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Leyenda del fantasma de la señora Marulanda en la soledad ®
Javier Correa Correa
Para empezar, me permitiré la licencia de adaptar la manida frase que ustedes recordarán, al decir que no creo en fantasmas, pero de que los hay, los hay. No disertaré como Óscar Wilde en Canterville. Narraré, simplemente, la historia –que no leyenda, aclarémoslo de una vez– del fantasma de la señora M. en el barrio La Soledad de Bogotá. La soledad, de Bogotá.
Aún vivía yo con quien durante muchos años fue mi esposa. Teníamos apenas dos de los tres hijos que alcanzaron a conformar el hogar que luego se destruyó por la presencia fantasmal de alguien de cuyo nombre no vale la pena acordarse. Pero esa es otra historia, así como es también otra apropiación de una frase que ha hecho historia.
Ocupamos una no tan vieja casa, con más habitaciones de las que necesitábamos. Un patio embaldosinado y frío, con un lavadero enorme, contrastaba con un área social diminuta, donde los muebles de sala debían ser más apeñuscados que distribuidos. Bajo el tablado del comedor ambulaban familias enteras de roedores que ponían en peligro la integridad del pobre gatico infante que vivía con nosotros.
En el segundo piso no había ratas, pero sí un fantasma, discreto, cuya presencia sentimos varias semanas después de haber ocupado la casa. Ahora dudo si la palabra fantasma tiene género, y para referirnos a la de esta historia podemos decir la fantasma o la espíritu. El caso es que, antes de nosotros, el lugar estuvo habitado por una familia oriunda del antiguo Caldas y que tenía el muy hidalgo y sonoro apellido Marulanda. Una noche, del espacio que destinamos al estudio, con escritorio, silla giratoria y biblioteca, empezaron a desplazarse unos pasos que hacían crujir el tablado. Con timidez –o discreción, como ya señalé– las pisadas cubrieron los ocho metros que separaban el estudio de nuestra alcoba, por la mitad de un corredor delimitado por una ventana de vidrio martillado y una baranda de hierro forjado recubierto con pintura blanca. Se nos heló la sangre. Los pasos se detuvieron justo en la puerta de nuestro cuarto. Al otro extremo de la casa, los hijos dormían. Los llamamos por sus nombres, de pronto alguno de ellos había sido atacado por alguna suerte de desvelo infantil. Silencio. Las pisadas se devolvieron hacia el estudio. Con un esfuerzo sobrehumano por parte mía, encendí la luz y recorrí el trayecto desandado por las pisadas, pero me dirigí a las alcobas donde los hijos dormían con placidez. No entré al estudio, ahora dudo si por prudencia o cobardía. No recuerdo si eché mano al revólver .38 que igual de nada habría servido. Fue difícil volver a dormir pero al final de la noche logramos conciliar el sueño.
La escena se repitió varias veces más, en muy similares circunstancias que no amerita narrar ni describir, entre otras razones porque nada más que los pasos sobre el tablado se escuchaba ni resplandor alguno se desplazaba, o cosas por el estilo. Nada anormal, mejor dicho.
Otra noche le hablé:
-Bueno, señora Marulanda, ya es tarde. Mañana debemos madrugar, así que por favor regrese a su cuarto.
Escuchamos que “algo” o “alguien” se dio media vuelta y desanduvo sus pasos. No supimos por qué extraña asociación me referí a una señora, ni la razón para haberle atribuido ese apellido. Pero nos dimos a la tarea de indagar por los anteriores habitantes de la casa y confirmamos, cualquiera puede así imaginarlo, que en esa habitación había muerto una anciana de apellido Marulanda, luego de una enfermedad que no sabemos si fue o no penosa.
Aguijoneados por la curiosidad y la codicia, levantamos algunas tablas del lugar, en busca de pequeños pero significativos tesoros que pudieran tener atada el alma de la señora. Pero, además de bolas de polvo y algunas astillas que se me clavaron en las yemas de los dedos, así como raspones en la piel del antebrazo, no hallamos nada. Pero la señora Marulanda no volvió sobre sus pasos. Literalmente. Cuando entregamos la casa para trasladarnos a una más moderna, visitamos por última vez el espacio vacío de lo que fuera la alcoba de la señora Marulanda. No recuerdo si nos persignamos o pensamos alguna oración. Pero de ella nos despedimos.
Descanse en paz.
Bogotá, 7 de febrero de 2008
Texto de javiercorreacorrea agregado el 08-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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