, plantas que contenían valiosos principios activos para luchar contra enfermedades tan terribles como el tifus y el cólera. Pero lo que más me gustaba era irme al rincón más recogido del jardín y tumbarme boca arriba en un banco de piedra. Mis ojos se recreaban entonces contemplando el vistoso diorama de chispas de luz y sombras frescas de la bóveda de ramas esplendorosas que me cobijaba. Los pájaros emitían sus arpegios de las tardes abrileñas.

En un momento dado, mis párpados se cerraban y notaba que me subía por el pecho una arcada de vida. ¡Qué buen escenario para haber encontrado la felicidad! No me venían a las mientes pensamientos de Aldea, porque entonces Aldea significaba poco para mí en mitad de mi destierro.

Luego me iba a los tinglados que fueron de la Cuesta del Moyano y hojeaba libros, libros, libros, bajo los castaños de Indias del Paseo del Prado. Tampoco en esta ocasión pensaba en Aldea; mis pensamientos estaban como amordazados ante lo sublime. Sólo percibía que allí el canto de los pájaros era el mismo que en la Higuera.

Durante aquel mes de abril llegué a hacerme muy conocido entre los vigilantes del jardín; me saludaban casi efusivamente. Todas las tardes acudía sin falta.

Por otra parte, en otoño me gustaban los Jardines de Sabatini, y desde allí me quedaba extasiado viendo en lontananza las estatuas que adornan la fachada del Palacio Real. En el estanque me miraba el rostro y me daba apuro imaginar lo que había detrás de mis ojos tristones.

Luego llegaba la noche, y la inocencia era bálsamo para las heridas de la soledad. El sueño me asediaba lejos de mi vieja cama niquelada de Aldea.

Dicen, sin embargo, que la vida es un sueño.

El jardinero de las nubes.

Texto agregado el 07-02-2008, y leído por 114 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-05-25 08:24:54 Bella reflexión. Me ha gustado leerla. Un saludo de SOL-O-LUNA
2008-05-10 02:20:05 de verdad es muy lindo, no hay como la naturaleza y sentirse parte de ella carolina52
2008-04-05 09:27:30 La razón por la cual te sentías tan bien allí entre trinos de pajaros y verdes plantas es que el hombre forma parte íntima de la naturaleza...estrechamente unidos estamos con ella aunque a veces esta moderna civilización nos haga olvidarlo...y SI la vida es un sueño, por eso nunca dejes de soñar...me encantó la frescura de tus palabras...5* aguaderocio
2008-02-07 20:09:35 Es un texto precioso. Ha sido un placer leerlo. Un beso y mis estrellas. Magda gmmagdalena
 
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