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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «PEQUEÑAS DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL»

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«PEQUEÑAS DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL»
o
«LAS PATÉTICAS ETAPAS DEL AMOR»


Tira mala onda: GUILLERMO SOUBELET


«Ese hermoso ramo de rosas es para mí?»

«¿Y para quién sino para la más hermosa y dulce; quien ha lanzado mi opaca vida a nuevos paroxismos de loco embelezo? Quien le ha dado a mi visión del mundo una nueva dimensión… »

«¡Quiero decirle que jamás, jamás, pasé otra noche como ésta; tan romántica, tan especial! ¡Y ese restaurante, con esas velas los vinos de marca y los cubiertos de plata! ¡Hace sólo una semana que me regaló aquél hermoso ramo de rosas y ya pasaron tantas cosas! Y usted, siempre tan considerado, que me respetó tanto, me hizo sentir tan segura, tan linda, tan protegida, tan… »

«Tan tímida y vergonzosa que parecías cuando nos conocimos, y mirate ahora, toda una Diosa del Sexo, con ese portaligas, los zapatitos de taco aguja y ese corset que me vuelve loco!»

«¡Me encantó que me hicieras el amor en el ascensor!»

«¡Me fascinó que me la chuparas en el auto!»

«¡No lo puedo creer! ¡Casados! Eso sí, mi amor: seamos distintos y románticos. A partir de ahora, todas las noches cenas a la luz de las velas con champagne y escuchando a Bach. ¡la televisión rigurosamente prohibida!»

«¡Sí! ¡Y nada de diarios, ni noticieros ni suegras! Sólo nosotros y nuestros cuerpos desnudos… »

«Hola, ¿mi amor? Soy yo. ¿Faltará mucho para que termines con esa reunión y salgas para acá? Te extraño… y te estoy esperando desnuda escuchando Bach… Decime, camino para acá ¿no me comprarías esa lencería de mucamita atorranta que vimos el otro día en el sex-shop? Hoy tengo ganitas «de servirte… »

«¡¡Ya mismo asesino a todos estos imbéciles y voy para allá!!»

«Mi vida… ¿te acordás qué día es hoy?»

«¿Cómo olvidarlo, luz de mis ojos? Hoy es el aniversario de aquella vez inolvidable en que te hablé por primera vez. Me acuerdo que te pregunté la hora y vos, pletórica de romanticismo y poesía, me contestaste: «Las diez menos cuarto» ¿Cómo no festejar ese momento? ¡Acá tenés tu regalito, mi cielo!»

«¡Al fin! ¡Hacía tanto que deseaba tenerte así, atado a los barrotes de la cama! ¡Preparate!»

«¡Esperá! ¡Esperá que la adelanto y ya vas a ver la escena esa que te digo! ¡La de la colegiala con el enano y el burro! ¡Ahí! ¡Ahí está! Ahora sí: ¡vení para acá!»

«Che… hoy no era nuestro aniversario?»

«No, mañana»

«Dejame ver… ¿mañana o pasado?»

«¡Qué sé yo!»

«Ay, viejo… no sé lo que me pasa. Pero ya hace mucho que no siento aquella cosa, aquél vértigo, aquél temblor en todo el cuerpo que sentía antes cuando me sonreías o me tocabas. Aquellos orgasmos como bombas atómicas. No, no, nos sos vos, soy yo. Qué sé yo… vos seguís haciendo las mismas cosas y bien además, me seguís montando como a mí me gusta… No es eso… »

«Es que vos también seguís haciendo todo bien, querida. Primero esas caricias, después tu lengua recorriendo mi cuello y orejas… después unos segundos en mis tetillas mientras tu mano se aferra a mi pene, que la espera, igual que antes, impaciente. Y después… Te juro que hacés todo bien, todo perfecto. No sos vos, y sin embargo… »

«Y te repito; me seguís montando como a mí me gusta, me seguís diciendo que soy una puta, una reventada, y todas esas cosas que vos sabés bien cuanto me calentaron siempre. Bueno, siempre no: antes. Ahora ya no… »

«Porque incluso me seguís contando todas esas locas aventuras que tuviste de pendeja y que siempre me calentó que me contaras mientras lo hacíamos. Ya sabés, la del profesor de tenis, la de tu tío en la fiesta de fin año, la de aquél día en que ese tipo te apoyó en el subte, aquella con tu compañerita de jockey bajo las duchas del club… Y atenti que las seguís contando súper bien. Pero, claro, ya las escuché tantas veces… »

«¡Tantas veces extraño aquellos días dorados en que llegabas de la oficina y, sin quitarte el traje ni nada, te bajabas la bragueta y prácticamente me violabas contra la mesada de la cocina! O aquella vez, cuando me la diste bien dada en el baño de la casa de tus viejos. ¿Te acordás?»

«A propósito… ¿qué fue de aquél portaligas?»

«¿Cómo que «quién es»? Es… ¡el muchacho del supermercado! ¿No lo conocías? ¿No es un encanto como me alcanza las cosas mientras yo estoy acá arriba de la escalera? ¿Cómo? ¿Qué estoy desnuda debajo del camisoncito? ¡Ay, querido, no seas antiguo! Además, es una criatura. A propósito, ¿viste el lomo infernal que tiene el pendejo? ¡Si lo vieras cuando está todo transpirado y con el pecho agitado!»


«¡Ay, no, querida, esta noche no, que vengo a la miseria! ¿Cómo que de dónde vengo así? ¿O no te avisé acaso de la junta de directorio de último momento y que… ? ¿Qué llamaste a la oficina y no había nadie? ¡Nooooooo! ¡Tremendamente importante era la junta esta que te digo! ¡Como para atender el teléfono estábamos! ¡Tenés cada cosa, vieja, vos!»

«¡Otra vez con lo mismo! ¡Ya te dije que es el muchacho del vivero! ¿Cómo? ¿La semana pasada te dije que era de la farmacia y la otra que era el chico del supermercado? ¡Qué cabeza la mía! A propósito: ¿viste los brazos que tiene, el pendejo?»

«¡No sé qué me pasó! No supe decir que no. ¿Querés que te diga la verdad? Tenés razón. Tenés toda la razón. Soy un hijo de puta. No te merezco. Pero es que hace tanto tiempo que vos y yo… ¿qué querés que te diga? Viste como son las mocositas de ahora, todo hormonas. Se me regaló la pendeja, y yo, como un estúpido, no supe decir que no. Es que tenía en la mirada ese candor adolescente que… ¡¿cómo que tiene treinta y cinco años?! Mirá vos lo bien conservada que está, la muy… ¡Ah, pero eso sí, ¡eso sí! te lo juro, mi amor, nunca jamás volverá a suceder algo así!»

«Viejo, acordate que mañana tenemos que ir a casa de mamá, que es el cumpleaños»

«¡La reputísima madre que la remil parió y ojalá le salga un cáctus en el orto!»

«Querida, soy yo, acaba de llamar mamá. Dice que mañana nos espera a cenar. Es su cumpleaños»

«¡Por mí que reviente la vieja de mierda!»

«Y pensar que nos creíamos tan diferentes. Tan únicos. Tan especiales. ¿Un cafecito? ¡Mozo: dos cafés! Es una lástima, sin embargo… Che, contame, ¿cómo van tus cosas? ¿Tu vieja? ¿Bien? Porque eso sí: ¡quedamos como amigos, eh! Por supuesto, ya sabés: cualquier cosa, pero cualquier cosa, lo que sea, podés contar incondicionalmente conmig… ¡Amigos como siempre! ¿Porqué no? Nada de discusiones, ni insultos ni ninguna de esas bajezas. ¿Para qué ensuciar los hermosos recuerdos que nos quedan? Somos personas sofisticadas, gente moderna, de avanzada. Son cosas que pasan entre gente adulta. Nos amábamos y ya no nos amamos. Pero eso no quita que… »

«¡Eso no quita que seas un hijo de puta, un cobarde inmaduro, un pollerudo de tu mamá, un fracasado, un parásito, un pusilánime, un pobre imbécil, y, escúchame bien esto: un patético impotente!»

«¡¿Qué yo… ? ¿A mí me decís que…? ¡¿Y vos?! ¡Miserable hija de puta, asquerosa reventada, vividora de mierda, frígida recalcitrante! Si mis amigos tenían razón cuando no dejaban de preguntarme qué carajo te vi a vos, acostumbrado como estuve siempre a las mejores potras!»

«¿Qué qué carajo me viste, maricón? ¡Lo mismo que me veían tus amigos, infeliz! Esos mismos que cada vez que te dabas vuelta trataban de llevarme a la cama (y que a lo mejor no son eyaculadotes precoces como vos); y que no dejaban de preguntarme cómo una Diosa como yo se fue a meter con un grasa de cuarta como vos! ¿Sabés cómo te decían «tus amigos»? «Oreja de Vaca»: ¡porque estabas demasiado cerca de los cuernos! ¡¿Vos estabas acostumbrado a las mejores potras?! ¿¿¡Vos?!! A ver, decime: ¿Cuál? ¿Aquella de la nariz de tucán y el pelo teñido naranja zanahoria? ¿La otra, la que se tragaba las eses y eructaba en la mesa? ¿O la negra aquella que parecía Maradona con trencitas y minifalda? ¡Me hacés cagar de risa! ¡¿Esas eran las potras a las que estabas acostumbrado?!»

«¡¿Y vos te asombrás, atorranta?! ¡Vos? ¿Vos, que antes de conocerme a mí salías con aquél viejo choto, tenés el descaro de criticarme a mí? ¿Qué hacías con el geronte? ¿Le ponías pañales para adultos? ¿Lo sacabas al solcito? ¿Le cambiabas la chata? ¿Le lavabas la dentadura postiza? ¿Le lavabas el culo? ¡Pará, pará: ¿y aquél otro, el de los dientes amarillos?! ¡Pensar que yo te metí la lengua en esa boca después de que estuviste besando esas cloacas! Te digo que a la noche pensaba en esos tipos con los que siempre saliste y me agarraba una cosa acá en el pecho. Me preguntaba: ¡Dios mío: ¿seré como esos subnormales?!»

«¡Ay, que me dá la puntada! ¡Me aterra imaginar lo que para vos será ser normal! Quedate tranquilo que vos y los otros no se parecen en nada. ¡A ellos se les paraba bien! ¡Ni para eso servís, infeliz, con ese ñoquicito! ¡Si la primera vez que lo hicimos pensaba que me estabas haciendo una joda! Y agradecé que me pudiste meter la lengua, que fue lo único que me pudiste meter, impotente minusválido! ¡La vida de mierda que tuve que resignarme a vivir, mientras mis amigas me contaban las maravillas sexuales que vivían ellas! No tenés una idea de la vergüenza que me daba cuando venían a visitarnos con sus maridos, todos exitosos, y yo ahí, dando lástima, resignada como una imbécil a vivir con vos, con semejante fracasado, viendo como me miraban con lástima; y todo por esa pelotudéz de contigo pan y cebolla! ¿Y todo para qué? Para terminar dándome cuenta que al final Françoise Sagán tenía razón cuando decía que «Si hay que llorar, siempre es mejor hacerlo dentro de un Jaguar» ¡Pelotudo!»

«¡Semejante fracaso que fue para mí intentar sentir, no digo mucho, pero ALGO, moviéndome ahí adentro de semejante cacerola que tenés! Y no me digas pelotudo, no es que yo sea pelotudo: ¡lo que pasa es que vos tenés las manos chicas! Y otra cosa, sabelo: ¡las bolas llenas tenía ya con esa costumbre tuya de apretarme los puntos negros de la espalda! ¡Llenas! ¿Así que a mí me decían «Oreja de vaca»? ¿Sabés cómo te decían a vos? «A orillas del mar»: todo concha. ¡Prostituta, reventada, chupapijas! Y enterate: ¿sabés como te decían mis amigos, esos que tanto te querían bajar la caña según vos: «Estampita»: porque son gente educada y les daba no sé que decirte directamente «es tan puta»! ¡Ah, y escuchame bien: ¡así tenía ya las bolas de Bach! ¡Así!»

«No, tarado, no es que yo tenga una cacerola, es que vos, con ese maní nunca llegabas a entrar! «Tortuguita de jardín» te decían tus amigos, que te habían visto en bolas en las duchas del club, sí: «Tortuguita de jardín», porque estar, estará, pero nadie la puede encontrar! Uy, ahora que me acuerdo: ¿y tus permanentes crisis? ¡Harta estaba de tus crisis! ¡La crisis de cuando cumpliste treinta, la crisis de cuando se te empezó a caer el pelo, la crisis de cuanto tuviste que empezar a usar anteojos, la crisis de los cuarenta, la crisis de cuando quisiste salir a correr alrededor de la plaza y no llegaste ni a la esquina y ya estabas ahí tirado, haciendo papelones, boqueando como un pescado, la crisis de cuando tus compañeros de trabajo iban ascendiendo y vos no, la crisis de cuando los hijos que tenés con tu ex no te llaman ni para tu cumpleaños (¡y no los culpo!).»

«Ajá… es bueno que recordemos, si querés, aquella tarde en que casi caigo seco en la puerta de casa, por tu culpa, perra asesina, que me escondiste el fascículo de las revistas de la Fundación Favaloro en que alertaban que salir a correr podría producirte un infarto! Y ya que hablamos de crisis, ¿porqué no hablamos un poquito de las tuyas? ¡Tus crisis sí que eran encantadoras! La crisis aquella que te vino cuando te encontraste las primeras canas, la crisis de cuando se te cayó el culo, la crisis de cuando se te vinieron abajo las tetas y aquellas hermosas y bien paradas que tenías te dijeron adiós y muy buenas, la crisis de cuando te encontraste con esas piernas llenas de várices que parecen mapas de rutas y me llamaste llorando a la oficina amenazando de nuevo: «¡Esta noche me tiro!» (¿porqué por una vez no habrás cumplido con tu palabra?), la crisis de cuando ya no entraba la ropa del año anterior, te agarró aquella depresión y te compraste todos esos aparatos de gimnasia que les vende por la tele a los giles! Y ya que hablamos de giles: ¡en la vida conocí a un tipo tan pelotudo como tu hermano! Y otra cosa: ¡la tortilla de papas te sale inmunda!»

«¡Pero callate, caradura, que la culpa del fracaso es toda tuya! Yo, que lo único que necesitaba para ser feliz era un hijo. ¡Uno aunque sea! Ah, pero el señor, no. Que a él le molestan los chicos. Que no los soporta. Que lo ponen nervioso. Que lo altera el ruido y el desorden. Que como ya tuvo tres con a mina anterior, la yegua esa, que ahora lo dejen de joder con tener más hijos. Y a mí el señor me obligó a abortar cada vez que tuve un atraso de cinco minutos»

«¡¿De qué hablás?! ¡Cómo podés ser tan hipócrita?! ¡Si la culpa del fracaso de nuestro matrimonio fue tuya de tu puta manía de a limpieza! ¡Las bolas como sandías me tenías limpiando los ceniceros mientras los estaba usando, poniendo patines de trapo para caminar por los pisos encerados, barriendo entre mis pies mientras estaba comiendo y entrando como una desesperada ni bien yo salía del baño para tirar desodorante de ambientes mientras te apretabas la nariz con los dedos! ¡Dios mío, cómo lo comprendo a Hitler, que se suicidó al día siguiente de su casamiento!»

«Mire, señor abogado, yo no quiero nada para mí, nada. No soy como la otra, que nos volvía locos llamando por teléfono a la siete de la mañana los sábados para exigirle guita para pagar la cuota del club de esos dos pendejos insoportables (y eso cuando no llamaba a las tres de la mañana para insultar y cortar). Yo no soy así. No está en mi naturaleza. Qué sé yo: fui criada distinta. Soy diferente, qué sé yo: desinteresada. Pero eso sí, eh, eso sí: hágale saber a aquél que quiero la casa (una porque estoy encariñada con esa casa y otra porque queda cerca de la casa de mamá, que ya es una señora grande y ya veo que un día de éstos tengo un disgusto). Que no se haga el idiota y me devuelva las joyas de mamá que sacó de la caja de seguridad del banco justo el día anterior a decirme que se iba. Además, quiero el auto grande. Dígale además a ese sujeto que ya me conoce, que no soy de esas que les gusta presionar, pero que si no me da todo lo que pido más la mitad exacta de sus ingresos, mañana mismo los denuncio a la DGI con el detalle de la cuenta cifrada en Suiza y el lugar donde tiene escondidos los libros de la contabilidad (que el imbécil oculta en la caja de seguridad el banco). Y que, además, agarro y la llamo a su ex y la pongo bien al tanto (con fotocopias de los recibos de sueldo de él) de cuanto ganaba en realidad, para que se entere bien enteradita de que la estuvo estafando todos estos años. Y que, además, le recomiendo un abogado bien turro que conozco para que lo haga mierda»



__ Señor, tiene un llamado. Una mujer. Dice que es su esposa.
__ Mi… ¿qué?
__ Su esposa, dijo.
__ Hola, ¿quién habla?
__ Yo…
__ ¡Vos!
__ Sí, yo.
__ …
__ Bueno… quiero… quiero que sepas que siempre te quise. Que, a pesar de todo, seguís siendo la única persona a quien amé __ un largo silencio __ Bueno… creo que voy a cortar. Adiós y disculpame por todo.
__ ¡Esperá! Hablemos. Conversemos un poquito más. Hace cinco años que no nos hablamos.
__ No puedo. Creí que sería más fácil.
__ Dame el gusto. Si es la última vez que voy a conversar con vos, me gustaría que supieras algunas cosas.
__ ¿Qué cosas?
__ Que yo también te seguí amando. Que suerte me acuerdo de vos. Todas las mañanas cuando me despierto.
__ ¿Hablás en serio?
__ Claro que hablo en serio. Me sigo acordando, por ejemplo, que hoy sería nuestro aniversario del día en que me dijiste «Las diez menos cuarto»
__ ¡Te acordaste, mi amor… No sabés las veces que tuve ganas de volver. No sé, de llamarte a mitad de la noche. Saber cómo estabas…
__ ¿Y porqué no lo hiciste?
__ No sé… me daba vergüenza. Tenía terror a tu rechazo.
__ Lo hubieras hecho. Si yo hubiera tenido la integridad que vos tenés, tené por seguro que lo hubiera hecho. Pero… nunca tuve valor. Jamás me pude perdonar las barbaridades que te dije.
__ Estoy tan sola…
__ No estás sola. Estás hablando conmigo.
__ Es diferente. Ya no formás parte de mi vida. Por eso me escuchás.
__ Eso no es cierto. Te escucho porque me interesás. Porque… porque quisiera volver a estar con vos. Reiniciar nuestra vida.
__ ¿Qué? ¿Te doy lástima?
__ Yo no dije eso. Dije que me interesantes cosas. Que me interesás vos. Que no quiero perderte de nuevo.
__ ¿En serio?
__ Claro que es en serio.
__ Me siento… tan sola. Extraño tantas cosas de vos.
__ Extraño a Bach.
__ ¡Mentiroso!
__ ¡Ja!
__ ¿Dónde vivís hay ascensor?
__ ¿Ascensor? No…
__ Entonces quiero que vengas.
__ ¿Adónde?
__ A mi casa. Quiero que vengas y me hagas el amor como en otras épocas. En el ascensor. Contra la mesada de la cocina. Donde te guste…
__ ¡Salgo para allá! Ah… una cosa: la comida la llevo yo. No hagas tu tortilla de papas.
__ ¡Hijo de puta! Decime… ¿todavía tenés aquél video de la colegiala con el enano y el burro?
__ No. ¡Pero tengo el que sigue! Una chica, ciega, muda y estanciera, que la agarran cuatro chanchos en celo contra el ombú. ¡Bueno, lavate la que te dije que voy para allá!


__ ¡Mi amor! ¡Tantos años! ¿Todos esos tulipanes son para mí?
__ ¿Y para quién sino para la más hermosa, la más sensual, la mujer que sigue despertando acordes en lo más profundo de mi corazón?
__ ¡Qué lindo gesto! Ya mismo se los doy al jardinero para que los plante. A propósito… ¿viste el lomazo que tiene el pendejo?



Texto agregado el 09-02-2008, y leído por 51 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-02-10 22:59:42 Realmente hay que agradecer que estes en esta página. Mi casa es una carcajada. Insisto capo, genio.¡¡ que espera la tv y el cine!! en este pais tan falto de "BUEN HUMOR" cariños adriana73
2008-02-09 21:30:56 impecable guillermo! impecable!!!! 5*. a proposito, hoy es 9 de febrero....jajajjj MAGAROSA
2008-02-09 07:30:25 No pude leer en silencio. Creo que mis carcajadas se escuchaban hasta la casa del vecino. No digo en cuales párrafos para que no vayan a creer que fue porque me sentí aludido. Me divertí como enano aunque sin colegiala ni burro.Eres único Soubelet. aprendi zdecuentero
2008-02-09 05:08:11 autenticas delicias chinaski81
 
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