La pluma
Atardece. Un cielo opaco se avergüenza de su propia miseria. Insípido y descolorido sólo desea que concluya la tarde para poder escapar del hastío que lo envuelve.
Tu mirada desciende y se posa sobre el jardín estropeado, víctima todavía del invierno, húmedo, roto, como un campo de batalla. Son luego las macetas sobre la repisa junto a la ventana tu punto de mira: una palmera anciana y distante, tres rosas silvestres, un manojo de tomillo rebelde y un par de geranios presumidos que han soportado el invierno sin queja, más bien por la calefacción que por los cuidados y el afecto. Tu panorama ahora se retrae. Tu mano acaricia la rústica superficie de la mesa, áspera y agrietada, coro de carcoma, más vieja que la guerra. Por último tus ojos se detienen en las manos delgadas que aún disimulan la madurez de las arrugas. Hoy no es tu día y parece que las musas te han abandonado, cuando te fijas en la pluma que sostienes entre los dedos, amarilla, casi blanca, desteñida. Sonríes silencioso mientras sacudes la cabeza y comienzas a escribir algo más satisfecho.
Compraste la pluma recién llegado al extranjero, apenas tenías veinte años. Fue en un negocio libanés detrás de la estación. La adquiriste con tu primer sueldo y aunque no era muy cara, te encariñaste con ella. Era una Lamy, una de esas primeras plumas diseñadas para zurdos. Cómo disfrutabas arrancándole palabras al papel sin dejar por fin esas estelas de tinta que tanto te habían amargado durante tu vida escolar, ganándote la ira de los profesores y el consiguiente recorte de notas. Recordaste cuántos cardenales y palos había sufrido tu mano tozuda en el colegio de curas a donde asistías, a manos de algunos energúmenos con sotana que se empeñaban en redimirte; en acabar con el don o con la tara que la naturaleza y el destino te habían otorgado. No lo consiguieron: sigues siendo zurdo y la derecha analfabeta.
La pluma se convirtió en un íntimo amigo, en un espejo deformado de tu ánimo que plasmó los primeros escritos, tus primeros poemas. Ella anotó, comentó esos comienzos de amores inocentes que se prometían eternos y no fueron más que fugaces, victorias efímeras una después de otra. Y a pesar de todo tú y la pluma erais felices, esbozos de una juventud despreocupada sin ser aún asediada por la soledad y el desengaño.
A los treinta comenzaron los problemas. Se amontonaron las derrotas, ya no breves sino intensas y frecuentes. Te olvidaste de soñar, de escribir e incluso de la pluma. Era evidente que las tragedias no se hicieron esperar. La primera, cuando tu perro con ojos vivarachos, moviendo la cola debajo de la cama, te observaba juguetón con un objeto amarillo entre los dientes. A duras penas pudiste rescatarla llena de cicatrices y mordiscos. El perro ofendido, arrebatada su presa, te miró con reproche antes de tumbarse en su rincón e hincarle el diente a su hueso de goma. La pluma supervivió al atentado. La perra ya es ceniza, enterrada desde hace algunos años en el parque debajo de un peral, enterrada en esa parte de los sentimientos que prefieres no tocar. La siguiente, mortal y decisiva, fue el tiro de gracia: la pluma seca y sin tinta, cansada de esperar, se perdió para siempre; desapareció en un rincón entre el polvo, haciéndole compañía a las arañas.
A los cuarenta cuando ya nada te asustaba, acostumbrado a la rutina, resucitaron tus ganas de escribir y con ellas la pluma. Un día que habías vencido tu pereza masculina y pasabas el aspirador por detrás del armario, la encontraste por fin. Abrazaste, estrechaste entre sus dedos a ese Lázaro de plástico, para cargarla con sangre fresca hasta que volvió a funcionar de nuevo, como ahora, como en este instante, cuando las sombras se alargan y llega la noche.
El sueño te vence. Mientras dejas de escribir y colocas la pluma en el vaso, piensas que no importa que con el paso de lo años aumenten los recuerdos, aunque sean dolorosos, aunque sean heridas profundas que se abren de improviso cuando menos te lo esperas, susurrando remordimientos en los silencios que te devuelven al pasado. Sin embargo, ambos habéis resistido a los golpes de la vida, a la inevitable cercanía de la muerte, que cada día que transcurre os hace más viejos, más gastados, pero también más humanos, más eternos; porque habéis aprendido a aceptar vuestro destino... ¿ La gloria?, ¿ La nada? ¡ Y qué más da!
Churruka |