La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - carloel22 - 'Cleopatra.'
Cleopatra.
Cuando llegaba el atardecer, era todo un proceder de gestos aprendidos de memoria en la casa vieja, casa llena de partes desunidas y misteriosas paredes de barro. Después del colegio, la taza (de esas inmensas) de café con leche y para mojar en ella rodajas de pan casero con manteca que se derretía en islitas flotantes color amarillento entre el calor del líquido y el frío templado de la manteca. Estudiar bajo el parral y jugar hasta fatigarnos, para agotados llegar a la noche. La noche en el campo es todo un cuento.
A la hora de la cena era preciso encender una cantidad de lámparas a querosén y velas, para, mientras se cenaba, vigilar los rincones y agujeros de las paredes, agujeros alquilados a familias de arañas y vinchucas. Sin embargo el vigilar no impedía que ante el menor roce de un zapato contra la vieja silla de paja y madera diésemos un salto, seguros de que alguna alimaña traviesa nos trepaba por la pierna.
Los fines de semana la cosa cambiaba.
Mientras nos entreteníamos barriendo hojas secas y formando pequeños montoncitos para recogerlas, con la protección de la luz del día, nos transformábamos en un ejército de valientes. Pasábamos de presa a cazador, trepábamos a los árboles, subíamos a los techos de chapa cubiertos de enredaderas y parrales viejos en busca de rescatar de los telares babosas vìctimas inocentes. Corrìamos comadrejas y combatìamos la siesta de inmóviles murciélagos que colgados de las vigas asemejaban a oscuros y arrugados trapos negros.
Pero la magia verdadera llegó unos años mas tarde, cuando ya casi adolescentes, empezaron a cubrirse gradualmente nuestras miradas de velos.
La lectura de novelas y libros, especialmente la historia antigua rescatada de viejas páginas amarillentas. Un repetir de conceptos aburridos volcados escritos por historiadores aún mas viejos y raros. Esos de hojas que solo con darlas vuelta se transformaban en papel picado, sin gráficos, dibujos o diálogos que hicieran todo mas ameno.
Pero algo cambió en la historia.
Apareció entre las viejas y amarillentas hojas de papel...una adolescente de veinte años....
Desapareció entonces la siesta, los murciélagos, las arañas, el paisaje, y también la tranquila y monótona vida de campo.
Algo cambió en la historia, la hizo apasionante, agil, llevadera, pasional.
Apareció ella...
Una adolescente de diecisiete años, que contrajo matrimonio con su hermano, pero estaba segura de no tener la menor intención de compartir el trono con nadie, aún así ese alguien fuera su esposo... Al darse cuenta de la ambición de la reina y descubrir los oscuros designios que ésta abrigaba contra él, su esposo y sus ministros sublevan al pueblo, y ella es bajada del trono y expulsada cuando tenía veinte años.
Y así comienza la historia....", -decía Plutarco
Una especie de gran lago repleto de barcas, una avenida poblada de palmeras, aroma a especias. Pimienta, canela, nuez moscada, clavo de incienso, todo un aromático mundo de olfatos.
Desde las barcas que se paseaban por orillas proliferas en papiros impulsadas por morenos remeros acompasados, un sonido de música y baile llegaba suavemente. Lo que me permitìo pensar que estarìa sobre un mundo de ensueño y como en los mundos de ensueños todo puede suceder me dispuse a disfrutarlo.
Caminé unos pasos sobre la avenida poblada de palmeras.
Descubrí esfinges. Traspasé una puerta con pilones y torres sobre las cuales se levantaban obeliscos (monolitos cubiertos de jeroglíficos) y que daban acceso a un patio porticado. Al cruzar el patio, una inmensa sala decorada con un bosque de columnas que imitaban los tallos del loto, papiros o palmeras desembocó sobre fuentes donde hermosas doncellas semi desnudas, llegaban a recibirme entre danzas, vino y manjares.
Cuando quise darme cuenta ya no podía ocultarle al corazón, que todo aquello me gustaba. Y así comencé a vivir una historia dentro de un Palacio de quinientos metros de largo. Me sentí, poderoso, inmenso y sobre todo maduro, grande. Un César Conquistador de Imperios.
Y me transformè en dueño y señor en el Palacio de Ensueño.
Como si fuera leyenda o cuento, una fresca y agradable noche vi llegar a mi Palacio, (porque había decidido hacerlo mío) un cortejo...
Desde el largo ceremonial se desprendió un emisario que penetró en el salón del trono y después de inclinarse ceremoniosamente ante mí dijo:
-En nombre de mi Reina ¡Oh César! Os ofrezco este presente.
Dio dos palmadas y aparecieron doce esclavos rubios que transportaban con gran cuidado y perfectamente enrollado un gran tapiz; una especie de alfombra persa.
Sorprendido y divertido a la vez, observaba el extraño ceremonial con que los mensajeros de la extraña Reina, me ofrecían aquel soberbio regalo. Siendo Rey me encantaba que me agasajen.
A un gesto del emisario, los esclavos desenrollaron el tapiz. Desconcertado vì surgir de aquel envoltorio una figura femenina de piel mate dorada con tersura de seda.
Osada y astuta. Fina e inteligente. Arrolladora en belleza y cultura. Atrevida para amar sin reparos. Conocía todos los idiomas y nunca necesitó de intérpretes para conquistar un reino.
Y como en un cuento de esos que leemos a diario: "La conocí en un tapiz, mística y persuasiva, amante y diosa con sus ligeros veinte años". Fuimos dos esculturas del color de la tarde.
La alojé en un lujoso palacio, a orillas del Tíber.
La llevé a la conocer los reinos.
En una excursión por el Nilo, sobre una Nave Real cubierta de oro y bellamente adornada custodiada por otras cuarenta naves, que duró dos meses, hubo amor, lujuria, pasión, aventura, romance...
La hice mujer; o mejor dicho creí hacerla mas mujer de lo que era. Y ella con su poderoso imán de mujer se convirtió en reina, amor, madre y amante de mis reinos.
Allí empiezan esas pequeñas intimidades que la historia que estudiamos bajo las enseñanzas de don Plutarco no siempre relatan; pero que son historia porque forman el misterio que enciende pasión en los romances que limitaron y aùn limitan posesiones y reinos.
Sacarle los zapatos, tenderla a un lado. Jugar con los granos de arena sobre su espalda. Llevar la mano derecha desde la pantorrilla hasta el muslo y acariciarla.
El viento del Nilo rodeando su pelo moreno, su torso, su talle estrecho adornado por un ancho cinturón dorado de esmeraldas y perlas. La suave curva de su vientre con un ombligo misterioso y profundo. Sus pechos duros apretados sobre la arena. El gozo escondido entre los dedos y el amor apretado entre sus muslos, las caderas quemando y la garganta mordiendo un grito entre los labios cuando su interior de mujer va emergiendo.
No fue su cara. No fueron sus ojos. Fue el sonido de su voz, el resplandor, color y tibieza presentida de una piel nacida para ser palpada, acariciada, humedecida, besada. Girar, doblar, insinuar, tocar, jadear, arquear, entrar, salir, morder, besar, gritar, callar, querer, amar.
¡Dejar que los fuegos ardan!
Y volver a recomenzar con el pelo entre la espuma, sus caderas y muslos tensos todavía y el placer nuevamente alimentado.
Desprender uno a uno los tules de sus cabellos lacios, sensualmente rebeldes frescamente húmedos, para luego bajar despacio. Paso a paso, perderse en dorados y minúsculos sitios desvergonzadamente rosados e ir entregando dominios, abdicando reinos.
Observar por un instante como acaricia su cuerpo el agua y aspirar nubes que desprende la piel caliente bajo las sales. Cubrir en aceite girando suave cada costado, rodear las puntas, amansar colinas, beber los vados. Dejar que el sol y el mar, instante a instante encienda el fuego y encendido cuidar las llamas. En el trayecto, que inicia el juego, ser escultor, darle a los cuerpos, fragancia a mar, sudor a tarde.
Para finalizar esculpiendo con las yemas de los dedos sobre el sudor de los cuerpos, una estatua de amante que aunque el mundo, los tribunos y la aristocracia miraron de costado, alzado su cetro fue en el centro de un Palacio junto a la adorada Venus Afrodita.
Cleopatra es sentir mucha mujer al ser amantes.
Acostumbrarse a no amarrar los cuerpos a la razón.
Amar sin límites. Cruzar los reinos. Quemar las naves. Saciar el hambre...
Cleopatra es no poder jamás saciar el hambre.
Otras mujeres sacian el hambre que alimentan.
Amarla a ella provoca más hambre cuando más sacia.
Agotado al final de la tarde apoyé mi cabeza en su regazo.
Regazo de hojas que la sombra del árbol había dejado caer sobre mi cara empapada por el calor del domingo de verano en un vieja estancia en medio del paisaje perdido de un campo de Buenos Aires.
Entonces, volví a la realidad, ví sobre el final del viejo libro una de las frases cèlebres del griego:
"Disfrutar de todos los placeres es insensato; evitarlos, insensible".
¿Sabrìa un poquito escribir de amor el historiador de Queronea?
Estudiar bajo el parral, en un atarceder tranquilo de campo, puede algunas veces transformarse en todo un cuento.
Texto de carloel22 agregado el 09-02-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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