En aquellos años daba miedo caminar por la calle del Matadero en apagadas tardes de otoño. Entonces los fríos vespertinos se dejaban sentir de un modo especial. La puerta del transformador de la luz se veía con los tablones despintados por las lluvias y los ardores estivales. Cerca del montante descollaba un letrero con el dibujo de una calavera, avisando del peligro de muerte. Los niños pensábamos que moriríamos por el simple hecho de tocar la puerta; nadie nos explicó entonces que la madera no conduce la electricidad; incluso se vieron alguna vez saltamontes muertos, pegados en el mismo letrero de la calavera.
En la Travesía de la Vírgen se veía el cauce del antiguo arroyo todo invadido por cardenchas que semejaban las cabezas de la hidra de Lerna (objeto del segundo trabajo de Hércules). Entre las cardenchas a veces aparecía la cabeza del sordo de Cagalañas (dicho esto sin ánimo de ofensa), y, apareciendo así de improviso, con su boina bien calada y su rostro atezado, despertaba no poco pavor.
Las ventiscas autumnales barrían la Travesía de la Vírgen, trayendo de los campos terrales, briznas de paja y alguna fría gota aislada. Daba miedo pasar junto a los portones de la "Conservera Calatrava", por cuyo zaguán andaba siempre pululando un temible pastor alemán. Y más allá de los huertos se oía el escalofriante paso del Judío Errante, trayendo nubes color de barro para abatirse sobre los incautos que osaran internarse por el camino de la Cueva en esas horas crepusculares.
Anochecía pronto, y los perros de los huertos despedían al sol con sus aullidos, así como los gallos lo recibían en el albor de la mañana.
Era otoño, el cielo estaba desapacible... Vuelve a tu casa, caminante, cierra los postigos de tu ventana y deja que la luz de la vela difunda su suavidad.
Era otoño ayer y hoy también lo es. La fuente del otoño sacía mi sed.
El jardinero de las nubes.
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