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Obituario de Riñegatas
Es la primera vez que me ocurre en este foro: escribir un panegírico de alguien y que al poco tiempo este alguien emprenda el viaje definitivo, viéndome en la necesidad de escribir el correspondiente obituario.
En esta vida no volveré a ver las flores y las plantas de Emilio, Riñegatas. Me doy cuenta del raudo paso de la vida. No hace mucho veía a Emilio en el cementerio, mimando las flores con la dedicación que un relojero otorga a sus delicadas maquinarias del tiempo. Hombre bueno y silencioso; no esperaba de la vida más que lo que ésta le había dado. No se quejaba de su soledad ni de su soltería. Dios le había dado los cielos mágicos de Aldea, las nubes que regaban sus flores, el respeto de sus paisanos y la fidelidad y el cariño de su perrillo. Su presencia nunca levantaba animosidades; su paso por las calles se asemejaba a una brisa apacible de otoño, de esas que se levantan en los días del sol del membrillo. No era hombre que despertara pasiones en las mujeres, pero era un hombre que portaba sobre sus hombros el mayor misterio de la existencia: cómo vivir en paz sin las cosas que a otros no les han sido negadas, sin los brazos de una esposa, sin la bendición de los hijos, sin la dulzura de los nietos, sin el prestigio de aquellos que pugnan por alzarse por encima de sus semejantes. Era un hombre tan sencillo como el camino de una hormiga, como un rayo de sol destellando sobre una flor perlada de rocío, como el canto de un pájaro que nadie escucha aun teniendo su melodía en los oídos...
Riñegatas, demostraste que es posible vivir sin las vanidades de este mundo; la belleza de tus flores era el único trofeo que anhelabas.
Te prometo que tu paso por la vida no ha sido baldío. Gracias por esta hermosa lección que tú nos impartiste en medio de tus silencios. Y nadie puede decir que no fueras un hombre cariñoso cuando te dirigían la palabra.
Seguro que en vida nunca adivinaste que algún día el mundo te admiraría como yo te admiro, tú que pensabas que nadie te iba recordar cuando te fueras. No te hizo falta más que hacer una sola cosa para conseguirlo: vivir.
Nunca te olvidaré, Señor de las Flores, aunque Aldea te acabe olvidando.
El jardinero de las nubes.
Texto de jardinerodelasnubes agregado el 07-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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