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Inicio / Cuenteros Locales / jardinerodelasnubes / La musa de Jacob van Ruisdael

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NOTA: QUIERO DEJAR ADVERTIDO QUE EN MI ALMA NO ANIMA NINGÚN SENTIMIENTO ANTISEMITA; AUNQUE YO SEA CRISTIANO, CONSIDERO AL PUEBLO JUDÍO COMO UNA HOJA DEL MISMO ÁRBOL DE MIS CREENCIAS. EN EL SIGLO XVII LOS JUDIOS NO ERAN BIEN VISTOS Y MUCHAS VECES SE AISLABAN EN EL CUMPLIMIENTO DE SUS LEYES Y EN SUS GHETTOS. HE INTENTADO REFLEJAR FIELMENTE EL AMBIENTE DE LA ÉPOCA. SOBRE TODO, ESTA HISTORIA ES UN TESTIMONIO DE PROFUNDA ADMIRACIÓN AL ARTE DE JACOB VAN RUISDAEL (1628-1682), PINTOR QUE EXISTIÓ REALMENTE ALLÁ EN LA LEJANA FLANDES.

Hoy día despiertan sin par admiración los cuadros del pintor holandés Jacob van Ruisdael. Las escenas recreadas por su paleta son de una belleza indescriptible: cielos salpicados de nubes de algodón, con sus panzas inflamadas con el sangrar del atardecer; prados blancos de tulipanes y margaritas; molinos, torres y castillos recortándose enhiestos contra un cielo chispeante de idílicos resoles vespertinos; bosques otoñales cuyas silentes enramadas aparecen bañadas de gotas de luz dorada; feraces tierras de labor, pesadas con tanta carga de frutos; y presuntuosas aves, a las que sólo les falta entonar suaves melodías tornasoladas para prestar todo verismo a esos encantadores paisajes... A la vista de tanto esplendor pictórico, pareciera que jamás el doctor Jacob van Ruisdael se hubiera enfrentado a una crisis creativa.
Hubo una sin embargo, y ésta comenzó a fraguarse durante el verano de 1646, prácticamente en los inicios de la carrera artística de este genial pintor, ampliándose dicha crisis por espacio de algunos años.
El joven Jacob alternaba los estudios de medicina con su vocación por la pintura. Tenía como maestro en esta última disciplina a su tío Salomón van Ruysdael (otro famoso y genial pintor), cuya escuela estaba ubicada en la ciudad portuaria de Haarlem. El furioso talento que demostraba su sobrino, dejaba boquiabierto a maese Salomón; no tardó en comprender que poco tenía que enseñarle al inquieto muchacho.
–Puedes estar satisfecho –le dijo cierto día–. Has engullido, por así decirlo, toda la tradición y sabiduría atesorada por los maestros pintores de Flandes. Mezclas estupendamente los colores, tienes un buen dominio de las perspectivas y tu pincel es insuperable... Sé que no debiera pulirte tanto el ego, pero tú mismo sabes que tu estilo es... esto, ¡espléndido!
El joven Jacob, que por entonces contaba diecisiete años, emitió una sonrisa de inteligencia; mas no se embriagó con el dulce y estimulante licor de los halagos, pues su modestia corría pareja con su descomunal talento.
Y en éstas hizo su aparición el verano de 1646. Cierta fresca y luminosa mañana del mes de julio, la presencia de Jacob fue requerida por su tío.
–El burgomaestre de Rotterdam me ha encargado una marina que represente toda la hermosura del puerto de Dordrecht –le explicó–, y quiere que sea un cuadro realmente excepcional. Tú eres mi mejor pintor de marinas... y también de otros estilos, todo hay que decirlo. Mañana partirás en la primera diligencia rumbo a Dordrecht, y deseo que en los anales del arte flamenco mi escuela figure como aquélla en la que se produjo la mejor marina que jamás se haya pintado. Así que vete aviando, que mañana te quiero en pie al rayar el alba.
El joven pintor hacía gala de un temperamento apacible y servicial, y para su fuero íntimo se propuso no defraudar la confianza que su tío tenía depositada en él.
Apenas el sol se había desperezado por los pabellones del Oriente, cuando Jacob ya ocupaba su sitio en la diligencia que habría de conducirle a la algo distante Dordrecht. El viaje se desarrollaba por toda la cornisa occidental de los Países Bajos, cuyo litoral era bañado intempestivamente por las frías aguas del Mar del Norte. Eran aquéllas tierras anegadizas, proclives a las inundaciones y a las súbitas incursiones del mar. Resultaba un auténtico placer viajar en verano, teniendo a la vista las románticas extensiones de los campos de blanqueo y las colinas en las que apuntaba la hierba doncella y sobre las cuales giraban sus aspas esbeltos molinos. El camino de la diligencia se presentaba llano y uniforme, ausente de curvas, baches y demás accidentes topográficos. El panorama que se divisaba a través de las ventanillas de la diligencia constituía todo un obsequio para la sensibilidad paisajista del joven Jacob. Sus dedos oprimían invisibles pinceles de lo deseoso que se sentía de plasmar en el lienzo todas las maravillas por sus ojos contempladas.
Al punto del mediodía, la diligencia hizo un alto en una parada de postas situada en los aledaños de La Haya, esa ciudad que se halla emplazada bajo el nivel del mar, protegida de los embates de las olas por toda una trama de diques y esclusas inteligentemente dispuestos. Jacob desesperaba por llegar a su destino y ponerse a pintar cuanto antes.
Unas horas más tarde, luego de dejar a la derecha del camino la ciudad de Rotterdam, la diligencia estuvo a la vista del soberbio puerto de Dordrecht. Jacob se dio prisa en conseguir habitación en una posada cuya fachada principal miraba a los mismos embarcaderos. A renglón seguido se encaminó hacia éstos, yendo a cargadero con sus trebejos de pintor.
Era un momento adecuado para ponerse manos a la obra: la atmósfera exhibía ese resplandor mortecino, como de oro viejo, que hace tan deleitosos los atardeceres de verano, y el agua de la bahía estaba tranquila y silenciosa, sembrada toda su superficie de inquietos rizos de una luz punzantemente amarilla.
Jacob alcanzó la altura de un fresno de ramas exuberantes de hojas dentadas, muy cerca de las primeras tablas del muelle. Allí desplegó su caballete, extendió sobre el bastidor la delicada tela de lienzo y preparó la barra de carboncillo para trazar el boceto preliminar. Entornó los párpados, y dejó que su mirada vagara por la vasta amplitud del puerto. El cielo estaba entreverado de nubes teñidas de rosa por la proximidad del sol poniente. Las aves marinas amenazaban con rasgar la placidez circundante con sus vuelos alocados y sus graznidos retumbantes. Bajo la luz del crepúsculo se disolvían los perfiles de los edificios, especialmente los de la torre de la Grote Kerk y el de la afilada aguja del campanario del Groothoodspoort, cuya dulce resonancia metálica anunciaba el instante de la oración del Ángelus.
Ya en la bahía se veían dos balsas formadas por troncos apilados, que eran pilotadas por dos hombres de ruda apariencia. Y a la entrada de la bocana del puerto se columbraba la imponente figura de un barco mercante de tres mástiles, de cuyo costado de babor se destacó un bote en el que iban siete pasajeros y que se encaminaba derechamente hacia el lugar donde Jacob había instalado su caballete.
Sin poder precisar el motivo que le indujo a ello, la mano del joven artista quedó suspensa sobre el lienzo, atraída su atención por el tranquilo bogar del bote.
Al cabo de cinco minutos, percibió que su corazón redundaba en latidos incontrolados. Ya era posible distinguir a bordo del bote una joven doncella de apariencia encantadora, que llevaba entre sus brazos un gatito de suave pelaje blanco y ojos de un azul cobalto. La muchacha contaba con una belleza que arrebataba todo sentido: su rostro era lo que se dice una joya en su inmaculada blancura; sus cabellos semejaban una llovizna de lirios amarillos, en cuyas ondas cabrilleaban gustosamente los rayos de la estrella diurna; y sus ojos... ¡oh sus ojos!, eran sendos pedazos de cielo nocturno, plateados con el fulgor de los astros fugaces... Jacob se sintió flechado por la mirada de esos ojos, una mirada a lo primero imparcial, que no podía corresponder a los reflejos pasionales que estaban impresos en las pupilas del joven artista.
En el bote iban, junto con la muchacha, un grupo de judíos que huía de España, buscando refugio en los Países Bajos. En España se habían visto acosados por la envidia, el recelo y la incomprensión, y buscaban comenzar de nuevo en otra tierra prometida. La muchacha estaba sentada al lado de un anciano que tenía todas las trazas de ser su padre.
Entretanto, Jacob percibió que la brisa del estío suspiraba entre las ramas del inmediato fresno, al tiempo que otra brisa más espiritual, con toda la fragancia del amor, agitaba las hojas de su vigoroso corazón de artista... La vista de la muchacha había producido dulcísima impresión en todos lo rincones de su alma.
A todo esto, el bote había atracado junto al muelle. Los pasajeros comenzaron a apearse con un tanto de torpeza y afectación. Utilizaban el español para comunicarse entre ellos, idioma que resultaba familiar a Jacob y que le permitió enterarse del contenido de las frases que se intercambiaban los judíos. En un momento dado, el padre de la muchacha la interpeló de este modo:
–Judith, deberías abandonar el gato. Allá donde vamos nos sería un estorbo.
Pero ella estrechó más todavía al animalito contra su corazón; no estaba dispuesta a deshacerse de su querida mascota.
–Donde yo vaya, ira él también –respondió con un timbre de voz que le sonó al estupefacto Jacob como un feliz redoble de campanas.
Entonces Judith desvió su mirada hacia donde se hallaba el joven artista, y esto le bastó a él para que agradables escalofríos hicieran presa de su cuerpo. Una sola mirada fue suficiente para que su corazón se rindiese a la belleza de la muchacha. La barra de carboncillo había acabado por caérsele de la mano. En el cielo del Oeste hizo su aparición el planeta Venus, casi al tiempo que el amor surgía en forma de rabioso manantial dentro del corazón de Jacob.
–¡Judith! ¿Qué haces ahí parada? –exclamó el anciano judío–. El carro nos está esperando.
Efectivamente: el resto de los pasajeros del bote ya se había acomodado en un carro de aspecto desvencijado. Judith era la única del grupo que aún no había montado; y es que algo muy poderoso la impedía desclavar los ojos del joven Jacob.
–¡Judith, chiquilla, nos iremos sin ti!
Por último pareció reaccionar. Se giró de espaldas y se encaminó hacia el carro, al cual se subió con una gracia y agilidad que despertó más todavía la admiración de Jacob. Luego el vehículo se puso en movimiento, y ella continuó mirando al artista, hasta que las sombras del ocaso y el efecto de la lejanía ocultaron sus respectivas miradas. El cielo se tornó un charco oscuro, afiligranado de estrellas relumbrantes. El mar reflejaba fantásticamente el claro de luna.
Jacob se había quedado como aletargado. Su mente estaba confusa y la mirada se le enturbiaba por momentos. Sólo un pensamiento alumbró en medio de tanto caos amoroso, y enseguida su lengua fue parte a vocalizarlo:
–Prometo al sol, a la luna y a las estrellas que nunca más pintaré nada hasta que pueda pintar el rostro de esa beldad, teniéndola a ella delante. Pero ¡ay!... No sé ni se me ha ocurrido averiguar adónde se habrá dirigido.
Y a continuación se dijo para sus adentros: «Si he empeñado mi palabra, ¿con qué decencia puedo ponerme ahora a pintar la marina que me ha encargado el tío Salomón?»
Ciertamente, la realización de tal labor se le antojaba en ese momento un completo contrasentido. No parecía sino que la promesa que acababa de formularse fuera acicate para borrarle de la mente y del espíritu cuanto conocimiento artístico hubiera acaparado con el paso de los años. Se vio, pues, en la precisión de desmontar el caballete sin ni siquiera haber iniciado la marina del puerto de Dordrecht.
Luego intentó dar con Judith. Registró toda Dordrecht de arriba abajo, pero con resultados infructuosos: ella se había marchado lejos de allí. Trató de averiguar adónde habría ido, mas nadie sabía nada... Fue entonces cuando Jacob sintió en lo profundo de su ser la amarga mordedura de la desesperación. Y se afirmó con renovada vehemencia en la promesa que se había hecho a sí mismo.
A su regreso a Haarlem, su tío Salomón le vino a los alcances, preguntándole a la sazón:
–¿Dónde traes la marina del burgomaestre de Rotterdam?
Jacob hizo un gesto de tibieza con los hombros, y respondió lacónico:
–No he podido pintarla.
La sangre se le subió a su tío hasta las mismas orejas.
–¿Y me lo dices así, quedándote tan fresco? Jacob van Ruisdael: ¿dónde está la marina que te encargué que pintaras?
–No la he podido hacer. Yo ya he dejado de ser pintor.
–Pero, mentecato... ¡¿Sabes lo que estás diciendo?! –exclamó Salomón, presa de una agitada indignación–. Tú debes de tener alguna mala fiebre. Tú eres Jacob van Ruisdael, el orgullo y la esperanza de la pintura holandesa. Esas palabras pronunciadas por tus labios constituyen toda una ofensa para la posteridad. ¡Tú eres un genio, y como tal no tienes derecho a aniquilar tu talento!
–Ahora sólo quisiera ser un buen médico –repuso el joven.
–¿Y a cuento de qué viene esa resolución tuya? –indagó su tío.
–Porque me he enamorado de una mujer.
–¡Malditas sean todas las hijas de Eva!
–Precisamente es una hija de Eva la mujer de la que me he prendado.
Ese mismo día Jacob abandonó la escuela de su tío Salomón. No podía volver a coger un pincel hasta tanto no tuviese delante el rostro de Judith para plasmarlo en el lienzo. Y como eso era improbable que pudiera realizarse, optó por centrar sus esfuerzos en el estudio de la medicina.
Hubo multitud de amantes del arte que lamentaron la drástica decisión tomada por el joven Jacob van Ruisdael. Pero él tenía en alta estima su honor, y se preciaba de saber que la nobleza de un hombre se mide en función de la veracidad de sus palabras.
Transcurrieron algunos años, y Jacob concluyó con éxito su aprendizaje como médico. Era muy admirado por los prohombres de la profesión; había intervenido en unas delicadas operaciones de cataratas que le habían granjeado el respeto de aquéllos. Tanto brilló en su condición de médico, que la misma fue parte a poner en el olvido de las gentes su anterior faceta de pintor.
Entretanto, él jamás pudo dejar de pensar en Judith. La recordaba como la viera años atrás en el puerto de Dordrecht: con el rostro tan bello y radiante y vestida con un modesto traje de estameña gris.
De esta manera transcurrieron cinco años desde aquel mágico atardecer de verano. Jacob se había convertido en un hombre apuesto e inteligente. Por aquel entonces se le reputaba como el médico más capacitado de toda la franja occidental de los Países Bajos.
Cierto día, ya en la primavera de 1651, se encontraba realizando un viaje de placer por las regiones boscosas limítrofes con la frontera germano-holandesa. Le acompañaba su buen amigo el pintor Claes Berchem; aunque Jacob ya no practicara el arte pictórico, no por ello había dejado de frecuentar el trato de pintores y demás gentes vinculadas al mundillo de las bellas artes.
Tras una apacible jornada por aquellos parajes nemorosos, los dos amigos habían arribado a las inmediaciones del castillo de Bentheim, una imponente fortaleza medieval levantada en la cima de un otero erizado de toda suerte de árboles frondosos. El cielo comenzaba a ensombrecerse, y como los dos viajeros distinguiesen un poblado situado en la misma falda de la colina, orientaron allá la marcha de sus respectivas monturas, en busca de cena y alojamiento para la noche que estaba a punto de caer.
De repente, llegados a la altura de una encrucijada de caminos, les salió al encuentro un hombre con atuendos de judío, que tenía el rostro todo sudoroso y arrebolado de tanto como había corrido. Todo fue ver a los dos viajeros y llegarse junto a Jacob como una exhalación.
–Vos sois galeno, ¿no es cierto? –le preguntó acto seguido, con voz entrecortada por la fatiga.
–Así es. ¿En qué puedo serviros?
A Jacob no le movió a sorpresa la pregunta del desconocido, por cuanto él, Jacob, llevaba puesta la casaca de color amarillo canario que era como un distintivo en casi todos los miembros de la profesión médica.
–Necesitamos vuestros servicios –explicó el judío, una vez hubo recuperado el aliento–. Una de nuestras mujeres está a punto de alumbrar un hijo. El parto se presenta difícil, y no queremos que muera por una causa ajena al castigo a que se ha hecho acreedora por la enormidad de su pecado.
–¿A qué pecado os referís? –curioseó Claes Berchem.
El judío dirigió al pintor una mirada sombría, y respondió con no menos lúgubre entonación:
–Ha concebido un hijo de padre desconocido. Y ya dejó escrito Moisés en el tercer libro de la Torá que todos los hombres y mujeres sorprendidos en adulterio sufrieran la muerte por lapidación . Ella ha llegado a nuestra aldea, tras prolongada ausencia, vestida de andrajos, enferma y a punto de dar a luz. Su padre la ha repudiado como hija, y nuestro rabino la ha sentenciado a morir tan pronto alumbre a la criatura bastarda que lleva en sus entrañas.
–A Nuestro Señor Jesucristo le vinieron los fariseos con un caso similar a éste –dijo Jacob con retadora gravedad–, y Él les contestó: “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra” ¿Acaso contáis vosotros con más autoridad que el Hijo de Dios para dar muerte a esa pobre mujer?
Un rictus de opresiva hostilidad se bosquejó en los labios del judío.
–Nosotros no reconocemos a vuestro Mesías como el Hijo de Dios. Por otra parte, yo no he venido a buscaros para principiar una discusión teológica. ¿Querréis vos prestarle a nuestra comunidad vuestros servicios como galeno?
–Pese a todo, estoy dispuesto a hacerlo –decidió Jacob por últimas.
Sin mediar más palabras, los tres hombres hicieron su entrada en el villorrio judío cuando la noche ya se había adueñado de todos los contornos. Por las ventanas de las casas se deslizaban al exterior las parpadeantes luminarias del candelabro de siete brazos. Era aquélla la noche del viernes. Desde la sinagoga se escuchaban las letanías entonadas por el rabino para conmemorar la fiesta semanal . Jacob experimentaba un extraño sobrecogimiento en su corazón, como si barruntara que algo de naturaleza milagrosa estuviera a punto de acontecer.
El judío les guió hasta un cobertizo de paredes escuálidas y techumbre medio derruida.
–Aquí tenemos a la adúltera hasta que finalice el Sabbat –les iba explicando mientras tanto–. Una hembra de su calaña no se merece mejor morada que una pocilga. Una vez nazca su hijo, le será arrebatado y ella acabará sus días merced al castigo prescrito por Moisés.
–¡Qué fortuna tuvo la Virgen María al no ser repudiada por su esposo José ! –observó Claes Berchem con cierto embarazo.
–De todas maneras, el castigo no podrá verificarse hasta la llegada del domingo –prosiguió el judío–. Tras los oficios en la sinagoga, todos iremos a encerrarnos en nuestras casas para cumplir el descanso sabático. Si el niño naciera entretanto, señor galeno, llamad a la primera puerta que veáis y entregadlo allí; la comunidad velará por que se haga un hombre de provecho y temeroso de Yahveh, ejemplo que su indigna madre no podrá transmitirle.
Sin otros preámbulos, los tres hombres accedieron al interior del cobertizo. Allí reinaba un fuerte hedor a podredumbre y a inmundo ratón, que constituía una auténtica ofensa para el sentido del olfato. En un rincón miserablemente iluminado por una maloliente vela de sebo, se veía a la parturienta echada en posición supina sobre un húmedo y nauseabundo montón de paja. Deliraba y apenas si podía moverse; resultaba casi inaudito que le quedasen fuerzas para traer su criatura al mundo.
–Bueno, me tengo que ir –manifestó el judío, uniendo la acción a la palabra. Ya en el hueco de la puerta, se detuvo un momento para advertirle a Jacob–: Dicho se está que cuando entreguéis el niño, se os abonarán los honorarios que os corresponden.
A continuación se quedaron los dos amigos a solas con la parturienta.
Jacob tomó el fórceps de obstreticia de que se iba a valer para asistir el parto de la pobre mujer, herramienta que llevaba guardada, junto con el demás instrumental médico, en una pequeña escarcela de cuero que traía colgada al cinto. Como la iluminación que imperaba en la estancia fuese harto exigua, le indicó a su compañero de viaje:
–Claes, haz el favor de aproximar el resplandor de la vela al rostro de la parturienta.
El pintor se apresuró a complacer el mandato de su amigo. La luz de la vela cayó sobre las lívidas facciones de la desdichada mujer. De súbito, Jacob sintió como si el corazón le diera una violenta encogida... Esa fisonomía no le resultaba desconocida; es más, ¡era la misma fisonomía que su imaginación no había dejado de reproducir y asimismo venerar por espacio de cinco largos años! Jacob tenía delante a Judith, la muchacha que conociera en el puerto de Dordrecht aquel bello crepúsculo de verano; Judith, la causante de que él marcara ese lamentable paréntesis en su carrera de pintor.
–¡Es Judith, es Judith! –murmuró pasionalmente, al tiempo que el rostro se le revestía de intensa palidez.
Claes Berchem ladeó la cabeza sin entender de la misa la media.
–Jacob, ¿acaso conoces tú a esta mujer?
–Es mi corazón quien mejor la conoce –respondió el interpelado–. ¡Pero mira! Está delirando, y el vientre se le empieza a dilatar. ¡Manos a la obra! Haremos que su hijo venga dignamente al mundo. Enciende un buen fuego y busca un recipiente donde poder calentar agua... ¡Pobre muchacha!
Jacob van Ruisdael tomó el empeño de convertirse en ese preciso instante en el mejor médico que hubiera pisado el orbe, al objeto de conseguir que la parturienta trajera su hijo al mundo sin riesgos añadidos. Apeló a todo su saber científico, y al cabo de dos horas una preciosa niña había salido de las entrañas de Judith. Jacob procedió a cortarle el cordón umbilical y a retirar las secundinas del vientre de la todavía delirante Judith, el cual vientre curó a continuación y cerró su ensanchamiento mediante algunos puntos de sutura. Luego aplicó a la herida un desinfectante y unas compresas calientes, dejando por último a Judith entregada a un profundo y reparador sueño.
Entretanto, Claes Berchem había lavado a la niña y la había envuelto con algunos pedazos de tela limpia.
–¡Tenemos que salvarlas! –exclamó Jacob, dirigiendo a su amigo una mirada imperativa–. No podemos dejarlas a merced de esta manada de carroñeros.
–Eso va a ser muy difícil, por no decir imposible –observó Claes Berchem sin ocultar su pesimismo–. Ella es una mujer acabada de dar a luz, y no le podemos pedir que se monte a horcajadas a lomos de nuestros caballos; la herida podría volvérsele a abrir, teniendo además en cuenta que está todavía sumida en la inconsciencia.
–Necesitamos un vehículo para transportarla –manifestó Jacob.
En un rapto de ansiedad, Jacob inspeccionó todos los rincones del cobertizo, y tuvo la satisfacción de descubrir en un ángulo sombrío del mismo, medio oculto por una carga de paja, un carruaje ligero de cuatro ruedas que se conoce con el nombre de birlocho. Enseguida le notificó a su compañero tan providencial hallazgo.
–¡Magnífico! –comentó al mismo tiempo–. Engancharemos nuestras monturas a la lanza del carruaje, y así dispondremos de un vehículo apropiado para sacar a Judith y a su criatura lejos de este infierno. Por cierto, esas telas que se ven ahí colgando de la viga maestra, ¿no son mantas de caballería?
–Lo son, efectivamente –confirmó Claes Berchem, contagiándose del entusiasmo de que daba muestras su amigo.
–Nos servirán para evitar que Judith y su niña cojan un mal enfriamiento durante el viaje. Bien, no perdamos más tiempo. Gracias a Dios que esos desalmados están encerrados en sus casas celebrando el Sabbat.
Ejecutaron su plan a la perfección, y al poco rato el birlocho dejaba atrás los lindes del poblado judío sin despertar las sospechas de ninguno de sus habitantes. Entretanto, se había desatado un fuerte aguacero, y los caminos comenzaron a embarrarse, haciendo más penosa la escapada. Ello no obstante, a la llegada del amanecer los fugitivos habían puesto mucha distancia entre ellos y el villorrio judío; ya podían considerarse a salvo de una eventual persecución.
Judith seguía entregada al descanso, lo mismo que su niña, cuando el birlocho hizo su entrada, ya cerca del mediodía, en la hermosa ciudad de Apeldoorn. Los dos amigos condujeron el carruaje a la posada más cercana, en una de cuyas alcobas instalaron a Judith y su hija.
–Estamos a salvo –le dijo Jacob a su compañero–. Aquí nos quedaremos hasta que Judith se reponga, y luego la llevaré conmigo a mi casa de Haarlem. Cuidaré de que nada les falte a su niña y a ella.
Judith despertó de su letargo a la mañana siguiente, apenas una hora después del alba. Jacob, que la había velado todo el rato junto a la cabecera de la cama, se aproximó a su vera, embargado por un gozo inexpresable.
–Hola, Judith. ¿Te sientes mejor? Enhorabuena, has tenido una niña que es un encanto. Mírala dormidita ahí a tu lado.
La joven se estremeció de los pies a la cabeza, tan pronto advirtió a su lado la dulce presencia del bebé. Sus pupilas se dilataron hasta extremos insospechados.
–La hemos estado alimentando con leche de cabra –informó Jacob–. Pero en cuanto recuperes las fuerzas, podrás darle de mamar.
–Mi hija... –dijo Judith con un hilo de voz, en tanto que atraía hacia su pecho a la adorable niña dormidita.
Los ojos de Jacob se poblaron de destellos de profunda emoción.
–Eres tú quien vi aquella inolvidable tarde en el puerto de Dordrecht. Llevabas un gatito entre tus brazos.
–Se llamaba Copito –apuntó ella, con la voz teñida de melancolía–. Hace años que se me murió el pobrecillo.
–Te empecé a amar la primera vez que te vi –prosiguió Jacob–. Te amé y me prometí no volver a pintar un cuadro hasta tenerte de nuevo delante. ¡Oh Judith, cuánto te he añorado!
–¿Tú eras aquel apuesto pintor que tenía su caballete instalado debajo de un árbol?
Jacob asintió con la cabeza. Percibió un extraño calor recorriendo sus ojos, el cual se resolvió en un torrente de conmovidas lágrimas.
–No he dejado de pensar en ti un solo día –siguió diciendo–. Judith, ¿por qué la vida te llevó lejos de mí?
–Tú también me impresionaste aquella vez –admitió ella–. Pero ni siquiera sé tu nombre.
–Me llamo Jacob van Ruisdael. Fui una vez pintor, y ahora me dedico a la medicina. Yo te he ayudado a traer al mundo a esa hermosa criatura. Por cierto, ¿qué es de su padre?
Judith apoyó desmayadamente su cabeza en la almohada, cerró los ojos y sintió su pecho oprimido por un espasmo de tristeza. A continuación dijo:
–Fue un gallardo soldado español que me sorprendió en un claro del bosque cogiendo flores. Me sedujo, y me hizo esta niña. Pero nada más saciarse conmigo, me dejó abandonada. Cuando descubrí mi estado, me eché a los campos para ocultar a mis vecinos las transformaciones que iban a tener lugar en mi vientre. Pero, cuando ya estaba a punto de dar a luz, me puse muy enferma y tuve necesidad de regresar a mi aldea... Fue no obstante una equivocación por mi parte: me condenaron a morir lapidada, y ni siquiera me cuidaron en mi enfermedad.
–Yo estuve contigo entonces –dijo Jacob–, y te he traído lejos de esas aves de rapiña. Judith, déjame cuidar de ti y de tu hija. Sólo tú me puedes hacer recuperar lo que una vez perdí. Volveré a coger los pinceles en tu honor. ¿Me aceptas como tu fiel protector?
Judith arrancó a llorar; pero era un llanto que tenía más de gozoso que de triste.
–Jacob, quiero aprender a ser dichosa a tu lado –pronunció ella, con la voz alterada por una emoción mayúscula.


***

A partir de ese momento, el mundo perdió un médico excepcional y recobró un pintor... esto, ¡espléndido!, que diría Salomón van Ruysdael.
Como era de esperar, el primer trabajo que marcó el retorno de Jacob van Ruisdael al mundo de las bellas artes fue el retrato de Judith, tan larga y sentidamente postergado; la retrató junto con su hija cogida en brazos, y la obra resultó de una belleza incomparable. Tales visos de divinidad presentaba el trabajo, que el magistral de la monumental iglesia de San Bavón en Haarlem pensó que se trataba de un cuadro de la Virgen María con el Niño y lo reclamó para exhibirlo en un lugar destacado del templo.
Allí permaneció por espacio de casi tres siglos, hasta que las tropas nazis invadieron Holanda en 1940, saqueando a la sazón la citada iglesia... Y ya la pintura no se la volvió a ver en su lugar de antaño.
Hoy día existen todavía algunos ancianos (cada vez menos) que recuerdan lo maravilloso que era aquel cuadro.
Por otra parte, ocioso es referir que Jacob se casó con su musa Judith y que fue un padre ejemplar para la hija de ella, a la que pusieron por nombre Catalina.
Desde entonces, no se tuvo constancia de que hubiera otra familia que demostrara tener mayor felicidad y armonía en toda la populosa ciudad portuaria de Haarlem.


El jardinero de las nubes.

Texto agregado el 08-02-2008, y leído por 140 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-02-09 00:35:57 Jardinero de las nubes. Muy pocas veces leo un cuento tan largo. Pero este me llamó la atención desde el principio por tratarse de un personaje artistico, me he deleitado leyendo este cuento hermoso, ya que cuando de amor se trata, yo me quedo boba leyendo. Gracias por compartirlo, lo tomaré como mis favoritos. ******** romantica_7
 
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