Las notas de una música revolotean en mis oídos, pensándote sin nombrarte, delineando en los ojos tu silueta y tus tantos modos de sonreir en la oscuridad de los andenes.
Te pienso y te siento cercana, casi palpable en las yemas de mis dedos, casi mía.
Te pienso y se me va el valor, le salen alas para huir de mi mientras intento contarte lo que te he extrañado, cómo mientras escucho este long play tu silueta danza por las paredes de mi habitación como una luciérnaga incansable, como las volutas del humo que saliera de un cigarrillo que no estoy fumando. Te pienso y te sé, pero ajena y codiciada por muchos otros hambrientos animales que buscan tu carne y merodean cercanos a tus pasos, que olisquean tus prendas usadas, la banca que usaste en el parque, el asiento del autobús rumbo a casa, el rincón en que te sentaste a suspirar por tu mascota muerta de descuido y hambre, en el papel en que garrapateaste tu nombre y un número telefónico incontables veces: como yo.
Otra vez estoy llamándote sin llamarte mientras te miro entrar en tu habitación y encender la luz para prepararte un poco de café, o un trago para calmar tus ansias de salir a buscar corderos por las calles, enfundada en tu disfraz de lobo.
Haré llover tu nombre esta noche, pensándote y guardándome en el pecho el hambre de llamarte como si en verdad y ahora mismo fueses mía.
|