Había llegado a la edad en que sólo podía contar cuentos. Era agradable en su rostro la caricia del sol de otoño. Del lagar subía un delicioso aroma a miel de mosto.
Inclinó la cabeza hacia arriba, y abrazó con su mirada el aire sombrío de lluvia. Una nube le trajo un beso de agua. Unos ojos de niño le devolvieron el gozo de sus años perdidos.
-Ven mañana. Ahora me siento cansado -dijo el viejo.
-Mañana es hoy -espondió el joven-. Cuéntamelo ahora.
-¿Qué quieres que te cuente?
-Aquello que tú desees contarme.
El viejo abatió su mirada al suelo. Las hojas secas chorreaban haces de luz otoñal.
-Cuentan que un día desapacible florecieron las ramas de todos los árboles. Aún no se había fundido la nieve del invierno. «Os habéis adelantado, flores presuntuosas. No sois esperadas todavía.» Ellas se sintieron profundamente ofendidas, plegaron sus lindas corolas y no se las volvió a ver por primavera...
El viejo cerró sus labios de ceniza de leña. Lágrimas de agua tibia asomaron al borde de sus párpados.
-Eres viejo pero aún no has aprendido la lección -arguyó el mozalbete-. Los árboles más hermosos sólo muestran sus flores en invierno.
Y las lágrimas cedieron su puesto a la risa.
El viejo no paró de contar cuentos.
El jardinero de las nubes.
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