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Inicio / Cuenteros Locales / ggg / Los niños sin nombre (parte I)

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LOS NIÑOS SIN NOMBRE (parte I)

- Usted toma ese desvío y se ahorra algunos kilómetros de asfalto en mal estado, corre casi paralela a la ruta.
Eso le dijo a Lucas aquel sujeto que empujaba un carro con bolsas, señalando hacia una recta y pareja calle de tierra que se adentraba en una arboleda, varios metros mas adelante, cuando se salió del camino para preguntarle hasta donde continuaría ese tramo desastroso de la ruta.
Luego de darle las gracias enfiló el vehículo hacia ese lugar.

Lucas tenía veintidós años y ninguna preocupación, soltero y sin apuro, un trabajo con una aceptable renumeración y tiempo durante su licencia anual, de la que estaba disfrutando, como para ir a visitar a su hermano que se había mudado a aquella ciudad a la que se dirigía ahora. Apenas tomó el atajo adentrándose en la arboleda, pensó en ese silencio y paz que lo invadían por efecto del cambio de la ruidosa y descuidada ruta a ese camino arbolado y decidió bajar la velocidad, tomarse su tiempo y disfrutar del viaje. Lo que Lucas no sabía era que, ahora, afuera había demasiado silencio, fuera del que producía su auto, absoluto. A ambos lados del camino esos árboles bien podrían multiplicarse hasta el infinito y aunque se hallaba perfectamente cuerdo, Lucas ya no estaba en su realidad. Había cruzado algo. Había pasado una línea, una puerta o caído en un agujero que tenia el tejido de nuestra realidad. Mientras conducía lentamente algo de lo extraño que había en el exterior llegó a el: le daba la sensación que el bosque que tenía de un lado era el reflejo del que veía en el otro, tan parejo y simétrico se veía todo. Por eso casi sintió salir de un trance hipnótico cuando el bosque llegó a su fin y divisó a lo lejos un grupo de casas, un pueblo. Avanzó algunas cuadras dentro del pueblo y entonces el motor del auto se detuvo, como si lo hubiera apagado. Continuó avanzando unos pocos metros, por el impulso, tratando de hacerlo arrancar, hasta que se detuvo. Cuando salió del auto, ahora si, notó el silencio, si no hubiera escuchado el sonido de la puerta del vehículo, al cerrarla, hubiera creído que se había quedado sordo. Con atención miro a su alrededor y notó que el pueblo, que al principio solo le pareció un grupo de casas en realidad era mas grande. Claro, es mediodía y todo el mundo está almorzando, pensó, al no ver un alma y al mirar su reloj vio que estaba detenido a las doce en punto. Lucas esperó ver aunque sea un niño jugando en ese pueblo que parecía deshabitado, niños hay en todas partes y a toda hora del día, se dijo. Y no sabía cuanta razón tenía, en ese lugar, había niños.

Ahora, Lucas, se lamentaba de no entender nada de mecánica y por eso no tener idea de lo que podría tener el auto, solo sospechaba que ya no tenía energía ¿podría haberse descargado la batería? Levanto la tapa y examinó por un rato, todo parecía normal. Pero no encendía y punto. Cuando levantó la cabeza, se sorprendió, había un niño a su lado al que no había visto acercarse. Tendría unos siete años, el torso desnudo, pantalón corto y zapatillas, delgado, piel blanca, pelo negro y ojos muy negros. Miraba el auto y a el con curiosidad, ¿era curiosidad de niño? Lucas le sonrió y no estuvo seguro del gesto que le devolvió. Decidió preguntarle:
- ¿Cómo te llamas?- Y espero la respuesta, el niño hablo, y en ese silencio su voz sonó clara:
- Mi nombre no se halla en el diccionario de los nombres- Dijo el niño, como si hablara con un niño.
A Lucas la respuesta le pareció ingeniosa y divertida, sonrió y le contesto:
- Si, ya se, lo busque y no lo encontré y ahora me rindo, dime tus nombres.
- Cuatro patas tiene un perro, tres un perro cojo, yo tengo solo dos, pero no olvide que, nombre, ni siquiera uno.- Dijo el pequeño, muy seguro y mirando fijamente a Lucas.
Lucas sintió un leve escozor porque se dio cuenta que ese no es el lenguaje, ni la actitud, que puede utilizar un niño tan pequeño. Al menos me dirá su edad, pensó.
- ¿Cuántos años tienes, pequeñín? - Pregunto, tratando de demostrar simpatía.
- Todos los que usted quiera darme y más. – Contestó aquel extraño pequeñín.
Lucas tenía una extraña sensación, notaba la actitud de ese niño tan fuera de lugar, dada su edad, que si estuviera hablando con un bebé de un año no habría diferencia. Y el silencio, siempre ese silencio, que hacía que Lucas tratara de bajar la voz por temor a estar hablando demasiado alto. Ahora le invadió una sensación de inseguridad y apartó la mirada del niño tal vez para que este no viera sus dudas, tratando de concentrarse en el desperfecto del auto. Con la cabeza dentro de la tapa del motor se sintió aturdido y sorprendido por la potencia de su propia voz, cuando dijo para si y tal vez para el chico también:
- Vaya, vaya, tu si que estás muerto.

¿Qué haré ahora? se pregunto, se alejo varios metros del auto y el niño, desde ahí miro a su alrededor estudiando al pueblo. No se oía nada, nada, sintió la impresión de mirar un pueblo fantasma. Estaba detenido en medio de una calle de tierra y la ausencia de gente y el silencio daban la sensación de abandono. Sin muchas ganas decidió hablar otra vez con el niño, pero cuando lo buscó con la mirada, ya se había ido. No veía nada que pareciera un taller o gomería. Decidió llamar en una de las casas, se acerco a una, llamó golpeando las manos y esperó. Salio una niña de unos diez años, tan normal como cualquier niña de esa edad, cabello rubio con trenzas, vestido marrón a cuadritos, remera azul y medias blancas con zapatillas. Carita con pecas. Venia saltando el juego de la rayuela aunque no había nada dibujado en el suelo.
- ¿Qué quiere, señor? – Pregunto, cuando llego al portón.
- Busco un teléfono, porque mi auto se descompuso. – Dijo Lucas.
- No puede arreglar el auto con un teléfono. – Dijo la niña, divertida.
A Lucas le agrado este simpático comentario y dijo:
- Ya se, hablare por teléfono con personas que puedan arreglarlo.
- ¿De veras seria capaz de traer personas a este lugar, seria tan malo? – Pregunto la niña, con voz de asombro.
- Vamos, - dijo Lucas - el pueblo no es tan feo. Y yo no lo veo tan malo.
- Espero que pueda irse antes que oscurezca, señor. – Dijo la pequeña, muy seria.
A Lucas, esta advertencia y la mirada de la niña le produjeron gran extrañeza, y realmente no sabía que pensar del asunto.
- ¿Están tus padres?, quiero hablar con ellos. – Dijo.
- ¿Para que quiere hablar con adultos?, – pregunto la niña y agrego – ellos le dirían lo mismo.
- ¿Qué?
- Que se vaya antes que oscurezca.

Bueno, ¿que se trae esta niña?, pensó Lucas.
- ¿Que puede ocurrir al anochecer, exactamente, dímelo? Preguntó, yendo directamente al grano.
- O no, señor, la noche no es mala. Yo digo: cuando oscurece.
- ¿Y cuando pasa eso? – Pregunto Lucas, intrigado.
- Cuando se hace de noche. – Respondió la niña, como si fueran dos cosas separadas.
-Y bueno, – dijo estratégicamente Lucas – entonces dime que pasa cuando oscurece.
La pequeña hizo un corto silencio, como si se hubiera dado cuenta que dijo demasiado y en voz baja, como revelando un secreto, dijo:
- Cuando oscurece hay que tener cuidado, aquí.
Lucas se puso serio.
- ¿Qué pasa en la noche? – Pregunto, inquieto.
- No se, hay niebla y se ve gente caminando.
- ¿Qué tiene de raro eso? – Pregunto Lucas, extrañado por el camino que había tomado la conversación.
- Siempre hay niebla y gente caminando.
- ¿Tus padres las vieron?
La niña no contestó.
- ¿Te dijeron lo que vieron? – Inquirió.
- Yo a veces miro desde la ventana. – Dijo la pequeña mirando al suelo.
- Y que ves, vamos, haz un esfuerzo. – Dijo Lucas, con todo el tacto que pudo.
- No me gusta acordarme. – Dijo, con desagrado, la niña.
- ¿Por qué?
- Porque esa gente se ve asustada y perdida.

Veamos la situación de Lucas: era solo un tipo que por casualidad se había detenido en ese lugar, iba hacia la casa de su hermano que debería estar a unos veinte kilómetros de ese pueblo, un pueblo al que en el no tenía ningún interés en conocer. Solo las circunstancias lo habían llevado a estar parado allí hablando con esa niña. Solo necesitaba a alguien que entendiera de mecánica, que le arreglara el coche y adiós. Sea lo que sea de lo que hablaba esa niña no tenía tiempo de ocuparse de eso. Se encargaría de encontrar a alguien que le ayudara con el auto, nada más. Por eso, aunque sintiéndose un poco culpable, porque sabía que estaba ignorando las respuestas que había dado la niña a sus preguntas, carraspeo y le pregunto:
- ¿Sabrías decirme donde puedo conseguir un teléfono?
- ¿Va arreglar el auto para irse? – Pregunto la niña.
- ¿Hay teléfono en casa? – Insistió Lucas.
- No hay de verdad, yo tengo uno de juguete y hablo con el.
Lucas se quedo mirándola unos segundos y pensó: no, no le preguntare con quien habla.
-Bueno, - dijo, mientras hacia el movimiento que indicaba que se iba – gracias por tu ayuda, adiós. – Y comenzó a caminar alejándose, mientras escuchaba a la niña que le preguntaba:
- Señor, ¿cómo se llama?
- Lucas. – dijo en voz alta y sin darse vuelta.
Y la niña le respondió:
- ¿Es bueno tener nombres?, Lucas, ¿podría darme uno? Uno bonito que me guste.
Lucas no respondió continuó alejándose a paso firme y sin mirar atrás, mientras sentía que su inquietud anterior se estaba transformando en miedo.

CONTINÚA...

GGG

Texto agregado el 08-02-2008, y leído por 249 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
2008-08-14 00:20:52 Que misterio, me pone nerviosa no saber el final Seguiré leyendo. rdejunio
2008-07-12 10:41:30 Uhmmmmmm sorpresa sorpresa... continuaré leyendo. Felicidades. Marta. monotonia
2008-07-07 22:37:06 Que historia tan inquietante, atrapa desde el principio ese halo de misterio...5* seguire leyendo y yo tambien creo que empiezo a tener miedo... taber
2008-05-13 20:51:03 Caramba ! Gracias por invitarme a leer tu cuento. Este primer capítulo está buenísimo. Me voy al siguiente. 5* kone
2008-05-05 13:59:11 me engancho desde el principio... muy bueno 5* para ti. veamos la segunda parte sesi
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