Es cierto que la Alhambra tiene un embrujo del que nacen poetas. Recuerdo cuando la visité: me tuvieron que echar, como quien dice, de los palacios nazaríes. Y esa dulzura de los jardines del Generalife... Ese beso de las brisas que bajan de Sierra Nevada y que se llenan de los perfumes del Darro, riachuelo tan azul como el cielo de Fenicia, que con dulce melodía se arrastra sobre su lecho de arena. Ese beso tan tenue como el roce del ala de una golondrina sobre la tersa superficie de un lago. Y ese aire plagado por las modulaciones que los pájaros sueltan con sus arpadas lenguas.
La Alhambra ha inspirado grandes obras para la humanidad como los "Cuentos de la Alhambra" (uno de mis libros de cabecera) de Washington Irving, "El último abencerraje" de René de Chateaubriand (también autor de "El genio del cristianismo") y "Los orientales" de Víctor Hugo. Concluyo con un poema sacado de este último libro:
"¡La Alhambra! ¡La Alhambra! Palacio que los genios/ han ornado como un sueño lleno de armonías, / fortaleza de almenas festoneadas y derruidas/ donde de noche resuenan las sílabas mágicas/ cuando la luna, brillando por mil arcos árabes/ salpica las paredes con tréboles blancos" (sic).
Muchas gracias por traerme a la memoria tan dulces ensoñaciones.
El jardinero de las nubes.
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