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En la bahía de Santander
La primera vez que recorrí esta preciosa bahía fue en un horroroso catamarán; hoy he podido hacerlo en una estilizada goleta, con su mascarón de proa, su recto bauprés y sus palos trinquete y de mesana. El problema es que el viento no hincha sus velas, pues sólo tiene una vela cangreja y algunos obonques a modo de adorno; se mueve a impulsos de un motor diesel como el del antiguo catamarán. Sea como fuere, da muy bien el pego.
Yo me senté junto a la amura de estribor, que es la que mira mar adentro y rodeé con mi brazo derecho un desgastado cabillero. No presté atención a la megafonía, por medio de la cual se ofrecía una detallada explicación de las excelencias de la bahía (al fin y al cabo, yo me la conozco bien desde la perspectiva de tierra). No, mi mirada estaba perdida en los confines de la mar. Acaso buscando fundirme con el infinito, acaso recordando el sueño acuático de alguien muy allegado a mí. El ábrego, viento del sur, sesgaba la singladura de la embarcación. Su contacto era asombrosamente frío, pues a diferencia de lo que ocurre en nuestra Meseta, el ábrego es el viento que porta el frío en la Cornisa Cantábrica, un viento que en invierno pasa rozando las nieves de los puertos de la cercana cordillera.
En el azul está la respuesta. Las primeras formas de vida surgieron en el azul. Ya lo decía Unamuno en su "San Manuel bueno, mártir": no hay mayor misterio que el de la nieve muriendo en la superficie de las aguas. Martín Edén, el personaje de la novela homónima de Jack London, no pudo, en la cumbre de su éxito, resistirse a la llamada del azul eterno: fundió su vida con las aguas. En cuanto a mí, también he experimentado ese atractivo. El azul es el color de la tristeza, y quizá por eso es mi color favorito. El blanco es el color de la depresión, el amarillo el de la amistad y el verde el de la esperanza.
Dicen que al norte de Escocia, en las islas Hébridas, cuando en el esplendor del verano el sol desaparece bajo el mar, un rayo verde cruza el firmamento por una fracción de segundo. Julio verne escribió a esta sazón una novela titulada precisamente "El rayo verde".
Es posible que la esperanza de contemplar algún día ese rayo verde es lo que impide sucumbir al abrazo azul de la tristeza.
Por eso mismo, a veces el mar se nos muestra de color verde.
El jardinero de las nubes.
Texto de jardinerodelasnubes agregado el 09-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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