Lo decía Borges: "La lectura de un buen libro provoca en nuestro espíritu una sensación equiparable a la de estar enamorado".
Eso mismo he experimentado yo esta tarde, leyendo "El forastero misterioso" de Mark Twain (el autor de "Las aventuras de Tom Sawyer"). He llegado a cierto párrafo, y mi lectura se ha visto atascada; mis ojos se han recreado en dicho párrafo una y otra vez. Quiero compartirlo con ustedes, no sin antes ofrecerles algunos pormenores del argumento de esta hermosa fábula, esta sátira totalmente atípica en la historia de la literatura.
A una aldea de Austria escondida entre escarpadas montañas llega cierto día de 1590 un ángel, sobrino del ángel caído. Se hace llamar Philip Traum (felicidad en alemán), y se aparece a tres niños, tres amigos inseparables: Theodor Fischer (el narrador), Nikolaus y Seppi. Philip Traum empieza a hacer en la Aldea todo un despliegue de milagros, algunos buenos y algunos crueles. Los tres amigos son los únicos sabedores de las artimañas del ángel.
En cierto momento, el ángel le comunica a Fischer que va a hacer que su amigo Nikolaus muera de repente al término de una quincena, pues de lo contrario sufriría un accidente que le dejaría terribles secuelas para toda la vida.
Entonces Fischer sufre viendo cómo se agota el plazo de la vida de su amigo, recordando las virtudes y las maldades de su relación amistosa.
Y de aquí llegamos al párrafo que me ha conmovido:
"Una vez, cuando teníamos nueve años, él había andado casi dos millas para hacer un recado del frutero, quien le dio una espléndida manzana muy grande como premio. Nikolaus iba volando camino de casa con la manzana, casi fuera de sí de asombro y de alegría, nos encontramos, y me dejó mirar la manzana, sin pensar en la traición; entonces se la quité y salí corriendo, comiéndomela mientras huía, y él me seguía y me rogaba; y cuando me alcanzó, yo le ofrecí sólo el corazón de la fruta, que era lo que quedaba, y me reí. Nikolaus se dio la vuelta, llorando, y dijo que pensaba dársela a su hermana pequeña. Eso me golpeó el corazón, porque ella estaba reponiéndose lentamente de una enfermedad, y hubiera sido un momento de orgullo para él, cuando viera la alegría y la sorpresa de la niña y recibiera sus gracias. Pero yo sentía vergüenza de admitir que estaba avergonzado, y sólo le repliqué con algunas palabras rudas y mezquinas. Pero le vi una expresión herida en su cara mientras volvía hacia casa, y esa cara se ha levantado muchas veces ante mí años después, por las noches, y me ha reprochado y me ha llenado de vergüenza nuevamente. La cara se ha ido oscureciendo después con el paso del tiempo hasta que desapareció; pero ahora regresaba y claramente".
Desde luego es bonito hacer arqueología literaria.
¡Cuánta belleza ahogada por los best-sellers!
El jardinero de las nubes.
|