La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / jardinerodelasnubes / María de Nazareth

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo  Añadir en Facebook [C:336477]

A LA MADRE DE LA SALVACIÓN. A TODAS LAS MADRES QUE ALGUNA VEZ FUERON NIÑAS

¡Mira este querubín! ¿Adónde querías ir?

El angelito extiende su mano hacia delante.

Allí con ella, responde al ángel mayor, que le mira hoscamente.

“Ella” era María. Estaba jugando con un montoncito de tierra bajo las lujuriantes flores de un manzano. No había lino más suave que el de sus cabellos. Sus ojos eran dos azabaches relucientes... Debes añadir, me dice ahora el ángel, que tenía unas mejillas redondas y rosadas como los copos de las nubes al atardecer y que sus manecitas eran blancas y tersas como un lirio de los valles... Yo no sé nada, respondo yo, escribe tú de ella si te place.

¡María, María! ¿Estás ahí?

Ella levantó sus celebrados ojos. Allí no tenía otra compañía que la silenciosa quietud del huerto de Joaquín, su padre. A su frente, en primer término, las casas y los cobertizos de Nazareth..

-¿Quién me llama?

No corrían nubes por el cielo, mas una gota gruesa como una lágrima rodó por los pétalos de la flor del manzano inmediata a María... Era una lágrima mía, niña bonita, porque tengo el corazón tierno y tú me has conmovido. Mostrabas tu boca, de labios de flor de escaramujo, abierta por la sorpresa. El ángel no te iba a decir que esa lágrima señera era un regalo que yo te hacía. Oh, no hables por favor, que cuando lo haces a mis ojos acuden como nubes de mariposas, y de tanto enternecimiento temo que el corazón se me acabe quebrando.

-Ven a jugar conmigo –me dijiste.

¿Es cierto que me llamas, luz del alba? Niña de mis sueños, no me conduzcas a la felicidad absoluta; soy un miserable y no te merezco... Huye de toda luz, me dice el ángel, haz más profundas las sombras de tu alma, recorre en soledad esas frías y desiertas galerías; así ganarás el Paraíso. Pero de esa niña no te acuerdes más, por cuanto a ti no te concierne. No pienses en lo que andando el tiempo albergará su vientre; piensa en Dios, pues Él la ama.

Esas oscuras pestañas se alzaron al vacío soleado como una flor de girasol. Y pude oír de sus labios:

-Yo quiero a todo lo que ven mis ojos. A ti te quiero. Ven y juguemos juntos. Ayúdame a levantar algo bonito con este montoncito de tierra.

¿Me estás hablando a mí, dulce ausencia? Ahora que mi corazón te contempla bajo las flores del manzano, no puedo por menos de quererte. Mira que en mi cielo ha llovido siempre, y nunca brotó la fina hierba en mis lares, ni las flores me deleitaron con su perfume. Me es doloroso imaginarme que a no mucho esfuerzo me pondré a sonreír; me aterra ausentarme de mi dolor y de mis lágrimas.

Y entonces el semblante de ella se revistió de una sombra de adversidad. Sus ojos semejaban un sol entre nubes grises.

-Yo también sé llorar –y aplastó con su nívea mano el montoncito de tierra.

Yo no soy quién para decirte lo lleno de bendiciones que va a estar tu futuro.... ¡Cállate!, me increpa el ángel, la esperanza es más hermosa que la planificación del futuro... ¿Y qué haría yo para que ella sonriera de nuevo?... El ángel se me encoge de hombros, pero he aquí que me dice el querubín: Solamente quiérela, como quieres a tus deudos o a los que quieres, que no son demasiados. Querer no te compromete; sólo te da vida, y Dios se gozará en el cielo.

Niña de Nazareth.

-¿Quién me llama? –Ella miraba a todas partes en derredor.

Sólo quiero decirte que te amo, que eres hermosa sobremanera y que no desearía que a tu vista brotaran flores y fina hierba en la tierra de mi corazón. Si quieres, levanta de nuevo ese montoncito de tierra, que yo jugaré contigo.

-¡Oh! –La alegría tornó a su rostro.

Harto de esconderme entre las sombras, la mucha luz me aturde. No volveré a ocultarme del amanecer radiante. Quiero, María, juntar mis manos con las tuyas, pues yo no sé qué es amar... ¡Chitón!, me vuelve a reconvenir el ángel, no se te ocurra decirle que ella llegará a ser la criatura humana que más amó al ver a su hijo expiando vuestros pecados en la Cruz; no le des información de su futuro.

Adiós, María.

-¿Adónde te vas? –Sus ojos se engrandecieron.

Me voy a lo lejos, donde sólo haya motivo de sinsabor y donde el simple hecho de abrir los ojos sea infinitamente doloroso. Voy a perderme entre las nieblas, a labrar un campo de espinos que nunca me dará fruto; en definitiva, a olvidarme de los sentimientos de un corazón.

-¡No, quédate conmigo! –me gritó-. Vale más este montoncito de tierra que allá donde te quieres ir. Si buscas un palacio, nunca lo hallarás más hermoso que éste de flores blancas.

Me has convencido. Muérase el futuro. Quiero tenerte siempre en mi corazón, y así juntos alabar a Dios. Tú serás la criatura humana a quién yo más quiera. Niña encantadora, ¡qué poco te merezco!... Eres un iluso, me dice el ángel, ¿cómo esperas estar con ella? ¿Acaso la puedes rescatar del polvo de los siglos? Lo que tus ojos ven es una ilusión; algo que existió pero que no volverá a acontecer. En Dios está tu reposo y el de ella; adóralo por los siglos de los siglos.

-¿No vienes conmigo? –preguntó María, mirando a los cielos-. Te estoy esperando.

De la flor del manzano comenzaron a fluir gotas ardientes de amarga humedad. Era que yo estoy llorando.

-¡Oh, no están los cielos para que llueva! –balbució mi pobre niña, esa criatura de Nazareth que llevaría al Salvador en sus entrañas.

Es mi corazón que sufre, María, y mis ojos que no cesan de diluviar. Te veo en mi sueño, mas no alcanzo a ir a tu lado. Por ti arrancaría las alas a un águila, y con ellas subiría a los jardines de las nubes para traerte un capullo de rosa, blanca como tu misma inocencia. Sólo hallaría descanso debajo de tu árbol, ayudándote a modelar ese montoncito de tierra, ahora bañado con mis lágrimas. ¡Oh, no sé qué podría darte de más valioso en este momento!

-Dame tu amor –me respondiste-. El amor es más valioso que los zarcillos de oro y que las perlas azules. El amor florece cada día y no hay viento o tempestad que lo pueda someter... Mírame: soy una niña de pocos años, y todo lo que tengo para dar es felicidad.

Y yo soy oscuridad y humo pestilente. Sólo te puedo ofrecer amargura y esta sangre tibia que circula por mis venas. El corazón ya me duele de sentir amor; no está hecho para estos goces. Pero yo te amo y quiero estar bajo tus adorables pies. María, María... tu nombre es como el mensaje del viento mistral, tan recio y perfumado a la vez. No desciendas al sepulcro, y deja que yo muera mil veces para que nada de tu fisonomía se marchite. Huye de la lluvia y del sol ardoroso, y permite que sólo la suave brisa de primavera llene tu piel de besos fragantes. Ya no tengo corazón; contigo ha quedado.

-Saldré de la sombra de mi árbol y miraré el sol, pues creo que él es quien me habla –respondió ella, con los ojos hechos chiribitas.

¡Detente! La mía no es la voz de Dios, sino de alguien que se esconde en los valles umbrosos y se asusta hasta de los balidos de las ovejas. Mis pies pisan los arroyos a medianoche, mientras el agua brinca entre las piedras pintadas de luna, y me alimento de la caridad de las abejas. Mi lecho está formado con hojas de muérdago, y mi soledad es tanta que ya incluso me falta valor para caminar un paso más. Sólo tengo a dos ángeles conmigo: el grande me habla de mis males y el pequeñito de mis virtudes. Escribo en las rocas con tizones cogidos en donde acampan los pastores. Niña querida, ¿qué puedes obtener de mí?

María abandonó la sombra del manzano y tendió su vista por los montes lejanos, desde donde se escuchaban aires de flauta; era porque regresaban los pastores con sus rebaños.

-Quiero saber si mi padre me trae el membrillo que le pedí –dijo ella-. Es como tú: fruto duro pero de paladar delicado.

No comas los membrillos; come las frambuesas de los bosques y no destroces tus bonitos dientes de leche cuajada en esa carne tan dura.... Eres verdaderamente un patán, me dice el ángel, ¿qué dices que no coma cuando tú muerdes el barro creyendo sacar miel de la peña?... Y la dulce boca del querubín me dice: El amor es un fruto duro, pero al cocerlo no hay nada que se le compare.

-¡Ya viene mi padre! –exclamó María, con el rostro transportado de alegría-. ¡Y con él viene mi tío José! Veo que me trae un cesto a rebosar de membrillos... ¡Oh, bienaventurado de Dios!... Esos ojos que efunden tanta bondad; esos pies grises por el polvo del camino. Yo desataré tus sandalias, y enjugaré tus pies con agua de nardos. ¡Oh, amado!

Mejor diré a esta dura piedra, en la que recuesto mi cabeza, que me lapide. Y a estos ojos les impediré que me vuelvan a dar razón de la luz. Aire salutífero, escapa de mis fosas nasales. Mi insignificancia es otra vez manifiesta. Que las montañas me sepulten y las aves se sustenten con mis restos. Mares, tragaos mis lágrimas y escondedme de las vistas de mi mundo... El sueño ha terminado... El querubín me trae una ajada flor de manzano. El último recuerdo de María, me dice muy solemne, guárdala entre las páginas de tu libro, y, en las tardes de dulce sol de primavera, junto a una fuente cantarina, no dejes de recordarla. Ya sabes: esa niña bonita, de ojos de azabache, rizos oscuros y mejillas sonrosadas. Ella no te olvidó durante el tiempo de su vida, incluso cuando su Hijo bienamado expiraba en la cruz. Si quieres saber de ella, pregúntale a Él cuando ores.

Desde entonces, esa mustia flor de manzano no ha dejado de ser el cuenco de mis lágrimas.

El jardinero de las nubes.


Texto agregado el 10-02-2008, y leído por 183 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-02-23 00:59:37 ufff...que cosa tan hermosa..bellisimo en verdad... luzyalegria
2008-02-10 17:34:27 Tiernísimo ...no se puede saber de la alegría sin haber probado la tristeza... naiviv
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]